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MARTES 7- 4- 87 XXV ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE JUAN BELMONTE ABC; ÓI r en Talavera y a Hércules en Gómez Cárdena Hércules y de Julio César, porque todavía dura, porque perdura en la memoria. A Juan lo estamos todavía viendo dando la media verónica con el mentón, que Juan mandaba hasta con el mentón prognato de un rey goyesco. José todavía está templando con la sonrisa, que José templaba con la sonrisa de la Seña Grabriela leyendo los telegramas de El Liberal en el mimbre de la mecedora. A José no se le entiende sin la madre viva. A Juan no se le entiende sin la madre muerta y las vecinas de la calle Castilla llorando la belleza de su mata de pelo en la húmeda hambre del corral. Ambos duran, Hércules de la Alameda, anclas trianeras para retener el sueño en la orilla, más que el tiempo. Por eso, cochero, látigo atrás, que se han renganchado unos niñatos que quieren ser toreros... Por eso, cochero, látigo atrás y caminito de San Fernando, que vamos a llevar aquí al amigo al cementerio para que termine de comprender cuanto le tratamos de explicar. Y como nos llevan caballitos de gloria más veloces que la jaca de Estrellita Castro, pues ya estamos en el cementerio. Esto es como Sevilla. Esta parte de aquí de la entrada es la de los señores. Más allá, junto al Cristo de las Mieles, tiene usted a la gente de medio pelo. A lo lejos están los barrios. Esto es como la Maestranza, este abono todos se lo acabamos comprando a Pagés. Aquí cada uno está donde tiene que estar y como tiene que estar. Sevilla no es sólo una gran maestra de vida, sino una gran escuela de muerte. En Sevilla hubo quien se hizo santo, como Manara, sólo disponiendo su entierro, que resulta que el mejor entierro que ha habido en Sevilla ha sido el de Manara, que encima quería que lo enterraran como los pobres; Valdés Leal y Murillo fueron los que le redactaron la papeleta de defunción. Y aquí los tenemos a los dos, a Hércules y que construirle de prisa y corriendo otra plaza de toros, la Monumental. Lo que pasó fue que como era César, le construyeron no una Monumental, sino un anfiteatro de las ruinas de Itálica, que ya estaba en ruinas antes de que lo construyeran, el arquitecto no fue ese que dicen; el arquitecto fue en verdad Rodrigo Caro, e hizo los planos en forma de epístola moral a Fabio sobre la brevedad de la gloria en Sevilla. La eternidad del recuerdo Porque todo esto que nos está dando una mañana de paseo por Sevilla y por Triana duró apenas un abrir y cerrar de ojos, como un cuadro de Veldés Leal. ¿Cuánto dura la eternidad de una verónica? Dura lo que su recuerdo. Por eso fue tan largo el toreo de a Julio César. El mausoleo dé Joselito es cesáreo, venga, mírelo usted a gusto, que ahí lo tiene usted delante, esto que tantas veces ha visto usted en fotografías. Las gitanas llo ran todavía la muerte de romance y plenitud de vida. El bronce de Benlliure ha conseguido que todavía estén trayendo a hombros el ataúd desde la Alameda, que nunca acabe de llegar a la verdad de la instalación en la muerte. Joselito aún no ha muerto. Joselito, en todo caso, acaba de morir, siempre es mayo y siempre es Talavera. Pero Belmonte, por el contrario, está cambiando los esquemas de la muerte. Este que ve usted, este mármol negro, casi un platillo volante de la muerte, es el mausoleo de Hércules. Quien cambió las normas a la hora de torear también los trocó a la hora de acuñar una muerte de torero. Puede ser la tumba de un premio Nobel, de un arquitecto, de un novelista de la generación del noventa y ocho. O a lo mejor lo es. ¿No será un sueño que Belmonte fue torero, puede pensarse aquí, en esta tierra de apreses sevillanos, que tiene, como el verso de Bécquer, alegre la tristeza? ¿No fue Belmonte un autor de la generación del noventa y