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SÁBADO 2- 5- 87 ESPECTÁCULOS A B C 87 Música Éxito de Rosa Torres- Pardo, con Pommíer y la Philarmonía Hungárica Teatro Real. 30- 4- 87. Ibermúsica: Philarmonía Hungárica. Director: Jean Bernard Pommíer. Solista: Rosa Torres- Pardo. Prokofieff: Tercer concierto Brahms: Segunda sinfonía Spandau Ballet, un condimento neorromántico y el encanto de lo épico Las fiestas de la Comunidad: comienza el espectáculo Madrid. José Manuel Costa Esta noche y como plato fuerte de las fiestas de la Comunidad madrileña actuará el grupo británico Spandau Ballet. Es de suponer que el auditorio de la Casa de Campo vuelva a registrar un lleno importante. Cuando empezaron, allá por 1979, Spandau Ballet surgía como el mascarón de proa de un movimiento superficialmente esteticista llamando Nuevos románticos que suponía una reacción algo boba contra el feísmp del punk En sus primeros conciertos londinenses, siempre en plan semiprivado, se daban cita los atuendos más espectaculares, vestidos de múltiples refajos, uniformes, gabardinas negras hasta los pies, gualdrapas mexicanas y puntillas a gogo El ambiente lo era un poco de tontería sin salida y más publicitado que extendido. Allí fueron a caer los Spandau Ballet, que venían a representar la continuidad de un rock llamado en Inglaterra de arte cuyos exponentes más destacados serían Roxy Music. De hecho, el cantante Tony Hadley parecía en aquellos momentos un clown de Bryan Ferry. Su música tenía bastante de himno, algo que en las islas siempre ha tenido una amplia gama de aventajados cultivadores. Su primer sencilo, To cut a long story short tenía un sonido medio tecno, medio de marcha militar, extrañamente parecido al de uno de los grupos vocales más horteras y deliciosos de Inglaterra: las hermanas Nolan. Lo que en ellas era rechazado por la intelligentsia quedaba de lo más propio en manos de estos chicos tan elegantes que, a través de actuaciones muy escogidas (entre ellas Madrid o la discoteca Ku, de Ibiza) fueron incrustándose en la historia de los ochenta. Su segundo álbum recogía alientos más negroides, aunque, por otro lado, se decantaba hacia el sintonismo que ya se. les intuía. Con todo y en una época de payasadas más o menos ingeniosas (pensar en Adam Ant y su música de hormigas Spandau Ballet consiguieron mantener cierta compostura, sin duda gracias a la inteligencia de su guitarrista y verdadero líder, Gary Kemp. Ya en 1983 el grupo podía permitirse hacer giras como cabezas de cartel, aunque su amplitud aún no superara el espacio europeo. En 1984 se atrevieron con una gira mundial, cuya fase norteamericana se vio frustrada cuando el saxofonista Steve Norman sufrió una lesión de ligamentos en la rodilla. No se entiende por qué un saxofonista puede necesitar tanto de su calidad rotuliana, pero eso cuentan las historias. Es notable la capacidad que tiene Spandau Ballet para generar críticas acidas. Véanse unas muestras: Spandau Ballet no tiene nada que decir musicalmente (Melody Maker) No tan pretencioso como inescuchable (Sounds) Cameros disfrazados de ovejas (New Musical Express) Aquí se muestra cómo los criterios de público y crítica no tienen por qué ser cóincidentes. dado que el éxito de grupo es de una notoriedad incontestable. Al margen de lo inadecuado del título del ciclo de Ibermúsica, Grandes orquestas del mundo para acoger a la sólo estimable Philarmonía Hungárica, la idea del concierto ERT Debut era simpática: presentar a dos jóvenes, muy jóvenes y bisónos artistas españoles, darles la alternativa. Pero la enfermedad que hizo presa del maestro Pedro Alcalde, la víspera, forzó la busca, en tiempo récord, de alguien que se hiciese cargo del programa, sin apenas ensayarlo, viajero de urgencia. El heroico salvador, el famosísimo pianista Jean Bernard Pommier, desconocido entre nosotros como director, pero ya con experiencias en este campo, se prestó a cubrir el compromiso y respetar el programa, pero con la supresión de la obra que lo iniciaba, para él novedad absoluta: el Homenaje a Pablo Sarasate de Leonardo Balada. Todo! o explicó desde la escena, siempre responsable y