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66 ABC XXV ANIVERSARIO DE L 4 MUERTE DE JUAN BELMONTE MARTES 7 4 87 Mis recuerdos de Juan Belmente N el año de 1918 mi padre (Félix Moreno Ardanuy) compro la ganadería de Saltillo, vendiendo la que ya poseía de procedencia Parladé a don Antonio García Pedrajas. La de Saltillo era una ganadería larga con cerca de 500 cabezas y mi padre decidió retentar todas las vacas, lo que suponía muchos días de tentaderos de hembras. En estos tentaderos vi yo por primera vez a Juan Belmonte, que solía venir acompañado de su hermano Manolo y coincidían en la Vega con Antonio Cañero y otros amigos y aficionados. La única vez que estuvo Joselito en uno de aquellos tentaderos no creo que coincidiera con Belmonte. La aparición de Belmonte produjo verdadera sensación en aquellos pueblos de Péñaflpr y Palma del Río y hasta se inventaron coplas que se cantaban mucho. En cierta ocasión torearon un festival en Huelva Rafael e 1 Gallo, Juan Belmonte, Diego Laínez y mi hermano Javier Moreno de la Cova. Javier olvidó o no llevaba muleta y Juan le dio una suya, y la realidad es que se defendió bien y cuando terminó le dijo a Juan que el mérito no era suyo, sino de la muleta que toreaba sola. Almorzamos ese día en un típico restaurante de Huelva las dos hijas de Juan, Yola y Blanca, y nos acompañaba mi compañero de carrera Manolo Losada, que actuaba algo así como mozo de estoques de mi hermano. En los muchos años de nuestros contactos con el mundo de los toros en plazas, festivales y tertulias y tentaderos, he vivido y oído multitud de anécdotas de Juan Belmonte, muchas de. ellas contadas por éi mismo o personas muy cercanas a él. Anécdotas que el ilustre médico sevillano Diego González Alorda recogió en gran parte en sus conferencias y charlas taurinas. En Gayango, la Española, los Corales o el Aero está vivo el recuerdo de Juan. Vivían los Belmonte en una casa de vecinos en el número 38 de la calle Pureza y en la puerta de la casa había un puesto de melones y sandías y un día que Belmonte toreba en la Maestranza, le dijo Calderón al dueño del puesto: Retire usted la mercancía, porque a Belmonte lo van a traer a hombros El melonero antibelmontista le dijo: Lo traerán dos guardias civiles Y poco después apareció Belmonte a hombros y, como es lógico, desapareció et puesto y el dueño le pedía a Juan cuarenta duros por e! destrozo. Nos contaba Calderón: Juan toreó en Sevilla una novillada sin caballos el año 1911 de los Vázquez, con Pilín y Bombita, y le tocaron los tres avisos. Al fracasar en Sevilla se fue a Valencia y mi padre le dio un carta de recomendación para don Vicente López, periodista valenciano y empresario de Castellón, donde toreó, viniendo a Sevilla a una corrida extraordinaria, alternando con Lorita y Curro Posada, donde tuvo enorme éxito y le llevaron a hombros a Triana. Un día me dijo: El que fue mi mozo de espadas, Conde, me llevó a torear a Castellón, y después a Valencia, ganando ochenta pesetas, donde un novillo de Soler me mandó al hospital. ¡A los valencianos les debo mi primer éxito! Me acuerdo que yo le dije que esto, unido al cartel que allí tuvo siempre El Gallo, des- E mostraba que los valencianos eran excelentes aficionados y Juan me contó: Bueno, eso es otra cosa; a Rafael le querían allí... porque era muy pastelero y llevaba mejor que nadie ¡esa paella que los valencianos dan a sus ídolos! Después triunfé en Sevilla y sa- qué a mis hermanos del Hospicio, por cierto, que decían que yo era muy bueno, porque había hecho esto y un gallista exclamó: ¿Pero qué iba a hacer... ¿Los iba a matar más adentro... Me hacían más gracia los galtistas que mis partidarios; porque un belmontista ciego es peor que un toro, porque un toro... -te coge y alguna vez te suelta; pero un belmontista, como te coja ¡no te suelta nunca! Me acuerdo de uno que me tuvo una noche dos horas en la puerta del Palace explicándome ¡cómo daba yo mi pase natural... Para que me dejara, no me atreví a decirle que quería acostarme, porque si se lo digo, ¡sube y se acuesta conmigo! ¿Pero tú vas al Pateee? -l e pregunté- Yo creía que en Madrid vivías en casa de Sebastián Miranda. -E s o era antes, pero desde una