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25 abril- 1987 ABC IX p de amarga esperanza I bre sus palabras. Párrafos como los que narran el verano de 1980 o las primeras conversaciones con los dirigentes polacos no pueden ocultar un tinte de amargura. El período decisivo se sitúa entre el 16 y el 22 de agosto (los astilleros han comenzado el 14) Recuerdo que llamé entonces a Olek (Aleksander) y le dije: Si irrumpen en los astilleros, no dejarán de encontrarme. Podrán simular que he tenido un accidente o hallarán fácilmente otro pretexto... En tal caso, no os olvidéis de mi mujer ni de mis hijos, cuidad de ellos. Estaba agotado. Muchos de los que me rodeaban estaban al borde de la depresión. Solamente había un camino posible: unos sindicatos nuevos, libres- relata Walesa al referirse a las primeras conversaciones- En aquel momento, la jornada del 23 de agosto, no habíamos llegado todavía a nada. Debíamos afrontar todavía la primera ronda de negociaciones. Estábamos ya en el sábado, noveno día de la huelga, y esperábamos. Eran las ocho de la tarde. Hacía buen tiempo. Hacía calor. Muchas personas se agolpaban, por una y otra parte, en la segunda verja de la entrada a los astilleros. Ante ellas se habían reunido muchos miles de personas, informadas de la tan esperada llegada de la comisión gubernamental. He aquí que aparece en un extremo de la calle el techo de un autocar. Aquí están murmuraba la masa. Circulaban los rumores. Las masas, hostiles, retroceden a disgusto- continúa Walesa- Se aglomeran alrededor del autobús, que se inmoviliza ante la entrada. A través de los cristales se divisan siluetas sentadas. La verja de acceso está cerrada. Luego, el batiente derecho se abre lentamente: el retrato del Papa se mece suavemente y la enseña nacional flota en el viento. El vehículo penetra en el recinto de los astilleros, pero se ve forzado de nuevo a detenerse. No puede avanzar. Ante él hay una muralla de obreros vestidos con monos azules gastados. Ahí están, con los brazos cruzados y con los rostros endurecidos. Se les oye gritar: Bajen ustedes y sigan el camino a pie. Arrodíllense ante los obreros. AlguLeji se acerca al autobús, pálido y con los rasgos tensos, con una cartera negra bajo el brazo. El viceprimer ministro echa pie a tierra, seguido de Fiszbach y de los demás. Aislamiento y masacre El pesimismo y la amargura adquieren en ocasiones, a lo largo del noble y sencillo relato de Walesa, un tono dramático y desgarrador. Como cuando narra aquellos días de diciembre de 1970. Impresión de falta de solidaridad entre las diferentes capas de la población, aquí en Gdansk y hasta en el domicilio, en el interior del mismo inmueble, en la misma escalera Ninguna manifestación de la opinión internacional fue percibida aquí en Polonia. Yo diría que estábamos simplemente fuera del campo de interés de Occidente. 32.700.000 individuos marginados, en cierto sentido, de los efectivos de la población europea, sin que esta misma Europa olvidase, sin embargo, la intervención armada de 1956 en Hungría, ni tampoco la más reciente de 1968 en Checoslovaquia. El miércoles 16 de diciembre, el día en el que cayeron los obreros frente a la entrada segunda de los astilleros navales de Gdansk- s i gue el relato del premio Nobel de la P a z- el viceprimer ministro y miembro del comité político, Stanislas Kociolek, en una alocución radiotelevisada, pronunciada desde un estudio de Gdansk- hizo una llamada a todo el mundo para que volviese al trabajo. Este discurso de Kociolek se vio interrumpido por un estrépito violento. En el pequeño estudio, una mampara instalada a toda prisa, que hacía las veces de decorado de fondo, se hundió. Cuando cayó apareció un militar con uniforme de combate, empuñando una metralleta. El 17 de diciembre por la mañana, miles de personas fueron al trabajo en ferrocarril. En la estación Gydnia Astilleros, cercana a los astilleros Commune de Paris, se formó una concentración gigantesca: el acceso a los astilleros estaba cerrado por los carros de combate. Las gentes afluían allí en número creciente y no había ningún medio de evadirse de esa masa que no dejaba de crecer. Los carros dispararon entonces una salva de intimidación, inmediatamente siguieron las ráfagas de metralleta. La masacre había comenzado. Solidaridad No falta en el relato autobiográfico de Lech Walesa, lógicamente, ilas referencias al sindicato que dirige, a Solidaridad. Las estructuras de Solidarnosc se habían ido consolidando. La dirección general, las instancias regionales, las empresas que exigían partir de entonces signos tangia Ibles de la aplicación del programa iglobal definido por los acuerdos de lagosto de 1980. Sin embargo, todo lo que se podía sacar de las conversaciones con las autoridades era tan diferente, quedaba tan lejos y tan deformado por los compromisos, que difícilmente se podían re conocer los grandes proyectos con tos que habíamos comenzado. A mediados de 1981 (el general Jaruzelski había sido nombrado primer ministro en febrero) comenzó la propaganda denunciando el caos que había sido organizada de mainera consecuente por el poder... De ahí procedía esta frustración estéril que sólo podía desaguar en la única conducción que no estaba bloqueada: la radicalización. Esta fue la táctica empleada en otoño de 1981. A esto se añadían las colas interminables ante las tiendas, en las que no se podía encontrar ya nada. El conjunto de decisiones y de adoptadas- dice Walesa El período decisivo se sitúa entre el 16 y el 22 de agosto. Recuerdo que llamé entonces a Olek y le dije: Si irrumpen en los astilleros no dejarán de encontrarme. Podrán simular que he tenido un accidente o hallarán fácilmente otro pretexto... en tal caso, no os olvidéis de mi mujer ni de mis hijos, cuidad de ellos. Estaba agotado. Muchos de los que me rodeaban estaban al borde de la depresión ¡cato- no tenía a mis ojos más que un valor puramente teórico, porque solamente contaba una cosa en concreto: saber si en Polonia se podría crear un sistema tripartito constituido por el poder, la Iglesia y Solidarnosc. Al adoptar la decisión de mantener este punto de vista, tuve muchas veces ocasión, hasta la clausura de los debates, de perderla paciencia sin disimularlo. Alguno ¡se mostró escandalizado cuando confesé que no conocía al detalle el