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2 mayo- 1987 CONTECIMIENTO editorial internacional de la temporada, como dudarlo, esta autobiografía del líder histórico de Solidarnosc es una falsaautobiogra: fia y, en verdad, cabe preguntarse si su autor último es el mismo Leen Walesa... Muy púdicamente, el editor ya nos advierte, recordando el papel nada desdeñable que ha jugado Jan Mur ¿pseudónimo colectivo? en la redacción de esta obra, monumento histórico imprescindible para comprender dos procesos mayores: los riesgos de desaparición física y moral del pueblo y la sociedad polaca, las tentativas heroicas de un pueblo que intenta escapar del suicidio, el genocidio, y las manías homicidas de un ejército de ocupación. La obra está dividida en dos partes bien diferenciadas: la primera (unas sesenta páginas) redactada visiblemente por el propio Walesa, reconstruye los orígenes de las raíces familiares, a infancia del héroe, las huellas del pasado en la historia relativamente reciente; la segunda parte (más de quinientas páginas) tiene múltiples redactores: Walesa, su esposa, muy diversos miembros de Solidarnosc, Jan Mur, autores anónimos que se han beneficiado de un documento sonoro históricamente excepcional, las cassettes donde el célebre sindicato polaco tiene grabadas sus patéticas negociaciones con el poder militar, sus entrevistas personalizadas o anónimas, sus debates internos, la historia, oral, de una tragedia donde se juega el destino de Polonia y parte del destino de Europa. La primera parte de la obra inquieta y atormenta. Se trata de un relato lírico. La historia de Walesa se confunde con la historia que cuenta la última película de Andrzej Wajda, Crónica de los acontecimientos amorosos, basada, como es sabido, en una novela de Tadeusz Konwicki, del mismo título (Ed. Publications Orientalistes de France, París, 1987, 228 páginas) de quien Milán Kundera ha dicho: Konwicki es el antilírico por excelencia, porque está convencido de que algo toca a su fin... Ese algo que toca a su fin es el be ¡K, simo y melancólico réquiem por una Polonia difunta filmado por Wajda. El relato de Walesa nos ilumina esa historia de modo muy particularmente patético: su abuelo, emigrante, murió en el frente medio- oriental, durante la primera guerra mundial, sin poder regresar a su patria... Cuando su madre estaba embarazada del futuro líder histórico de Solidarnosc, su padre fue deportado a un campo de concentración por las tropas de ocupación nazis, tiasta el fin de la guerra. Tras la liberación, su padre moriría víctima de los malos tratamientos. Su madre volvió a casarse con su cuñado, provocando una tragedia familiar que la hermana de Walesa sufrió de modo muy vivo. Su madre y su padrastro decidieron emigrar a los EEIÍU, a los sesenta años de edad, sin saber una palabra de inglés... las cartas de la madre a uno de los hermanos reflejan una tragedia grave y profunda... Su madre y su padrastro murieron en los EE UU, donde nunca llegaron a adaptarse, finalmente, sonando con ser enterrados en su patria natal, en el cementerio dé Popowo... El relato de Walesa tiene la fuerza ¡lustradora que la película de Wajda y la novela de ABC ABC VII ta, el drama del riesgc de su desaparicióf como identidad históri ca. De ahí que las pági ñas más graves y ten sas de este libro sean aquellas donde Wale sa, y las distintas voces anónimas que hablan a través de la voz de Walesa, reconstruyen con una precisión terrible, el golpe militar de! 13 de diciembre de 1981. El relato de Walesa coincide, punto por punto, con el relato del mismo acontecimiento histórico reconstruido por el coronel Roszard Kublinski, un miembro de la élite militar polaca que huyó a Occidente el mes de noviembre de ese año, y ha ofrecido la historia más completa conocida hasta hoy de los preparativos (escalonados durante más de un año) con los que Moscú y las tropas del Pacto de Varsovia concibieron y lanzaron la vasta operación de intimidación y ocupación militar que culminaría con el decreto de la ley marcial contra la población civil. Ambos relatos constituyen, hasta hoy, los testimonios mas dramáticos de las desesperadas tentativas de todo un pueblo de intentar liberarse del yugo de las tropas de ocupación