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14 ABC OPINIÓN SÁBADO 2- 5- 87 Panorama SE BUSCA UN CORAZÓN H AY un niño en un hospital de Madrid que espera un corazón. Cinco años tiene el suyo, pero ya está demasiado fatigado, casi inservible para aguantar la pequeña e incesante marea de la sangre. Escucho su voz en la madrugada de la radio, sé que se llama Daniel González y que es, esencialmente, un niño que espera algo de los demás. Es una expresión muy clara de la dependencia que tenemos los seres humanos, los unos de los otros, los enfermos de tos sanos, los sanos de los enfermos, y todos de todos. Ha subido a Madrid, a una clínica, desde su Andalucía litoral, y dice a la periodista Remedios Vila que su mayor preocupación en estos momentos es el recuerdo de su perra, de nombre Linda que se ha quedado en el patio familiar de Rota mientras Daniel iniciaba su camino hacia el calvario del quirófano y hacia la solución de su enfermedad. Linda también echará de menos al niño, y, si fuera posible, estaría dispuesta a regalarle su pequeño corazón de fidelidad. La operación, según los médicos, no es sencilla, y aún lo es menos encontrar el corazón de las características adecuadas y en el plazo justo de tiempo. Uno tiene la impresión de que en estos casos límite en que un niño necesita un corazón, el mapa de España lo arrulla con especial ternura y, al mismo tiempo, se estremece llamando a las puertas del azar para saber quién puede prestar ayuda al pequeño Daniel. Esta sigue siendo una breve e impresionante historia, aun cuando en el mundo nacen y mueren cada día decenas de miles de seres humanos. Tiene nombre, apellidos e historia. Tiene rostro: es un niño pecoso, de enormes ojos azules, a quien, fundamentalmente, desasosiega la lejanía de su perra Linda compañera de tantas andanzas y a cuyo lado comenzó a sentir los primeros dolores en el babor del pecho. Los médicos dicen que si no se realiza el trasplante, Daniel apenas superará, a partir de ahora, el medio año de vida. Es cierto que para que este niño sobreviva otro tiene que morir. Decenas de clonantes idóneos nos dirán adiós, por mil diversas circunstancias, vistiendo el corazón helado que podría haber salvado una vida. Por encima de las leyes terrenales hay un código interior e inexorable que, puesto que toda sangre nace del mismo manantial, nos enseña que también los cauces tienen algo de uso común. No es justo que unas norias se oxiden mientras en otros pozos queda agua, ni que una acequia se ciege por considerar como algo ajeno la zanja en la que se apelmazan y se asfixian las hojas del otoño. Este niño necesita un corazón, y a todos nos sacude, entre los latidos, esa carencia. Según los científicos, en Pittsburgh, donde se encuentra el primer centro mundial de trasplantes, apenas se han podido realizar siete u ocho como el que necesita Daniel, de un total de doscientos casos. Si estuviese en manos de la perra Linda el problema ya habría encontrado solución. Planetario NO DECIR ZAMACUÁ S OLÍA acudir al casino de mi pueblo, cuando yo era chico, un curioso personaje. Rara avis en la apacible urbe era de los pocos que acudían solícitos a la librería de mi padre. Compraba las novedades editoriales de Caro Ragio Renacimiento o la CIAP, que tantos recuerdos me trae de mi perdido amigo don Pedro Sainz Rodríguez. Un día, mientras asistía impasible a la eterna partida de tute subastado de los socios más provectos, comentó: Estoy leyendo una novela interesantísima de Zamacuá. drújula la palabra para que sonara más triste. El guiriay televisivo es sorpendente. Pero, ¿cómo decir el apellido del señor ministro? ¿Tal como hay que leerlo a la española, Croisier? ¿O a la francesa, ya que quizá es originariamente francés? Croasier. Rosa María, muy bien, lo dice a la española. La desconocida locutora, a la francesa. No hay sentido del idioma en la dirección de estas cosas, ya que, de haberlo, existiría un solo criterio. Una unificación del modo de decir. Faustino F. ALVAREZ En Francia, hace muchos años, aprendí que los franceses, con muy buen sentido, afrancesan la pronunciación de todos los vocablos emprestados de otras lenguas. Buscaba, por encargo de un amigo de Madrid- e n tonces no lo había aquí- un encendedor inglés: el Dunhill. Lo pedía a la inglesa: Un briquet Dangil s il vous plait? Todos los estanqueros me decían. No. Al fin uno, más sagaz, me preguntó: Serait il le Dinil ¡EureTodos saben que la dicción en la tele no ka! Un francés ni dirá al Dunhill inglés, tiene más que un sentido. El sentido político. Dangil imitando la pronunciación inglesa, Nadie se ha molestado nunca en darle a la como nuestros locutores de la tele Dirá tele otro sentido. El sentido del idioma. De Dinil que en mi grafía se aproxima a la coahí que el numerosísimo personal, ya busto rrecta pronunciación francesa. Por eso, años parlante, ya voz sin rostro, haga del idioma lo después, cuando un vendedor parisiense me que le peta, leyendo el inglés a capricho, el propuso que comprara une Tonis entendí francés por aproximación, el alemán como si que esa era su lectura de la marca Taufuera inglés y el italiano, al modo en que al- nus alemán. gún popular caricato- ahora los llaman humoristas- imita en la pantalla a los políticos, Convendría que en la televisión no dijeran propinándoles los parecidos más aberrantes. Zamacuá como aquel lector astorgano, ni Cruasier como esa locutora sin rostro. Y sólo traigo un ejemplo. Menudo lío tienen En ese modo de destrozar la prosodia cascuando dicen a sus multiformes modos Retellana me recuerdan a un brigada que tuve gan, Rigan, Rgruigan Gorbachov, Gorbaallá por la sierra de Espadan. Leía incansachef, Kruschof, Jruschef y así sucesivamente. blemente y se apropiaba del vocabulario. DeY si ño hicieran de la Sarria gallega Sarria... cía: No sé que tiene contra mí el capitán. Hoy me miró de hito. O: El teniente me Lorenzo LÓPEZ SANCHO echó una mirada lúgubre así, llana, no esLo evoco esta; noche poco después de oír a la discreta, correcta, sagaz locutora del telediario nocturno, Rosa María Mateo, hablar del ministro señor Croissier, al que apenas diez segundos después, otra locutora, sin dar la cara, llamó Cruásier. Lo mismo, lo mismo, que aquel modesto lector astorgano hacía Zamacuá de Zamacois.