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60 A B c XXV ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE JUAN BELMONTE MARTES 7- 4- 87 era la perilla de una cama de matrimonio, pero resulta que era el que ya viene en los libros como el Bronce Carriazo. Mire usted, aquí nos chorrea la cultura de tal forma que siempre creemos que Tartessos es la perilla de una cama de matrimonio y que Julio César es un armao de la Macarena. Paseo por Sevilla para encontrar a Julio Cés Estamos, pues, amigo, en este mercado de la Feria tan en los tuétanos de Roma, de la norma, de los cánones, que quien quisiera romperlos no podía permanecer aquí. Aquí, en la Alameda, permaneció Julio César... digo, Joáelito el Gallo, que era la norma pura vestida de torero, el hexámetro del natural con los pies mejor asentados en el albero que pensara nunca la métrica latina. Hércules, como usted comprenderá, vamos, Juan Belmonte, no podía seguir aquí en la Macarena. La Madre de Dios estrenó lágrimas de verdad después de Talavera. Eso es Julio César puro. Hércules, amigo, tenía que irse al ancho ruedo de la marisma, necesitaba al lado un río, no una muralla. Por eso la familia de Belmonte se mudó a Triana. El carro que se llevó los pocos muebles del comerciante de la mercería de la calle Feria estaba en verdad cumpliendo un rito mágico escrito por los dioses de la Bética. Así que cojamos, pian, piandito, este coche de caballos que viene aquí, ¡cochero! y vamonos para Triana, a la plaza de Triana... ¿En Triana hay plaza de toros? -N o es usted torpe ni ná, maestro... ¿Pues no acabo de decirle a usted que aquí, por la cosa grecolatina nuestra de! agora, a los mercados les llamamos plazas? Tiene de bueno esto de dar paseítos en la máquina de escribir, que los pencos de jos peseteros de punto se pueden convertir en alados pegados, y mire usted por dónde, ya estamos en Triana. -Adiós, Fitipaldi... -Pare usted aquí, cochero, junto al Mechero... ¿El Mechero? -Sí, se llama la capillita del Carmen, y la hizo Aníbal González, pero los sevillanos... Bueno, más bien los trianeros, le dicen El Mechero. Aquí el más iletrado esportillero lleva dentro un poeta del Siglo de Oro, y cuando habla le salen las metáforas... y la mala leche, por eso digo lo de poeta. Tenga usted cuidado con estos escalones, que estamos entrando en el mercado de Triana. La tierra que está usted pisando es la que ocupó el antiguo Castillo del Señor San Jorge, que así dicho suena a la Corte de Su Majestad Británica, pero que era la cárcel de la Inquisición. Si en la Feria veíamos a Roma, aquí en estos puestos estamos viendo la contrarreforma. Al que se escapara de la norma de allí, de la Roma Tridentina de la calle Feria, lo traían aquí, a las mazmorras de la Inquisición. Verá usted que aquí en los puestos ya no está la Macarena. Aquí está la Esperanza de Triana, La Estrella. Verá usted esa papeleta de sitio que está enseñando ese pescadero que sale de nazareno hace cincuenta años en la Esperanza de Triana. Verá usted que ol escudo de la hermandad tiene un ancla. Es la Sevilla del río, la Sevilla de la mar. ¿Usted sabe que Sevilla tiene marea, como un puerto de mar? Aquí América está más cerca, esta es una Sevilla que se está yendo siempre a América. O mejor dicho, esto no es Sevilla, esto es Triana. Esto es tierra de conquista. Aquí se venían los que querían conquistar América. Y aquí se vino Belmonte, porque quería conquistar la América interior del toreo. Quería romper el dogma del señor Fernando el Gallo, por eso se vino a la calle Castilla, con los anarquistas que paraban en el puesto del Altozano. A Belmonte la norma de Sevilla le venía chica, por eso se vino a Triana para inventarse su herejía. Fue como un Castodoro de reina del toreo, que escribió la Biblia del Oso de la nueva tauromaquia. Y en la Maestranza. Todo esto es más complejo de cuanto usted cree. Usted me dirá que el apestado era Belmonte