ocho, el único autor sevillano de la generación del noventa y ocho, que escribió un libro que no tenía páginas, que no lo redactó con tinta ni con pluma, y que se llamó la Nueva Tauromaquia? Belmonte todo lo rompió. Los terrenos, las distancias, los cánones, los barrios de Sevilla, las propias normas morales de la muerte. Fue un Hércules reencarnado, que tenía desde la tarde de Talavera un crespón negro pintándole un cuadro de Valdés Leal en su columna de la Alameda, columna rota como la de la tumba del Espartero. Dominó el mundo. Dominó la muerte. Por la calle de la Vera del Río, que ahora tiene el nombre latino del gran rey de Andalucía, los mitólogos de Triana siguen diciendo que el último trabajo de Hércules fue una pistola, ay, en Gómez Cárdena. A. B. tren de mi vida ahora aquí con la pluma en la mano, a mis ochenta años, luchando con los impedimentos que presenta el cerebro a esta edad, porque el cerebro de los hombres desgraciadamente cambia con los años... Claro, que es mejor poder contarlo... Son tantos los que se fueron quedando atrás... Pero antes de que parta el último tren de mi vida escribo con agrado para el ABC que Juan Belmonte era un hombre importante también fuera de la plaza. Antes de crear su propia tragedia le encontré muy triste en casa de Sebastián Miranda. Tenía un enorme valor para el toro y es una pena que se acobardara al final cuando tenía que templar uno de esos problemas graves que nos presenta la vida. Domingo ORTEGA Le limpié los zapatos y años después... Conocí a Juan Belmonte siendo yo casi un niño. Le limpié los zapatos en la madrileña calle de Sevilla. Era yo entonces botones de Teléfonos. Recuerdo que me dio dos reales de propina. Mi padre tenía la carbonería de la calle de las Velas. Yo sentía un enorme respeto por Juan. Cuando debutó en Madrid de novillero le trajimos en hombros hasta la calle de Echegaray, donde paraba en una fonda. Ese hombre al que yo le limpié los zaptos y al que colaboré en llevarle en triunfo siendo yo apenas un mocoso, sería el mismo que me dio la alternativa el año 1920. Belmonte ha sido al toreo lo que Fleming a la Medicina. Hasta Juan se toreaba por cambios. Los toreros adelantaban la pierna contraria, la de salida, pero la quitaban en cuanto el toro llegaba al embroque. Juan la deja. No pierde de vista el viaje de la res, se recrea en llevarla muy templada. Quiero aclarar que hubo dos Belmontes: el de antes y el de después de su primera retirada. Al principio toreaba con las manos altas. Cuando volvió a los toros comenzó a bajar las manos, tal y como seguiría después ese extraordinario capotista que fue el primer Gifanillo de Triana, llamado también Curro Puya que es el torero al que he visto torear mejor con el capote. Toreé bastante con Belmonte. Le quise y le respeté mucho. Era un hombre inteligente y observador, uno de esos seres humanos que nacen predestinados a triunfar. Como yo tenía fama de dar muy bien la media verónica y hasta me llamaban- a mi juicio impropiamente- el Belmonte rubio me invitaba a tentar a su finca de Gómez Cárdena. Recuerdo que me decía: ¡Qué, Antonio! ¿nos vamos a mi finca a dar la media verónica? Por cierto, que la finca de Belmonte la tuve yo en arrendamiento antes que fuera de él. Nadie sabe cómo sentí su muerte. Nos fuimos Cañábate y yo desde Madrid. Nos recibió en el cortijo su hijo Juanito, que nos ocultó la forma en que había sucedido la muerte del maestro. Al parecer había problemas para darle cristiana sepultura. Me enteré horas después, cuando ya habíamos regresado a Sevilla. Me lo dijo Cañábate. No esperaba que fuera a cometer esa barbaridad. Todavía recuerdo cómo lloraba aquella mujer del carrito a la que Juan le daba tantas veces de comer, porque Juan era bueno y generoso con todo el mundo, un genio del toreo, un amigo de verdad y un caballero sin tacha. Antonio MÁRQUEZ