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EDITADO PRENSA POR ESPAÑOLA SOCIEDAD ANÓNIMA 20 DE ABRIL DE 1987 FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA i REO que la act i t u d q u e se podría resumir en la norma no hay que preocuparse empezó entre psiquiatras y psicólogos. Para muchos de ellos, y desde hace ya bastantes años, lo importante es que el paciente- e l cliente- no se preocupe. Hay que conseguir que esté tranquilo, que tenga, como suele decirse en inglés, peace of mind, que no se angustie, no se sienta culpable, ni tenga remordimiento. Pero ¿y si tiene motivos para estar angustiado? Si le han ocurrido cosas que perturban gravemente su vida, si en su futuro aparecen amenazas que pueden destruir sus proyectos, anular sus esperanzas, ¿no es bueno que se preocupe, es decir, que se ocupe ahora, de antemano, de lo que va a venir, de lo que podrá o deberá hacer? Y si es culpable, ¿no debe sentirse precisamente así? Si ha delinquido, ¿no será lo mejor que sienta remordimiento, condición necesaria para el arrepentimiento, para la posible superación real del mal cometido? Imagínese que esa actitud se trasladara a la medicina general, somática, a la medicina interna o la cirugía. Que el médico, ante el enfermo, tratara solo de tranquilizarlo, de que no se preocupe; que ante la pulmonía doble, el tifus, la úlcera, la fractura, la peritonitis, el infarto o el cáncer, su reacción fuera persuadirlo de que aquello no tenía importancia, no era malo, no debía preocuparse, ni someterse a tratamiento, ni operarse. No es difícil prever las consecuencias. Pues bien, veo síntomas alarmantes de que una actitud semejante esté apareciendo entre los que tienen cura de almas- sacerdotes, religiosos, obispos- Bajo la presión de los medios de comunicación, principalmente, de entrevistadores, coloquiantes y comentaristas, son muchos los que han llegado a aceptar que el mal, el pecado y, por supuesto, el riesgo de condenación, no existen. Hay en el mundo actual muchas personas para quienes las cosas son efectivamente así, y con ello hay que contar. Tiene considerable vigencia la convicción de que el hombre es una cosa, un organismo- u n qué y no un quién suelo decir para mayor claridad y no enredarme en teorías que pueden no ser evidentes- sometido a leyes físicas, biológicas, psíquicas y económicas y nada más; sin libertad y, por tanto, sin responsabilidad; sin horizonte ni esperanza después de la muerte orgánica. Con todo esto, repito, hay que contar, si se quiere vivir en el mundo real y no sustituirlo por nuestros deseos. Pero no menos cierto es que esa convicción es cualquier Cosa menos evidente, que no es compartida por otras muchas personas, y, sobre todo, que no puede serlo por los que se profesan cristianos y tienen responsabilidad profesional -s i se prefiere, vocacionalde sostener las convicciones correspondientes a esa condición. Es cierto que durante demasiado tiempo los eclesiásticos han solido subrayar los aspectos negativos, pudiéramos decir penales del cristianis- ABC mo, en detrimento del amor, de la misericordia, de la esperanza. Es verdad que se han detenido, unilateralmente, con indebido exclusivismo, en algunos pecados, en los que se llamaban- y ahora no, con lamentable olvido de una esencial dimensión humana- de la carne y han propendido a olvidar otros, y que tienen menos excusa. Pero no estoy seguro de que la corrección de esas desviaciones sea acertada, de que no traiga consigo una desviación mayor. Es muy frecuente que sacerdotes, religiosos u obispos- s e prefiere a los obisposhagan declaraciones o se sometan a entrevistas o aparezcan en la televisión para hablar de lo que los entrevistadores quieren y en el contexto que han elegido. Casi siempre estos eclesiásticos hacen la impresión de ser excelentes personas: son- sobre todo- -simpáticos, tolerantes, comprensivos, dispuestos a entenderlo todo y no condenar nada. Casi siempre dejan una inquietante impresión de inseguridad. Por supuesto, ni sueñan con mostrar ninguna autoridad. Me refiero, claro está, a la autoridad espiritual, religiosa. Cuando