evitando, a un tiempo, la revolución y el derramamiento de sangre. Ambos relatos confieren a la patética figura del general Jaruzelski una dimensión shakesperiana: la del verdugo que decide, en la soledad nocturna del crimen político, asesinar al patriota que pudo existir en su cuerpo para vestirse con los harapos porque las legiones imperiales tienen a bien condenar a los traidores que entregan a su pueblo a la bota de las tropas de ocupación. No especialista en problemas históricos de las democracias socialistas, me arriesgo a aventurar, no obstante, que los documentos firmados por Walesa tienen, desde hoy, la dimensión capital que tuvo, en su momento, la célebre e imprescindible historia de las democracias populares redactada por Francois Fejto, que, por vez primera, nos ofrecía, hace más de veinte años, el primer panorama global de los recursos militares y paramilitares utilizados por la URSS para consolidar las conquistas y anexiones consumadas durante la segunda guerra mundial por los blindados soviéticos. El testimonio de Walesa nos recuerda que el pueblo polaco considera siempre inaceptable su propia sumisión forzosa a un ejército de ocupación imponiendo permanentemente la ley de la fuerza, decretando la soberanía limitada en nombre de la paz nuclear sometiendo a las poblaciones al chantaje supremo del arma atómica y la intervención militar destinada a sofocar, con brutalidad, cualquier aspiración al derecho soberano a la autodeterminación. Walesa y los redactores de su libro asumen, sin culpabilizarnos, todas sus responsabilidades. Pero nosotros sabemos que el problema moral de la división militar de Europa es el problema último donde se juega nuestro propio destino, nuestra libertad última. Wajds y Konwicki han entonado el himno heroico por una Polonia difunta. Walesa afirma, con tenacidad, que Polonia todavía no ha muerto. Pero nosotros bien sabemos que las campanas que repican por Varsovia también repican por todos nosotros. Juan Pedro QUIÑONERO A UN CHEMIN D ESPOIR (AUTOBIOGRAFÍA) Leen Walesa Ed. Fayard. París, 1987.604 páginas Kohwicki nos ayudan a situar en su contexto histórico: la patria y el paraíso perdido, hundidos y dinamitados, para siempre, por la ocupación militar y los desastres de la guerra. La segunda parte de la autobiografía firmada por Walesa empieza allí donde acaban la película de Wajda y la novela de Kohwieki: han muerto todos los sueños de los adolescentes de una Polonia dorada, perdida y difunta. Varsovia vive sometida a la soberanía limitada de la doctrina Breznev: la libertad de Varsovia termina allí donde comienzan los intereses de las tropas de élite y los generales del Pacto de Varsovia, bajo el mando supremo del mariscal soviético Víctor Koulikov. En ese punto, desaparece la historia familiar y emerge la historia colectiva. No es evidente que Walesa sea el único autor de esas páginas terribles y literalmente capitales. Durante más de quinientas páginas, el lector asiste a la puesta en pie de los fundamentos de una obra de historia de nuevo cuño. Técnicamente, se trata de un relato oral, a la manera de los libros publicados por el antropólogo americano Osear Lewis durante los primeros años sesenta. En el relato se superponen distintas voces: Walesa, su esposa, la prosa militar polaca, telegramas de agencia, grabaciones de magnetofón, negociaciones políticas y sindicales, canciones patrióticas, diálogos trágicos, testimonios desconocidos, relatos de huelgas rotas por las tropas de élite, etcétera. La desaparición y reaparición permanente de la voz de Walesa es el contrapunto que pone orden (disperso) a un relato polifónico con dimensiones testimoniales únicas y decisivas para la historia de Polonia y para la historia de Europa. Walesa recuerda la estrofa del himno nacional polaco donde se recuerda, en términos heroicos, que Polonia todavía no ha muerto... Walesa sabe que, desde mucho antes de su propio nacimiento, Polonia ha afrontado el drama y el abismo de su propia desaparición, víctima sistemática de las tropas de ocupación rusas y alemanas. Hoy estamos condenados a recordar, nos es imposible olvidar, gracias a los testimonios de Wajda, de Konwicki, del propio Walesa, entre tantos otros, que el pueblo polaco sufre, desde Yal-