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25 abril- 1987 ABC El libro de la semana ABC III D E auténtico acontecimiento debe calificarse la primera edición española de Volshebnik, el texto inédito de Vladimir Nabokov que, en traducción de su hijo Dmitri, se publicó en inglés el año pasado (The Enchanter, G. P. Putnam s Sons, Nueva York) La crítica americana y europea fue unánime al señalar la altísima calidad de la novela. No cabe ahora sino confirmar este juicio: se trata, en efecto, de una obra maestra, en el sentido mas riguroso del término. Lo es por todos los conceptos: por su clima, por su densidad, por la penetración psicológica, por la elegancia y esplendor de la dicción. Los nabokovianos están en enhorabuena: la genialidad del autor de Lolita ha recibido un nuevo espaldarazo. No he mencionado al azar el título más célebre del maestro ruso- americano. El hechicero guarda con él relaciones individuales. Nabokov lo escribió en el otoño de 1939, en París, en el curso de una enfermedad que le obligó a guardar cama. Así lo recordaba en el artículo sobre Lolita de 1956, que posteriormente se transformó en su epílogo. Fue en esta etapa parisiense cuando se produjo la primera y aún débil palpitación de Lolita Tres años más tarde, en carta dirigida al presidente de la Editorial G. P. Putnam s Sons, a quien le ofrecía el manuscrito, se ratificaba en lo mismo y llamaba a la obra una suerte de nouvelle pre- Lolita. En 1956 Nabokov creía haber destruido el original, pero éste apareció finalmente en el 59. Y si no se publicó entonces, se debió- según la precisa información de Dmitri Nabokov- a que el escritor se hallaba en aquel momento muy concentrado en la traducción inglesa del Eugenio Onieguin de Puskín, la redacción de Ada y la preparación del guión de Lolita, además de la revisión de traducción inglesa de Invitado a una decapitación, que estuvo a cargo de su propio hijo. Dmitri Nabokov considera todo el texto como un análisis de la locura vista a través de los pensamientos del loco y no olvida señalaf la frecuencia con VLADIMIR NABOKOV que su padr feudió a Anagrama, Barcelona, 1987. 137 páginas las aberraciones, físicas o psicológicas, del paidófilo ucraniano traducidas por Ray- como fuente primaria de inspiración. Al prefield al inglés. La concordancia de imágenes guntarse por la causa de tal predilección, y motivos es evidente, pero no privativa: se aduce un texto de 1927, en que un personaextiende al resto de la producción nabokovia- je, escritor, dice que la vida tiene más talenna. En cambio, el ambiente, personajes y de- to que nosotros. ¿Cómo vamos a competir sarrollo argumental presentan en ambos tex- con esa diosa? Sus obras son intraducibies, indescriptibles y otro personaje, esta vez un tos diferencias sustanciales. crítico, le contesta que la Palabra tiene el sublimé derecho de Jjacer resaltar el azar y de convertir lo trascendental en algo que no es consecuencia de un accidente EL HECHICERO Hay, sí, un tema, llamativo y tal vez aún escandaloso la paidofilia, la pasión que, como Humbert Humbert por la doceañera Lolita, experimenta un caballero también cuarentón, de posición acomodada, por una niña de esa edad. Para conseguirla, el protagonista se casa con su madre, viuda de salud problemática. El relato es, pues, la historia del hechizo, del pretendido hechizo, a que el El autor estimaba mucho la obra, según la adulto somete a la niña, criatura que, en discarta ya consignada, en la que escribe: cordancia con Dolores Haze, sólo es perver he vuelto a leer Volshebnik con un placer mucho más considerable que cuando lo re- sa para el caballero obsesionado con ella, resulta incapaz de intrigar, todajtía carece de cordaba como un simple residuo desdeñable sentido sexual y físicamente dista de haber mientras trabajaba en Lolita. Es una bella muestra de prosa rusa, precisa y lúcida, que madurado, según apunta con agudeza Dmitri Nabokov. Es decir, una pre- Lo fa, ma non podría ser esmeradamente vertida al inglés troppo. Importa subrayarlo, pues no es pepor los Nabokov. Y así se hizo. La edición queño el riesgo de hablar aquí de un