noche que me despertó Sebastián con una pistola, diciéndome que había ladrones y tuvimos que liarnos a tiros, paro en el Palace, porque ir a casa de Sebastián es... ¡como volver a los toros a pasar miedo! -Pero si dicen que tú no has tenido miedo ni en la plaza. Juan exclamó: Cuando suena el clarín, hasta el presidente tiene miedo; fíjate si yo habré tenido, que con lo que he gastado de eso todavía me queda. Siempre recordaré que estando en el patio de caballos esperando una corrida terrorífica de Palas, me dijo uno de esos partidarios insoportables: Mira la cara de miedo que tiene el Gallo y en cambio tú ¡tan fresco! No me pude contener y le contesté al cobista: ¿Miedo ése, que sabe que hoy no se va a arrimar? Miedo yo, que sé que cada uno me tiene que quita los pies del suelo varias veces Rspecto a su amistad con Joselito, me dijo otro día en el Aero: Yo era el primer gallista, le admiraba y le quería mucho, a pesar de que procuraban enemistarnos diciendo tonterías, como Salgueiro, que repetía: Para la Maestranza, tengo bastante con Belmonte y una escoba Y los de la Monumental decían: Hoy torean Joselito y dos más La pasión era tal, que un día le propusieron al cura de una iglesia que me dejara entrar en ella bajo palio, a lo que contestó indignado el sacerdote: Qué sacrilegio- añadiéndole al monago por lo bajo- ¡Si hubiera sido a Joselito... ¿Por qué inventaste la media verónica? -N o lo sé... Sería... ¡pa ahorrarme la otra media! -En tus faenas... también eres buen administrador... porque fueron muy cortas... -D e unos catorce pases, porque si yo tuve alguna habilidad fue la de saber el momento justo de entrar a matar, cuando el toro, dominado, te pide la muerte, juntando las manos, y que era precisamente cuando el público me gritaba: ¡No, no... porque querían más faena, y yo pensaba: Ahora. guasones, ¡que tenéis los pañuelos en las manos! El que quiera más... que venga mañana. Como trajo y se llevó al secreto del temple, quise saber ¿cómo hacía aquello? Y me contesto, como un iluminado: Templar es poner la teja a tono con las arrancadas de cada toro; como un tocaó pone la guitarra, entonada, con ta voz de cada cantaó. Era tan inteligente que cuando le hablaron mal del fútbol, creyendo que le halagaban contestó elegantemente: A mí no me parece que gusta más que los toros, y la prueba es que si ahora mismo nos tiraran por esa puerta una pelota, todos nos acercaríamos a darle un puntapié. En cambio, si entrara un toro, ¡nos tiraríamos por el balcón huyéndole! Todo lo que decía era ingenioso. En el entierro de un amigo le comentó a Sebastián Miranda: Ahora nos toca a nosotros, Sebastián, ¡qué ya vamos... camino de las tablas! Hasta cuando su hijo le habló de ser torero, le aconsejó: De serlo, tienes que serlo muy bueno, porque de torero a sinvergüenza no hay más que un paso, ¡No vayas tú a darlo! El se enteró, como todos saben, que cuando el Guerra le vio torear, metiéndose dentro de los toros, cruzándose con ellos y cambiando todas las leyes de la tauromaquia, sentenció: El que lo quiera vé... ¡que aligere! Pues bien, Belmonte, en la úftima corrida que toreó en Córdoba cuando se retiró, fue a despedirse del Califa, que en su trono del club de la calle Gondomar, le saludo diciendo: ¿Cómo andas, Juan... Y el contestó: Ya ve usted, viviendo de milagro, pero viviendo Los tentaderos de Gómez Cardería los recordamos todos los garrochistas con nostalgia: Aurelio Sánchez Mejías, los Sánchez Ibárguez, Villabrágina, la gente de Jerez, los Domecq, el niño Geromo, los Mora- Figueroa, etcétera... los Valdenebros y nosotros. El corredero era fácil. Los erales manejables y aunque había siempre algún utrero se lo dejábamos a Ignacio Sánchez Ibárguez con protesta del duque de Pinohermoso. Las relaciones y atenciones de la familia Belmonte eran magníficas, porque Juan ha sido una de las personas más cultas que he tratado en mi vida y no me refiero a sus contactos intelectuales, amistades artísticas, etcétera, sino, sobre todo, su comportamiento sencillo, naturalmente elegante y fino. En Gómez Cárdena recibía Juan Belmonte con una distinción y elegancia y a la vez exquisita sencillez, que no ha sido superada. Félix MORENO DE LA COVA fe.