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36 A B C La relación de supra y subordenación supone un orden jerárquico: un territorio impone ése orden a otro territorio que lo soporta y que, por lo tanto, tiene una soberanía mermada. El orígen de las colonias contemporáneas, las que surgen en el siglo XV como consecuencia de la expansión europea hay que buscarlo en una finalidad económica y comercial. El interés de la metrópoli prevalecía sobre el de la colonia. Es indudable que ni en la conquista de Gibraltar en 1704, ni posteriormente han existido esos dos elementos. Su carácter militar no tiene nada que ver con el de algunas factorías coloniales. Tampoco encontramos la relación de supra y subordenación. Todo el sistema colonial descansaba en la convicción de los países europeos- compartida por otras civilizaciones, no sólo por la europea- en la existencia de una jerarquía en los pueblos: pueblos civilizados y bárbaros. La justificación hipócrita, o de buena fe, del hecho colonial se argumentaba en la capacidad civilizadora de los primeros. Sólo los bárbaros podían convertirse en objeto colonial. Nadie hubiera pensado en el siglo XVIII que el territorio o la población española podían ser colonizados. La conquista de! a Roca obedeció a un claro objetivo militar en un conflicto entre países europeos. Y además no estaba dirigido, prioritariamente al menos, contra España, sino contra Francia. En 1700 no era ya ei Imperio de los Habsburgo la potencia dominante de! continente, sino Francia. La guerra de Sucesión española es, esencialmente, una guerra franco- inglesa: La Gran Bretaña buscaba, según la regla de oro de su política exterior, impedir que un solo poder hegemónico dominase el continente. La hostilidad franco- inglesa durará hasta comienzos del siglo XX. Considerar que la retención del Peñón por el almirante Rooke obedecía a designios coloniales es, sencillamente, ridículo. La función militar de Gibraitar consistía en abrir el Mediterráneo a la escuadra inglesa e impedir que las escuadras francesas del Mediterráneo y del Atlántico- y naturalmente también las de España, su aliada- convergiesen. -Por eso todas las batallas navales decisivas entre ingleses, franceses y españoles- S a n Vicente, Trafalgar- han tenido lugar en las proximidades del Peñón. Frente a España, la base gibraltareña cumplía también otro objetivo: esperar y amenazar a las flotas de Indias en su viaje de retorno. La amenaza a la salida corría a cargo de los navios apostados en el Caribe. Cuando se abre el Canal de Suez, Gibraltar formó parte, con Malta y Chipre, del rosario de bases de apoyo logístico en la ruta de la India. A partir de 1945,1 a Roca es para la Gran Bretaña una baza negociadora que le permite reafirmar su posición en el seno de la OTAN. Y se ha convertido también, y sobre todo, en un símbolo: el símbolo de su grandeza imperial, pretérica pero reciente. Estamos demasiado cerca del grandilocuente nacionalismo decimonónico e Inglaterra de su grandeza secular para menospreciar el valor de un símbolo. En las Malvinas se ha podido registrar la alta temperatura que e! reflejo imperial puede alcanzar aún en la mayoría del pueblo inglés. Porque para evaluar su importancia no tenemos los españoles sino que hacer nuestro propio psicoanálisis. ¿Qué ha significado y significa en efecto Gibraltar para nosotros? Inicialmente fue la pérdida de una plaza miiitar de primer orden; después, sobre todo, un símbolo, el símbo. lo de nuestra humillación. El valor militar de Gibraltar para España estriba esencialmente en una negación. Lo importante para nosotros no es su posesión, sino la no posesión por otro, sea un enemigo actual o potencial. En el siglo XVIII su- peligrosidad radicaba, repito, en su capacidad de amenaza al tráfico con América y de estrangulamiento de la comunicación del TRIBUNA ABIERTA MARTES 21- 4- 87 lianas, la dialéctica hispano- inglesa en torno a Gibraltar no puede encontrar su solución en la afirmación de la tesis- soberanía española- -ni en la de la antítesis- -soberanía inglesa- sino en una síntesis superadora. Esa síntesis superadora no puede ser otra qué Europa. Europa es precisamente una superación de la vieja idea de las soberanías nacionales, cuyo concepto y ejercicio están sometidos a profunda revisión. En ese sentido está la solución. Que no es otra que la europeización de Gibraltar. Lo que yo propongo sería el declarar a Gibraltar territorio europeo Se convertiría así, como el primer territorio con esa naturaleza, en lugar común de proyectos europeos, en el ejemplo sugestivo de la futura unidad política, en el símbolo que asuma y supere a los otros dos símbolos caducos. Se negociaría un estatuto del territorio europeo de Gibraltar -cuya garantía correspondería a todos los países integrantes de la Comunidad Económica Europea- que establecería los órganos de gobierno territorial, sus funciones, etcétera. En él se podría recoger una cláusula por la que la suprema magistratura del territorio, el gobernador, recayese alternativamente en un ciudadano británico y en uno español, que podrían ser- m e hago eco de la propuesta del semanario The Economist del día 8 de agosto último- un miembro de la Familia Real inglesa y otro de la española, sucesivamente. Se dotaría al territorio europeo de Gibraltar de privilegios de orden fiscal para hacer de él