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25 abril- 1987 ABC ííTci arío ABC V da que empieza, llama a este capítulo que da nombre al libro Tiempo de e s p e r a n z a ¿Cómo llamar a lo anterior? ¿Tiempo de tedio? ¿Tiempo de lo que pudo haber sido y no fue? He vuelto a leer, en las páginas del libro, muchas de las crónicas de Zabala, en el palimpsesto de la memoria. A menudo, Zabala nos habla en sus crónicas de la angustia del tiempo, de esos cierres de locura a que obliga el periodismo electrónico, que tiene que estar cerrada la página de la crónica cuando aún no han picado al quinto. En este libro no hay angustia del tiempo ni páginas por cerrar. Pero deja el mismo regusto de las crónicas, el regusto de lo poco interesante que hay que ver. Un recuerdo de Marcial o una anécdota de Juan valen siempre más que el pegapases que acaba de matar un toro y que ha cortado- ¿por qué? una oreja. Este viejo regusto, del mejor corte del Caña, del maestro, volvemos a encontrarlo en la revista anual de Vicente Zabala. El viejo regusto literario de la crónica, el ambiente de la corrida en Bilbao o el encuentro con Pepe Luis en la feria de Sevilla; la evocación de un Madrid que, como el toreo, quizá sea más soñado que real. Y- aquí es donde puede verse k que Vicente Zabala sabe de toros. Más que por lo que narra, por lo que echa en falta. Ver toros es una lucha contra los propios recuerdos, y a Vicente Zabala, hijo, como quien escribe, de un maestro sastre, se le nota e! padre que lo llevaba a los toros. Zabala no es de esta nueva leva de cantores de las muñecas del Paula que salen en Madrid debajo de las piedras. Zabala mamó- con perdónel toreo junto al Caña y como hay que mamarlo: con el padre de uno al lado, de calzón corto, diciéndole lo que es y lo que no es. De este modo comprendo perfectamente que ni balance de la temporada ni tiempo de esperanza. Vicente Zabala en verdad, lo que ha escrito ha sido la crónica de una nostalgia. ¿Tendremos alguna vez nostagia de lo que vimos a un Campuzano, a un Ojeda, a un Espartaco? Porque nostalgia del chaleco del Niño de Pepe Luis sí que la tenemos ya, y del capote de Curro. Luego tan en las claves está Zabala del toreo que pienso que lo único que le falta era haber nacido en la Puerta del Arenal. Ese corazón repartido queda al final más de la parte de Pepe Luis que de Antoñete. Se le nota y él no lo oculta. Leyendo el libro de Zabala me acordaba de lo que cuentan del niño de Julio Aparicio o de lo que dicen por aquí de Sandín. Zabala, aunque es un torero de Madrid, torea como nos gusta por aquí abajo... Antonio BURGOS GUAL que la Historia la escriben los vencedores (aunque sean los vencedoAnte la temporada taurina 1987 res de las elecciones, como es el caso de la Vicente Zabala versión televisiva de la Espasa- Calpe. Madrid, 1987 guerra civil) algo por el estilo ocurre con la fiesta de los toros. Si tecimiento de los miuras en Sevilla. Si Esbien la historia del toreo se ha hecho casi partaco se va a encerrar con los miuras, Zasiempre en Andalucía, entre Sevilla y Ronbala se ha encerrado nada menos que con da, y si bien quien no ha visto toros en El toda la temporada taurina. Supe de aquellas Puerto no ha visto toros en su vida (José horas del invierno, en la soledad del cuarto, dixit) la verdad es que la fiesta de tan merila memoria cobrando vida en el carro de la dionales y tartésicas raíces ha sufrido a menudo el destino del vae victis. Porque si bien la historia del toreo se hace en Sevilla, se escribe en Madrid. Y a los hechos me remito. ¿Dónde se hizo el Cossío? ¿Donde escribía el maestro Cañábate? ¿Dónde usaba Mariano de Cavia el seudónimo de Sobaquillo? ¿Dónde se editaban La Lidia o, en tiempos más recientes, tiempos de gafas de sol y de zapatos blancos y marrones, El Ruedo o Dígame? I TIEMPO DE ESPERANZA Andalucía hace nacer el arte de los toreros y crecer la brabura de. los toros en las dehesas de sus olivares y marismas. Pero escribir, escribir, lo que se dice escribir, quien escribe la historia del toreo es Madrid, mal que nos pese a los aficionados andaluces. Y uso Madrid en el peor sentido que puedo aplicar a la palabra. Como degustador del toreo, me parece lamentable, verbigracia, el descubrimiento de los progres madrileños, que han hecho un mito de Paula sin haberlo visto torear en Jerez, como si el toreo se pudiera aprender por correspondencia, aunque esa correspondencia sean los libros de don Pepito Bergamín. Hago todas estas apreciaciones y cojo todo este papel de fumar comprado en un estanco del Arenal para confesar las precauciones con que me he enfrentado al libro de Vicente Zabala. A Zabala, por aquí abajo se le admira, se le lee, se le cotiza, pero también se le hace una corrección de tiro. Zabala ve los toros según Madrid, que no es lo mismo que verlos según Sevilla. Zabala no puede ver a Antoñete, por razones culturales, de nacencia y de lactancia, con ias precauciones con que aquí miramos al fenómeno del mechón blanco. Pero, ¡ay! en este libro de resumen de la temporada, escrito al modo mejor de los viejos revisteros, hay que entregarse a Zabala en cuanto se abre de capa y nos confiesa que tiene su corazón repartido y afirma (página 95) Sin Sevilla, la fiesta de los toros quedaría desnuda. Ei libro, por tanto, es una plaza partida, entre los toros que se ven en Madrid y en el resto de España y los que se sueñan en Sevilla. Porque Zabala sueña el toreo. Sueña le que no ve. Esa es la fe taurina. Crear lo que no vemos. Crear, arte del revisterismo de la mejor ley, lo que Zabala no encontró en todas esas plazas de Dios. Porque el empeño del libro es parejo al próximo acón- máquina, haciendo esto tan bonito y tan antiguo que los clásicos del género llamaban revista. ¿Cómo es la revista? La revista de una crisis. Crisis de toros, crisis de gusto, crisis de enemigos de la fiesta (los animalistas animalitos, Vicente... Crisis de los que quieren llevarse el dinero antes de tiempo. O de esperanzas. La autogestión. Ojeda, Espartaco, Manzanares, Joselito, Niño de la Capea, los Campuzano, Víctor Mendes, Esplá ¿cómo te puede gustar Esplá, Vicente, hijo? Los novilleros que vienen empujando, hijos de alguien o hijos del pundonor. Vicente Zabala, mirando al tendido de la tempora-