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DOMINGO 26- 4- 87- LA FIESTA NACIONAL Tercera corrida de la feria de Sevilla -ABC, pág. l Vimos un Espartaco acelerado frente a los mansos de Jandilla Niño de la Capea evidenció su gran momento Sevilla. Vicente Zabala, enviado especial Yo no soy de los que maldicen de la vida moderna. Estoy feliz con los reactores, pese al miedo que paso en los aviones; estoy muy contento con los antibióticos, con los trenes sin humo ni carbonilla, con todo to que sea progreso de verdad, no con lo que algún mugrilla califica de progreso identificando tan noble palabra con anárquicas posturas, algunas aberrantes, que no sirven para otra cosa que para envilecer cuando no degradar a ser humano. Ficha de la corrida Plaza de ¡a Real Maestranza. Lleno hasta la bandera. Seis toros de Jandilla, flojos, deslucidos, mansurrones. Sólo el primero se dejó torear. Curro Romero, de gris plomo y oro. En el primero, pinchazo y estocada (pitos) En el cuarto, pinchazo y tres descabellos (silencio) Niño 6 e la Capea, de azul marino y oro. En el segundo, pinchazo y estocada (vuelta al ruedo) En el quinto, dos pinchazos y estocada arriba (ovación) Espartaco, de purísima y oro. En el tercero, bajonazo. pasa a la enfermería, descabella Curro (ovación para Espartaco) En el sexto, estocada (ovación) mientras El Faraón le quitaba las moscas con la punta de la muleta. Un pinchazo y tres descabellos. La indiferencia reinó en la plaza cuando el camero acabó con el toro. Esto ya es más grave para él. Gran momento Daba gloria contemplar al Niño de la Capea frente a la escasa colaboración del segundo. El maestro- escribo maestro- salmantino le dejó meter la cara en el engaño. Lo que parecía que iba a ser un topetazo acababa convirtiéndose en un pausado recorrido del animal detrás de la tela roja. No cabe mayor temple, mejor sentido de la largura del arte de torear. Amarrar a un toro a la muleta llevándole sometido por donde, de verdad, no quería ir, resulta realmente meritorio, importante que dicen los taurinos en uno de su clásicos topicazos. Hay que tener en cuenta que el animal seguía el engaño a regañadientes, desesperado de que alguien pudiera someterlo con un simple trapo de esa manera tan rematadamente profesional. Un día le preguntaron a Rafael El Gallo Maestro, ¿qué es el toreo clásico? El Divino Calvo respondió con prontitud, con esa filosofía especial que tienen los gitanos: Lo clásico es lo que está bien arrematao Y eso es lo que tuvo la faena del Niño de la Capea: una enorme sensación de poderío, de suficiencia, de auténtico dominio. No era la faena brillante, de aplauso fácil para la galería. Había toreado para el aficionado, para esos buenos aficionados que hay en Sevilla, los cuales se hartaron de tocarle las palmas y de piropearle con, ¡olés de admiración durante la faena y en el transcurso de la vuelta al ruedo. En el quinto, también destacado, con escaso celo, el torero charro se puso en el sitio de los valientes. Soportó las desesperantes y cortas embestidas del toro jerezano y la flojedad de cuartos traseros del animal con una gran voluntad de éxito, que no se podía reflejar en vibración, porque el toro era la borriquita del Domingo de Ramos. A pesar de ello se produjeron muletazos despaciosos, entre otros no lucidos por la falta de interés y de sangre auténticamente brava del toro. Dos pinchazos y una estocada arriba dieron paso a una ovación que el Niño de la Capea recogió desde el tercio. El Niño de la Capea atiende a Espartaco, tras resultar levemente herido en el transcurso de la lidia del tercer toro Lo único que me saca de quicio son las prisas de los periódicos, ese no poder hacer una crónica de toros como Dios manda, con un mínimo de reposo. Se han empeñado en dejar mal a Federico García Lorca. Y mira que tenía razón el hombre: a las cinco de la tarde, a las cinco en punto de la tarde, y no será porque no lo dijo veces en el poema Ignacio Sánchez Mejías... de los cambios de horario de la vida moderna nos ponen en las seis y media de la tarde en Sevilla; en las siete, en las corridas isidriles de Madrid, y, claro, el cronista se pasa la corrida garrapateando en el tendido. No me cabe ni la posibilidad de abandonar la localidad para llegarme a un teléfono para dar toro por toro, como hago en otras plazas. Pienso en la hora de cierre de la edición, en las prisas, pongo nerviosos a los redactores jefes, a los taquígrafos, al taller entero. Sólo falta entregar los toros. Está esperando todo el periódico por culpa de los toros. Y a lo peor la corrida se hace lenta. O nos envían un toro para atrás, o dos, como ayer, y la parada de cabestros de la Real Maestranza no sabe hacerle el corro al toro para llevárselo a tos chiqueros, y nos consumimos, mientras ponemos en orden los apuntes de una reseña pormenorizada. El de Jandilla tomaba el engaño con clase, con inmejorable estilo; pero Curro, el hombre, no lo entendió. En seguida se cambió la muleta de mano, precisamente, cuando había visto que el toro iba superior por ese pitón. Bueno, pues va Curro y se echa la muleta a la izquierda. Surgen las dudas y los enganchones. Se endereza por el derecho y ape, nas es capaz de sacar a relucir su inconfundible empaque en dos redondos, que abren la esperanza del aficionado. Se apagan rápidamente las ilusiones en una sucesión de trapazos que producen la impresión de que Curro está, pero no está... Ya no es cosa de que quiera o no quiera, sino de triste agonía profesional, que duele más que encrespa, que nos llega al alma, porque no va a resultar fácil que surja un torero con dieciocho años de edad, con las características y calidades que en su día tuvo Romero. Pero ahora mismo no es adtnitible que se deje marchar un toro de la bondad y estito- e l mejor de la corrida- del primero, de Jandilla. Los años pasan. Es una pena. Pero el público, lógicamente, no es culpable de que el tiempo transcurra, de que las hojas del calendario caigan sistemáticamente a diario, año tras año... Pinchazo y estocada. Muchos pitos. En cuanto al cuarto no hacía nada de toro bravo. Tampoco de manso. Uno de tantos que diría el poeta Rafael Duyos. Curro empezó a hacer señales de que no veía. Me refiero al toro... Y se puso pesado haciendo señas a la presidencia de la invalidez visual del torcx Curro trasteó nervioso y enfadado dividiendo las opiniones del público, porque algunos se ponían del lado de la posible ceguera, Imposible Desconfiado e inseguro se mostró Curro en los lances de recibo. Gritos curristas de no vale ná el toro Réplica del Niño de la Capea en dos verónicas. En el quite por el lado derecho que descubre las posibilidades del cornúpeta por ese pitón. Acelerado Espartaco salió acelerado por razones extrataurinas que todo el mundo conoce. Se fue a la puerta del chiquero, como Pepe Luis