Naboespañola, fiel a la inglesa, incluye dos notas del autor- tomadas del epílogo a Lolita y de kov menor Y nada de eso, salvo que identifiquemos toscamente el número de páginas la carta al presidente de la Putnam s Sons- con la calidad: más de trescientas tiene Lolimás un excelente comentario de Dmitri Nabota; no llega a noventa El hechicero. kov. Estaría fuera de lugar hacer de su relación Nabokov señaló certeramente el género de con Lolita la base de un juicio negativo. El la obra: la nouvelle es decir, la novela corhijo del escritor es tajante al respecto: Es ta. Una novela corta perfecta. Es toda ella la posible- anota- que El hechicero contenga historia magistralmente graduada de la paido la primera y aún débil palpitación de su nofilia criminal del caballero por la doceañera, vela posterior- e incluso se podría poner en desde su primer encuentro en un parque, paduda esta tesis si se examinaran con detalle sando por la minuciosa estrategia que él ciertas muestras tempranas de su obra- pone en marcha para hacerse con ella, hasta pero tampoco hemos de olvidar que en el gela desastrada noche final. El punto de vista neral siempre se encuentran primeras palpitadel paidófilo se deja notar con insistencia en ciones que predicen obras futuras y más amla novela, si bien está matizado por la interplias... En esta línea se complace en destavención del narrador y envuelto en el íntegro car las diferencias. Sobre Lolita, señala, desarrollo argumental que, tras el sutil encaconfluyeron estímulos bien distintos, como el denamiento de lances de diverso signo para análisis de Carroll, que llevó a cabo Nabokov el protagonista, acaba resolviéndose de modo ya en América o su lectura de las memorias trágico para él. La poética de El hechicero está ahí formulada. La anómala pasión forma parte de la vida y la misión del novelista es insertarla dentro de un orden existencial. Así ocurre aquí. Y de ellos deriva el relieve que se concede a la introspección del protagonista, la cual actúa en dos niveles: en uno, el paidófilo se sumerge ensimismado en sus deseos y fantasías, que lo tienen hechizado- ésta es otra dimensión del título- en el otro, es capaz de reconocer al oscuro monstruo que lo habita: así, cuando se equipara con el Lobo que se dispone a ponerse el gorro de dormir de la Abuela para devorar a Caperucita Roja. Se trata de una segunda línea de flotación, muy sutil, pero perceptible, que resulta finalmente arrasada por el secreto vendaval La pasión erótica alumbra los que son seguramente- a s í lo reconoce Dmitri Nabokov- los pasajes más explícitos de toda la obra del maestro. La intensidad, casi dolorosa, del deseo se manifiesta a veces con rotundidad; pero, como ocurre siempre con Nabokov- y quizá sólo con é l- este erotismo se encuentra tan integrado en el decurso argumental que su ausencia lo habría hipotecado seriamente. Junto a esos pasajes hay muchos otros en que la metáfora deslumbrante, la metonimia incisiva, la alusión o la ironía (del narrador) van cargando el texto de manera incesante. Claro que no se orienta sólo en esa dirección, pues la pasión del protagonista, al estar incluida, como dije antes, en un orden vital, no es separable de este marco lleno de líneas y entrecruzamientos. Surge así una calculada, fascisnante ambigüedad que dota a la novela de múltiples resonancias, de irisaciones y contrastes plurales. Valga como paradigma el pasaje en que el protagonista vuelve al domicilio conyugal, con la desagradable expectativa de afrontar una noche nupcial que no le interesa en absoluto. Lo analiza impecablemente Dmitri Nabokov. Y luego están esas imágenes luminosas, desconcertantes en apariencia, tan típicamente nabokovianas, esparcidas a lo largo del texto, que concentran varios significados y tonalidades narrativas a la vez: por ejemplo, ese día treinta y dos del mes que traduce el desequilibrio emocional del protagonista. Todo ello, además, en una narración medida, concisa, en la que los episodios van encadenándose sin un solo descenso, hasta el memorable desenlace, cuidadosamente preparado, grotesco y trágico a un tiempo. Miguel GARCÍA- POSADA