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Nuestros fluidos corporales Smuac! (o de la deriva sexual de la posmodernidad) 6 TM L beso? Hace aún pocos sus virus sobre Klaus Nomi y Rock Hudson. Un huracán de histeria recorrió Occidente, la orgía se suspendió y los ligues se aplazaron. Los pastores presbiterianos repartían preservativos en las iglesias y el duque de Edimburgo perdía su habitual discreción para recomendarlos de colores. A caballo entre la locura colectiva y la paternal moderación periodística, el SIDA cabalga, con su virus en forma de maza. Lo dice ya la opinión pública: nada de besar, nada de acariciar, nada de excesivos calores: el SIDA te amenaza. ¿Dónde queda, pues, el beso? El 1 TM años, la pujante ola de la L posmodernidad traía consigo una considerable transformación en los hábitos sexuales de la juventud occidental. Para empezar, se abría una gran brecha a la altura del Atlántico: a un lado, la juventud norteamericana; al otro, la europea. La primera se sumergía en un furibundo neopuritanismo (ni sexo, ni drogas ni rock an roll) como respuesta a la permisividad de la parafreudiana generación de Berkeley. La otra, la europea, parecía redescubrir el encanto neopagano del sexo imaginativo y lúdico: Su pasado inconfesable la obliga a rechazar el inmenso amor de Carlos Ortega, joven médico de Valdeflores que se enamora ciegamente de Ambarina (En esta escena impresionada en Ronda e interpretada por Mlle. Legrand y Mr. Ford se refleja La sin ventura de la posmodernidad española frente a la parafreudiana generación de Berkeley) amor- despilfarro de Georges Bataiile, la pasión pasada por auto- clave. Pronto, posmodernidad europea era el retorno ya lo veréis, el Ministerio de Sanidad de Dionisos a la mesa del placer. dispondrá una eficiente red pública de Era el tiempo ¡qué tiempo! en el que vendedores ambulantes de preservatiMichel Maffesoli escribía L ombre de vos; por supuesto, también los habrá Dionysos y Guillaume Faye alumbraba bucales: beso preservado. Prevenir mesu Sexe et Ideologie. Frente al universo jor que curar. Ya no se dirá: la españofrío y desencantado de la sociedad po- la cuando besa... se dirá: la española sindustrial, sólo los comportamientos cuando besaba... sexuales parecían poder devolver al José Javier ESPARZA mundo una chispa de estética y jolgorio, Por cierto, que Guillaume Faye acaba recrear, a gran escala, un bello Satiri- de publicar en su periódico J AI TOUT cón. COMPRIS, un sabroso monográfico soPero poco duró aquello. Súbitamente, bre el SIDA. El que pueda, que se lo la ominosa sombra del SÍDA descargó procure. herederos de D. H. Lawrence y del beso queda aseptizado, desinfectado, T AL día como hoy no seremos pornográficos. No hablaremos ni del beso en la mejilla, ni del beso de torniquete, ni del beso negro, ni del beso francés, ni del mortífero beso de la viuda negra, ni del beso a la bandera ni del beso de la paz. Más bien nos centraremos en otro tipo de ósculo que poco tiene que ver con el erotismo y mucho con la felonía: el beso de Judas. Nuestros lectores indudablemente han de estar familiarizados con este famoso beso, pues si algo abunda por estos pagos es la alevosía, ia perfidia y la deslealtad, y no me parece éste ni el lugar ni el momento oportuno para recordar et archiconocido gag de las Sagradas Escrituras. Echemos una ojeada a nuestro alrededor y comprobaremos que estamos rodeados de Judas. La traición es en nuestros días un fenómeno de masas, y son millones y millones los taimados iscariotes que pueblan villas y ciudades fingiendo unción y simpatía, prodigando besos aviesos a diestra y siniestra, haciendo ga! a de un entusiástico fervor hacia el mismo que se disponen a vender El beso de Judas por treinta miserables dineros. Tengamos cuidado, pues, con este extendido deporte, pero sobre todo tengamos mucho cuidado con nosotros mismos. Así como miríadas de Judas se desparraman por todos los rincones de la geografía nacional, también en el interior de cada uno de nosotros se agazapa, maligno y lleno de doblez, un verdadero Judas Iscariote. Quizá no nos demos cuenta de su presencia, su voz de chivato tal vez se confunda con la multiforme gritería que inunda nuestro cerebro, pero ahí está él, presto a perpetrar las más bajas villanías, presto a traicionamos a la primera de cambio. Acaso nuestra memoria flaquee y no nos acordemos ahora de los Principios Fundamentales a los que en su día entregamos nuestra lealtad y nuestra adhesión; ¡qué se le va a hacer! Al hacer estas anotaciones, este humilde cronista siente a su udas particular agitándose en su interior. Menos mal que somos civilizados y que nuestra historia no tendrá un final tan desgraciado como la del infame apóstol. A estas alturas, sin necesidad de recurrir al Discurso Escatológico (Mateo 23, 27- 39) no creo que haya nadie que se preste a un gesto tan arrogante como el de arrojar sus monedas contra los baldosines del templo. De manera que esto es todo. Me despido con un beso. Un beso histórico Javier BARQUÍN 10 ABC VIERNES 1- 5- 87