solo ante el peligro, Alfonso Aijón. Quedaba la otra novedad: Rosa TorresPardo, en el Tercer concierto de Prokofieff. Y el Brahms, de la Segunda sinfonía No es la Philarmonía Hungárica la formación ideal para la obra del compositor hamburgués, porque su bloque de cuerda emplea catorce elementos menos, sirva el ejemplo directo, que la ONE y las grandes orquestas sinfónicas habituales, con lo que es difícil la densidad sonora. Algún esporádico fallo de trompas se hace menos justificable que lógicas y no graves desigualdades esporádicas, cuando apenas hubo tiempo de una lectura previa por el maestro. Pero Pommier es buen músico- serio, delicado- y logró un nivel considerable y una expresión convincente. Un gesto que le honra: cuidar más la colaboración y el apoyo a la juvenil colega. En Prokofieff, el cometido orquestal y el ajuste con la solista fueron notables y se alcanzó la vivacidad de espíritu deseable. La obra el Tercer concierto nos capta con su virtuosismo, su interés pianístico, el aroma oriental de sus temas, particularmente el bellísimo del tercer movimiento y la originalidad de las variaciones, que no en balde se trata de uno de los más felices logros del compositor. Rosa Torres- Pardo logró un gran y merecido triunfo, con el público, lógicamente, a favor de su juvenil estampa. Tocó la muy difícil partitura con segura musicalidad, mecanismo preciso y claro, sentido cantábile y medios técnicos muy superiores a lo exigible en artista que comienza su gran carrera. Puede ser que al sonido le falte algo de poder, que resulte un punto apagado por el bloque orquestal, pero no hay nada que objetar al éxito legítimo y alegre. ¡Quién sabe si para ella no resultó beneficioso que la acompañase, cuidadosa, generosamente, desde el podio un pianista insigne! Profesores y maestros regalaron una fluida y brillante versión de la más popular Danza húngara de Brahms. Antonio FERNANDEZ- CID Ir. El de Eno, un aroma amparado en el recuerdo Hay veces que la letra de la publicidad puede dar lugar a grandes equívocos. La de An Opal Evening rezaba algo así como Un espectáculo de luz y sonido que comprende las actuaciones de Michael Brook, Roger Eno, John Bonnar y Harold Budd. Brian Eno es el creador del concepto del espectáculo al que ha aportado, para su realce visual, una escultura de luz... Ante esto, cualquier alma bienintencionada podría esperarse, ya que no una música determinada, sí un montaje más o menos importante. Bueno, pues nada de nada. Para empezar hubo problemas en la entrada, porque, al parecer, se vendió una cantidad excesiva de entradas. Luego, lo que se prometía como espectáculo moderno, casi como instalación multimedia, se quedó en un proyector que lanzaba diapositivas sobre una estructura de tablas que parecía (y de hecho ocurría) colgar del techo. A eso se resumía la escultura de luz La música era casi igual de pobre. Que Laaraji, a quien no se menciona en el programa, saliera haciendo gala de su dominio de la Sansa o de la cítara africana no tuvo mayor transcendencia. Lo peor fue cuando se nos obsequió con dos tacadas de piano sólo recorriendo un terreno ya demasiado pateado desde que Eric Satie, a finales del siglo pasado, compusiera las Gymnopedias y las Gnosianas. Luego hubo sintetizadores y, con mucha delicadeza y suavidad, la cosa pudo acabar en un tutti de ronquidos. El problema de este paquete de música mediocre y nulo aparato es que venía envuelta con la etiqueta de Brina Eno (un nombre de importancia fundamental para entender los ochenta) que ni siquiera hizo acto de presencia. Tal parece que la figura estaba dispuesta a echarle un cable a su hermano Roger, y como se le había ocurrido trabajar un poco la luz proyectada sobre tres dimensiones (algo tan poco nuevo como la música) decidió poner su nombre y su rostro en los carteles. Lo alucinante es que la Comunidad no supiera de estos equívocos cuando este mismo espectáculo tuvo lugar hace un par de meses en Lanzarote. Al final, como decía la promoción, todo ello crea ambientes que con un mucho de talento y unidos a tu imaginación forman An Opal Evening Mucho morro, diría un chulo, y tendría razón. J. M. C.