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EDITADO POR PRENSA ESPAÑOLA SOCIEDAD ANÓNIMA 2 DE MAYO DE 1987 ABC EL CAUCE ESCONDIDO En el altar mayor sólo un hombre de pie. Revestido totalmente de blanco, el obispo de Espira habla ante un excelente micrófono. Es un hombre de figura y palabras luminosas. Evoca la Pascua que a todo hombre espera, la que han vivido el padre Kolbe, ahora santificado, y otros muchos que antes de su martirio pudieron celebrar la misa. Es, nos dice, repitiendo palabras que hace unos días había oído en Madrid a Cabodevilla, ese admirable sacerdote de la capilla de Nuestra Señora del Camino, el momento culminante de todo el cristianismo. La Resurrección, el Día Octavo. Todo empieza. Y para dar sustancia viva a este comenzar sempiterno del Día Octavo, el señor obispo bautiza, en la basílica de proporciones vastísimas, a dos niños. Mientras regreso a mi barco los recuerdos, como muchas veces ocurre, marchan ahora caprichosos hacia unas lecturas recientes. Una de ellas, una larga entrevista de un corresponsal de la revista alemana Spiegel con una artista de cine que fue muy hermosa, conocida por sus enjoyados atuendos y por mil anécdotas, aparte de sus múltiples bodas. Elizabeth Taylor grita ahora como una poseída, como una Casandra moderna, llena la hermosa boca de imprecaciones a nuestro mundo actual. Con desesperación, con fuerza. El mundo está amenazado por un mal contra el que no parece pueda descubrirse defensa hasta pasados muchos años. ¿Por qué el presidente de los Estados Unidos, su antiguo colega de Hollywood, no se conmueve más ante esta catástrofe que ha herido insidiosamente a sus amigos, a Rock Hudson, a tantos otros? La nueva Casandra preside hoy una de las organizaciones norteamericanas que recaudan fondos para la lucha contra e! SIDA. Pero nuestra Casandra, todavía hermosa, piensa que no es suficiente. Ignora que las grandes multinacionales de los medicamentos han cambiado radicalmente sus programas y ahora dedican fabulosas cantidades de dinero para ver si es posible combatir al mal. A unos pasos del lugar en que leo esta entrevista de la un tiempo hermosísima artista, por las callejas sombrías- -aunque sólo es medía tarde- -circulan con sus abigarrados vestidos, sus cabelleras de color violeta, naranja o verde las pobres mujerucas de siempre. Mezcladas con los mercaderes de la droga, con proxenetas, con zagalones recostados en el pretil de un puente ofreciendo sus dudosos encantos. En las librerías puede verse la traducción de un libro italiano, El erotismo, en el que trata de convencérsenos que la orgía comunitaria fue en los hábitos sexuales antes que el amor de la pareja. Por el laberinto de angostas callejas, rozando los canales- estamos en Amster- REDACCIÓN ADMINISTRACIÓN TALLERES- SERRANO, 61 28006- MADRID FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA AY en los ríos un cauce escondido. Fluyen las aguas, turbias o serenas, y lo mismo ocurre con las aguas de la vida, por el cauce del tiempo. Mas hay otro cauce oculto, secreto y profundo. Hacia él discurren misteriosos riachuelos subterráneos. De ese cauce oculto brota un día cualquiera, en la vida del hombre, una revelación. El mundo en derredor se ilumina. Cambia nuestro modo de entender la realidad, de verla o de escucharla. H Algunos teólogos llaman Día Octavo de la creación al deslumbramiento de la celebración pascual. Cuando el Ángel, sobre el sepulcro vacío, dice a las tres mujeres: Id y contad lo que habéis visto. Va pasando la historia en medio de acontecimientos, pero también inadvertida de las gentes, con ese estruendoso silencio del que hablan los poetas. Las que han sido noticias van quedando en el fondo del cauce de los tiempos, como légamo fértil o deleznable. El cauce escondido del tiempo tiene propiedades singulares. En lugar de discurrir los ríos- -que son nuestras vidas, como cantaba Jorge Manrique- hacia la muerte, remontan su curso hacia ios orígenes, hacia lo que es eterno. Lo imperecedero alienta en el último fondo de todos nosotros. Por haberlo olvidado, el hombre contemporáneo sufre de algo más triste y desazonante que la angustia. Sufre de una dislocación total de su ser, de la peor de las desesperanzas, la