una zona económica similar a otras existentes en nuestro Continente, que captase capitales de toda Europa para la realización de programaspiloto, especialmente aquellos destinados a crear lazos de cooperación con África. La zona contigua al Peñón, el llamado Campo de Gibraltar, podría gozar de un régimen fiscal parecido, ya que, indudablemente, constituye una unidad geográfica, económica y humana común con él. Los residentes en el territorio podrían ser los primeros que tuviesen una ciudadanía europea y, como tales, podrían estar provistos de pasaporte europeo Esta europeización facilitaría absolutamente el problema, esencial, ae la base militar. Esta estaría estatutariamente destinada a la defensa de Europa y bajo mando conjunto hispanobritánico. El mando supremo recaería alternativamente en un inglés y un español. Todos los detalles de la utilización conjunta encontrarían su regulación en un acuerdo anglo- español. España ha estado a la altura de su misión histórica siempre que, trascendiendo los estrictos intereses nacionales, se ha puesto al servicio de ideales universales. Por ejemplo, los españoles, después de la incomprensión y del recelo iniciales, siguieron con entusiasmo los designios europeístas de Carlos I de Europa, porque éste supo servir con grandeza a un ideal de paz y de unidad. Los críticos nacionalistas le acusaron después de haber descuidado los intereses nacionales, pero ahora sabemos que fue un precursor egregio de la idea de Europa. ¿Quién duda de que Juan Carlos I es su más claro heredero? Tal vez durante su reinado pueda corresponderle a España el papel en la CEE- aunque no sea su miembro ni más antiguo ni más poderoso- de revivir la fe originaria, hoy muy amortiguada, en el proyecto político de unidad. El presidente González ha señalado que en la propia Comunidad se afirma que España está hoy a la cabeza del movimiento integrador europeo Se trata, pues, de que España trans, forme un contencioso divisor en un proyecto integrador. Esa esperanza y el convencimiento de la imposibilidad de la solución del pasado me han llevado a sugerir, a título estrictamente personal, esta posible solución de futuro. d. L. L. S. GIBRALTAR. ENTRE EL PASADO Y EL FUTURO Atlático y del Mediterráneo. Un Ensenada, un Carvajal, un Aranda o un Floridablanca sólo hu- bieran pensado en ese valor estratégico, nunca hubieran tenido en cuenta las adherencias sentimentales, Pero éstas constituyen hoy en día un dato real del problema. Nuestra reacción psicológica tiene un doble origen: la pérdida de nuestro rango de gran potencia y la aparición y apoteosis del nacionalismo. La derrota internacional de España genera en el español un sentimiento de frustración y humillación. El nacionalismo, a su vez, sacraliza el territorio nacional y convierte cualquier parcela de él, sobre todo si está irredenta- obsérvese el carácter religioso del calificativo- en un símbolo. En el siglo XVIII, mientras se enfrentaban los intereses de los Estados, cabía encontrar una solución militar o diplomática porque los intereses se pesan y se miden, se suman y se restan; desde que en el siglo XIX se han movilizado los sentimientos de los pueblos- humillación y grandeza, territorios irredentos y poblaciones leales- y se piensa en términos de victoria y derrota, de reparación y claudicación, cualquier solución se ha tomado casi imposible. Gibraltar es ahora el enfrentamiento de dos símbolos. ¿Qué hacer? Superar los símbolos encontrados, creando otro que los trascienda: Ni humillación nacional ni grandeza imperial, Gibraltar ha sido simplemente una plaza militar codiciada por dos potencias europeas, Gran Bretaña y España, en la época de su rivalidad secular. (Como lo fue durante siglos Calais en la inacabable guerra entre Francia e Inglaterra. Las naciones europeas no sólo combatieron por la hegemonía en Europa sino que, a partir del siglo XV, sus luchas se proyectaban también en el dominio de espacios extraeuropeos. Este imperialismo universal europeo es ya tan sólo un capítulo del pasado definitivamente concluido. Pero lo que desgraciadamente no puede darse por conclusa es la necesidad de que Europa, si quiere sobrevivir, defienda sus intereses culturales, científicos, tecnológicos, económicos y, naturalmente, políticos y militares. Una defensa autónoma europea es la garantía del modelo de sociedad, basado en la libertad- e n todas sus dimensiones- que Europa ha elegido. No podemos olvidar que la Comunidad Económica Europea no es únicamente una zona de libre comercio que tenga como fin exclusivo la creación de un espacio común económico y comercial, sino un proyecto mucho más ambicioso que persigue como objetivo la realización de la unidad política. El que la población española unánime haya apoyado nuestro ingreso en la Comunidad obedece a la voluntad política irreversible de unir nuestro destino a ese proyecto político. Pues bien, en ese marco europeo- s u auténtico marco, en el que surgió como problema- y no en el de un falso capítulo de la descolonización universal, con el que nada tiene que ver, ni histórica ni políticamente, es donde hay que situar la solución de Gibraltar. España y la Gran Bretaña no son ya enemigos, sus flotas no tienen como misión el enfrentarse la una con la otra, sino ei contribuir juntas a la defensa de las fronteras europeas. Dicho en expresiones hege-