una comisión de la Real Academia Española revisó las traducciones de algunos textos del Misal, advertí a un religioso que colaboraba con nosotros que el texto decía poder y se había traducido de otro modo. Me dijo que la palabra poder en este tiempo- h a c e ahora quince o veinte a ñ o s- no suena bien. Yo le contesté: Padre, sobre el poder de Franco tengo muchas reservas; sobre el poder de Dios, ninguna. Creo que un c r i s t i a n o- c o n mayor motivo un sacerdote- aunque esté absolutamente seguro de su fe, no debe presentarla así cuando habla con los que no la comparten, ya que esa certidumbre no es inmediatamente comunicable, y olvidar esto sería una especie de cinismo de la fe pero debe mostrar su certidumbre personal, única posibilidad de compartirla y acaso difundirla, sobre todo si aduce el camino por el cual ha llegado a ella y las razones que la apoyan. Si esto falta, creo que no está prestando el servicio a que los demás tienen derecho. Par délicatesse j ai perdu ma vie peor REDACCIÓN ADMINISTRACIÓN TALLERES- SERRANO, 61 28006- MADRID c NO HAY QUE PREOCUPARSE LA MAYOR COLECCIÓN DE ALFOMBRAS PERSASY ORIENTALES Certificado de origen y garantía de cambio. M Facilidades de pago. rf P. Pintor J 2 1 1 Rosaies, 1 ü vV Tel. 24190 88: es que por una delicadeza inoportuna se ponga a los demás en peligro de perder su vida, la suya, como haría el médico que se limitara a no perturbar ni inquietar ni asustar al paciente, mientras la enfermedad seguía su camino. Muchos sienten la fuerza de la norma evangélica: No juzguéis, y no seréis juzgados. Con frecuencia he recordado el viejo dicho de Ortega: A ser juez de las cosas voy prefiriendo ser su amante. Claro que hay una excepción: la del juez, cuya misión es precisamente juzgar- l o malo son los jueces aficionados, sobre todo esos permanentes juzgadores que proclaman que el hombre no es libre, con lo cual eliminan todo sentido del juicio- Creo que en principio, y salvo los deberes del cargo, cuando se tiene, se debe rehuir juzgar a las personas. Siempre tengo la impresión de no conocer del todo los motivos, la situación total que explica la conducta de un hombre o una mujer concretos, y no me basta el esquema general que se puede conocer. A última hora, ¿quién sabe? Pero esto no quiere decir que no se puedan tener ideas claras sobre las conductas y los principios que las rigen, sobre lo que es bueno o malo, aceptable o inaceptable- dentro del cristianismo, pecaminoso o no- Sobre eso, los que tienen cura de almas tienen el deber de juzgar, de poner bien clara la norma ante los ojos de los demás. Cada uno, después, obrará en consecuencia, en vista de la realidad íntegra y concreta de su vida, y con la irrenunciable libertad que pertenece a la vida humana. Por otra parte, si hay algo inconmovible en el cristianismo es la creencia en la misericordia de Dios. La genial encíclica de Juan Pablo II Rico en misericordia que hace tiempo comenté en su sentido antropológico, es un documento excepcional y de gran originalidad. Hay innumerables textos en los Evangelios en que se manifiesta la actitud misericordiosa de Cristo, y ha sido una gran falta de la Iglesia en muchas épocas el haberlo olvidado. Por ejemplo, cuando la Inquisición- las diversas inquisiciones de muchos matices y países- -han hecho caso omiso del clarísimo texto: Dios no quiere la muerte del pecador, sino que s. e convierta y viva. Siempre me he preguntado cómo han podido pasar de largo ante esas palabras, durante tanto tiempo, los encargados de afirmarlas y proclamarlas. Todo el mundo recuerda, con admiración y emoción, las palabras de Cristo a la mujer adúltera o a la samarltana. ¿Las recuerda? En ambos casos, lo esencial es el arrepentimiento. Ni yo te condeno tampoco; vete y no vuelvas a pecar. Sin esto, pierde su sentido el conjunto de las dos historias. Si esto no se pide, si no se cuenta con ello, se pone en peligro a los demás. No me sentiría tranquilo con una pasiva aceptación de todo, si indujera a los demás a olvidar lo que el que habla, por lo menos, debe tener presente. Julián MARÍAS de la Real Academia Española