que! e convierte en un ser pulverizado en fragmentos, desintegrado. Para ocultarse este mal empieza a profesar las ideas más diversas, se refugia en los credos políticos, en el saber de la ciencia- q u e nunca es absoluto del todo- en ei progreso incesante de la Humanidad, etcétera. Junto a las drogas combatidas por la Policía hay estas otras drogas consentidas que ayudan a ir dando tumbos por! a existencia Me hacía estas consideraciones por lecturas recientes. Que culminaron en una visita el Sábado Santo a la grandiosa catedral románica de Espira. Que así se dice en castellano Speyer, la viejísima ciudad bávara, edificada a unos centenares de metros de la orilla del Rin y en la que fueron coronados emperadores y reyes. Alguna vez había intentado, sin conseguirlo, realizar este deseo. La catedral se yergue con sus muros poderosos, con sus cúpulas altísimas, con sus proporciones sorprendentes. En la noche apenas se advierten las gigantescas estatuas del atrio. Una vez dentro de ella, vemos el recinto lleno de fieles, delante de cada uno la lucecita vacilante de un pequeño cirio. El río está lejano, y el barco, dormido a sus orillas, dispuesto a descansar todavía unas horas. Las sombras envuelven al templo inusitado, aislado de la ciudad por sus jardines y por el silencio. La parte primera de los oficios ha terminado y, de pronto, irrumpe de las bóvedas el estruendo del gran órgano, de la orquesta, de las hermosas voces, al tiempo que todo se ilumina, se llena de luz. dam- coches opulentos acuden al mercado venal. Dionisos, el dios sempiterno, opone a los gritos desmelenados de las Casandras el alborozo o la mísera sumisión de las Coribantes. Son imágenes contrapuestas, bien lo sé, la imagen pía de la catedral que fundó Conrado II hace casi mil años y las estampas habituales en las que culmina la crisis de nuestro tiempo. Empleando una clasificación tripartita, la propia de nuestra lógica que hoy llamaríamos del hemisferio cerebral izquierdo, podíamos dividir el panorama del mundo espiritual de nuestros días en tres sectores. En uno de ellos se reconoce el fracaso de nuestra cultura, industrial y científica, hiperracionalizada. El hombre es más sabio, más poderoso, pero más desgraciado que nunca. Arriban a las playas de las instituciones médicas, con mil disfraces, ¡os náufragos de nuestra época histórica, con el vértigo de la disociación, con la angustia del despedazamiento espiritual. Los hastiados de la existencia, los jóvenes sin horizonte, ios ancianos prematuros, los infinitamente desesperados o desconsolados. Nos lo dicen a diario nuevos mensajeros de Job Casandras, filósofos y ensayistas. Hemos enfocado mal nuestra razón. Todo sería debido a nuestro desmedido afán de dominio, de poder, a haber polarizado nuestra inteligencia en una forma circunscrita de la razón, olvidando la vasta y rica belleza del mundo que se descubre cuando, el espíritu humano no se acoquina o arrincona. La segunda corriente espiritual, la más difundida, desdeña estas consideraciones. No tienen importancia. La ciencia, cada vez más sutil, acabará arreglándolo todo. Yo mismo muchas veces he dicho que esta ciencia y esta técnica, puestas ahora en cuarentena, llevan consigo el remedio a los males de nuestra civilización. Pero cada día mis simpatías se orientan a ese tercer grupo de hombres de pensamiento y de ciencia que creen estamos comenzando un tiempo nuevo, un pensamiento y un sentir, una percepción del mundo absolutamente revolucionaria. Afirmó hace pocos años en nuestra Córdoba andaluza el más sagaz de los neurofisiólogos de hoy, Carlos Pribram, que asistimos a una inmensa mutación en el espíritu humano. Escuchando el maravilloso estruendo coral de la catedral de Espira, recordaba el libro de Joachim- Erns Berendt, que acaba de aparecer: El tercer oído. El autor publicó hace años un libro sobre la música de jazz que ha tenido una venta de seiscientos mil ejemplares. Ahora nos dice que no sabemos escuchar la belleza del mundo. Sólo sabemos mirar, mirar tontamente. La visión ha desplazado a la audición y por eso no reconocemos la armonía secreta que corre, escondida, por el cauce de nuestra historia contemporánea. Juan ROF CARBALLO de la Real Academia Española