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MIÉRCOLES 15- 4- 87 ESPECTÁCULOS A B C 73 Crítica de cine La vida alegre de Fernando Colomo Producción: El Catalejo (subvencionada por el Ministerio de Cultura y la colaboración de TVE) 1987. Director: Fernando Colomo. Guión: Fernando Colomo. Fotografía: Javier G. Salmones. Color. Música: Suburbano. Duración: noventa y cinco minutos. Principales intérpretes: Verónica Porqué, Antonio Resines, Massiel, Guillermo Montesinos, Miguel Relian, Gloria Muñoz, José A. Navarro, Itziar Alvarez, Alicia Sánchez, Rafaela A p a r i c i o El Gran W y o m i n g y J a v i e r G u r r u c h a g a Sala de e s t r e n o Paz. Comedia de enredo venéreo, donde las costumbres, más o menos licenciosas de la sociedad, madrileña y gubernamental, son puestas en solfa, con mucha gracia y sin ningún afán moralista. Fernando Colomo sé ha convertido, pese a su juventud y a sus incursiones en otros géneros- fantástico, por ejemplo, en El caballero del dragón en auténtico padre de la comedia urbana española, más concretamente madrileña. Desde Tigres de papel a Estoy en crisis la solera cómica de Colomo se ha ido decantando paulatinamente hasta alcanzar en La vida alegre su mejor nivel; una comedia de enredo, venérea por las actividades de sus personajes, con la que Colomo, sin dejar de ser quien es, y demostrando acaso menos amor por Madrid que Woody Alien por Nueva York, recuerda en algún tramo de su recorrido el cariño cínico del autor norteamericano por sus criaturas de ficción. La vida alegre -antiguamente, a las prostitutas se les llamaba, con bastante hipocresía, mujeres de vida alegre -arranca con el trabajo de Ana, una dermatóloga casada con Antonio, también médico y funcionario del Ministerio de Sanidad, en una clínica de dermatovenereología. Ante el espanto de Antonio, Ana se lanza a la aventura de poner en marcha el centro, reclutando además- luego de obtener la dotación de instrumental del mismo- clientes que atender entre prostitutas, chaperos y demás miembros de la vida alegre Antonio, alto funcionario de Sanidad, espera un ascenso- una Dirección General- de su ministro y amigo de toda la vida, Eduardo. Y para conseguirlo no duda en contratar como secretaria a su redondeada e incompetente amante, sirviendo, además, de tapadera para los encuentros clandestinos del titular del departamento con ella, con Carolina, evitando tanto a los medios de comunicación cuanto a los escoltas y, por supuesto, a la esposa del titular. El enredo, una vez presentados los personajes- a los que se une un simpático y servicial gay Manolo, y una profesional con chuto, Rosi- sigue las leyes de la fórmula tradicional del chico busca chica pero con la variante de que aquí chico infecta chica -y viceversa- porque, más que al amor se juega a su fingimiento, con la gonococia o blenorragia como señal de infelidelidad, en lugar del pañuelo olvidado en una estancia, que servía antaño de huella delatora. Colomo mueve cop soltura sus personajes, sin que la tensión cómica descienda excesivamente en ninguna secuencia. Las alusiones al comercio sexual, a la política sanitaria y a las oposiciones resultan ciertamente válidas y ocurrentes, subrayadas por una actualidad- l a del Ministerio del ramo y la de su titular- que, lógicamente, no estaban previstas ni al escribir el guión ni al rodar la película, manifestaciones, huelgas y pancartas incluidas. Verónica Forqué es Ana, con autoridad, haciéndose con el personaje y concediéndole ternura a raudales, además de gracia. Antonio Resines, dentro de sus limitaciones, compone un convincente Antonio. Miguel Relian se adapta con justeza a la piel de su personaje, el ministro Eduardo. Massiel, por su parte, borda el de la profesional Rosi, aprovechando las indudables facilidades que para el lucimiento tiene. Otro tanto ocurre con Guillermo Montesinos- Manolo, el gay que se mantiene en los límites de su papel, Antonio Resines y Verónica Forqué sin exageraciones grotescas. Resaltable igualmente es el trabajo de Itziar Alvarez- Cata, la ayudante de clínica de Ana- y de Gloria Muñoz- l a esposa del ministro- ambas con ocasiones para mostrar sus buenos modos. Hasta Ana Obregón resulta efectiva, como Carolina, mostrando una vis cómica puesta de manifiesto hasta el momento sólo en sus intervenciones televisivas. Que todos los personajes acaben pasando por la consulta de Ana, bajándose los pantalones o subiéndose las faldas, sometidos todos a la obligatoria exploración y toma de muestras sirve a Coiomo para demostrar, además de su sentido de lo cómico, un indudable buen gusto, que evita la procacidad, aunque haya más de un chiste fácil de seguros efectos. Y que buena parte de las bromas se hagan a costa del titular de Sanidad y de la burocracia oficial, sirve para mostrar cómo, auque lo quisiéramos mayor, existe ya un cierto sentido de humor en la Administración; cuando menos en las gentes del Instituto del Cine, que tiene a su cargo la concesión de subvenciones, y de las TVE que hacen lo propio con las colaboraciones Reírse de uno mismo frente al espejo relativo del cine es, sin duda, un progreso. Aunque, últimamente, el señor Guerra haya optado por la seriedad del estadista. Correcta la fotografía, adecuada la música- d e Suburbano- La vida alegre queda como una película divertida, producto raro, y apreciado, entre tanta lata seudointelectual fabricada con recursos oficiales. Pedro CRESPO SIADO Sabe quienes son. Por qué lo hacen. Y hasta dónde puede llegar el poder de su dinero. Es el mundo de las finanzas. El mundo de la corrupción y el terrorismo. Cuando lea este libro, usted también sabrá demasiado.