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AL LORO ¡QUE LUCHA TENGO CON LA HUMANIDAD! H sTe. cúmD se llama... ¡A y AC 1 B unt) d f a i leí u n este u r i í c u l o i Ei el N f w TI ué memoria... T A h si Felipe T i m o lirmaiio por t: Í! onziiic 7, omaria cartas en el famoso l u i ú c o n l i u canadicn- asunlo y le d i r b al ministro Fer Chumy Chúmcz que decía: nández Orddnez: -M v lavloT ts rich and ihc c ¿it ís- -Oiga, don í s t c ¿cúrao te under llic umbrclla, Ilama. v, Puco? ¿Cómo se puede decir lamar i contestaría: Aü a t v nación? ¿C 6 m o me voy a llamar? Pero al dia siguicnic en- L e Francisco. Figaro Jci o siguícnie: Liste- -Femandei ¿qué? ño empicarán a entrar en fun- -Ordóñei. i. -ianamiento en Eunipa los salé- -Y t ú ¿aquí te dedicas? Ii (esdcle 1 e ifusii ndifecia- -A todo. Soy de lodo y lie- En que quctLinios? Seño- sido de todo antes, ahora y desr u seamos r í o s o el New pués de. Time miente o nLe F i i o ¿c Y asi pasa tn que p; tsa, ¿qué quiere tmr ar de noHjTrós. Por- pasa? Pue pasa lo que tiene que que yo no me he metido con posar: que Marcelino Camaclio ellos, i, Eb que acaso lengo yo la se apnjv- echa de tas circundanculpa de aue el G o b i e r n o le das y declara la guerra al Af adeba a Lola Flores lo que le nisián y Luego tenemos que padebe? ¿Por qué el señor Solcha- gar fUstos por pecadores. Pues, a w inmtvcuve en tIli lubercs? señor, que paguen los pecadores ¿Oxiiifn c líl paia presen t a j i e en y a mt que me dejen en paz. mi casa v una lampara Y es que io Ciobiemos son íJcl siglo ili? Es como i i yo me para gobernar, sí, pero en otro voy a casa de don Alfonso Gue- país rm en el nuestro, que ba. srra y le digo: -Buenas tardes, lanie tenemos nosotros con lo mire me llamo Celedonio y qme- que tenemos. ro pedir la mano de ls. ibcl Preysj A y uue lucha tengo con la ler para casarme cim B m e r Humanidad... Con Toda la razón J c í mumlo, el p r e s i d e n t e d e l G o b i e r n o Luis SÁNCHEZ POLACIC TIF J DISYUNTIVA O tenía que elegir enirc una de ías dos m u j e res. Una era verdader a m e n t e hermosa, elegante, c u l t a V de m a n e r a s su. ives. ami 3 n üe eichalar un profuniJo aroma sensual que cmbriagaha los sentidos. Asimismo era dueAa de una gran fortuna, herencia de herencias, con sabor a caoba y sangre aíuL Su verbo era fluido, ceriero. sin culteranismos, anillado por un recio acer iT de cultura y vastos conucimienios de Iodos V cada uno de los l unlo de fos que trataba. La otra mujer era un perfecto remedo del feísmo. Aquellas manos con dedos como zanahorias, aquella boca sm dienten y aquellos O ÜS turbios de mirada conversonte bajo unas cejas supctTJoHadas de peU s enmarañados hadan de su mirada un manantial de pavor y desast siego. Su endeble cuerpo. Je caprichoso c rquelcto en perfecta i n a i m o n í a se cobijaba bajo unas lelas de Ciílor mdefimdo. sucias y matolien e Aunque Tiirn F- s- ihiífn que mdifiTicia puede ser c o m p a t i b l e con el asco, no creo que aquella mujer hubiera t e n i d o t r a t o con pastilla de jabón desde su más tierna y lejana infancia. Y Era necesario- p o r razones que no -icnen al caso- que yo elígiem una de las dos como esposa basta que la muene nos separase. M i decisión debía de ser serena, taimada y l ú d d a No debía p r c d p i t a r m e sobre algo que l u e g o p u d i e r a ser arrepenlimicntu para el resto de mis días. Las obscrví una y otra vez. Oueria estar muy se iio de m i mismo. Mis ojos iban, altematívamenii? a Elena María, que me sonreía desde sus blanquísimos v nacarados dienles. pasando l u e a la horripilante Plufarca. que sostenía una mueca de significado i n cierto sobre aquel rostro, tal vez p b g i o de aJ ün endriago o espíritu diaU lici escapado de ios mfiemos. Apenas me quedaba un minuto para tomar la deci ón últ i m a Y a p u r e lo e undi s para que mi cerebro no me jugara una mata pasada en el mom e m o d e c i S i o Levanté m i man diestra y su dedo índice i. B íiinpi ImplacTiible nbrr Tli na María. Si, ele i a Elena Mana. L o l i t r o hubiera sido una terrible equivocación. J o s é LUIS C O U 27