y que la Maestranza consagraría a Joselito. Pues no, señor; fue al revés. El torero de la Maestranza fue Belmonte. A Joselito tuvieron El ruedo del río Lo macareno. Tenga usted en cuenta todos estos retablos de la Macarena que está usted viendo en este mercado en el que acabamos de entrar, que se llama el mercado de la Feria, se escribe mercado de la Feria, pero se pronuncia plaza, la plaza de la Feria, aquí los mercados se llaman como la plaza de los toros, mire usted por dónde, y es que los dos, aquella del Baratillo y esta de la Feria, son en realidad, lo que son: ágoras greco- latinas. Bueno, pues este agora de puestos con el retrato de la Macarena es la plaza del barrio donde nació Belmonte. ¿No ha visto usted la cara de senadores romanos que tienen los verduleros, los de la gandinga, los carniceros? Usted no se lo diga a nadie, pero son de la gente que dejó aquí Julio César. Están aquí todo el año disimulando, con la cosa de los sesos y las escarolas, pero la verdad es que. no hacen más que tiempo; esperar que llegue el Jueves Santo por la tarde, para que alcancen su plenitud. Entonces, todos estos pescaderos, carniceros, gandingueros, recoveros, verduleros, fruteros, se convierten en la más excelsa cohorte: la Centuria Romana del Cristo de la Sentencia de la Hermandad de la Macarena. Comprenderá usted, maestro, que no estamos en Sevilla. Estamos en la Roma triunfante en ánimo y grandeza, el ánimo y la grandeza de estos centuriones que se rebajan a vender pescado para poder el Viernes Santo rendir sus armas ante su Diosa de la Guerra con la Vida, que es la Madre de Dios... ¿La Macarena? -Así suele llamarse en Sevilla a la Madre de Dios... El mejor torero que he visto en mi vida Conocí a Juan Belmonte, durante nuestra guerra civil, én su finca de Gómez Cárdena. Era yo, por aquel entonces, novillero. Corría el año 1938. Fui a su formidable cortijo a tentar unas becerras. Imaginen ustedes con la emoción que asistí a ese tentadero, porque yo estaba cautivado por su temple, pues le había visto torear el año anterior en una corrida que organizó el general Queipo de Llano. Recuerdo que se lidiaron toros de distintas ganaderías. A Juan le tocó uno de Guadalest, que tengo en el archivo de mi memoria entre ¡as cosas más grandes que he visto en mi vida. Interpretaba el toreo con un temple portentoso. Posteriormente tuve ocasión de alternar con él en algún festival y muchas veces en el campo. Imagínense ustedes lo que suponía para mí que un muchacho como yo, que estaba en eso de andar los primeros pasos de la tauromaquia, tuviera como maestro nada menos que a un auténtico genio del arte de torear. Y lo curioso es que esto se producía sin que Juan se lo propusiera. Era yo el que me fijaba en su colocación delante de las reses, en sus sabias maneras. Juan Belmonte toreaba como acariciando. Jamás le vi ni peleón ni aperreado. Su toreo era suave, delicado, lejos de cualquier violencia. Me sorprendía cuando dejaba una vaca en suerte. Casi todos los toreros cuando ponemos una becerra para que la piquen nos tenemos que ir corriendo. Juan salía andando hacia el burladero. Esto me dio que cavilar. Acabé por descubrir que su secreto consistía en retirarse por el lado contrario de la querencia del animal, o sea, por donde no quería ir; pero para ello hay que tener una agilidad mental fenomenal, percibir rápidamente dónde estaba la querencia del astado. Juan Belmonte significó para mí una lección viva de lo que es el temple en el toreo. Muchas veces me he preguntado qué es el temple. Yo creo que se fragua en el corazón y que se nace con él. Las escuelas pueden enseñar lo que quieran, pero ¿quién es capaz de enseñar a templar? No ha habido nunca nadie, ni ahora ni antes, que enseñe esa maravilla que es el temple. Belmonte lo tuvo como nadie. Y quien posee el secreto del temple es portador de las llaves del arte de torear. Si a eso le añadimos su profunda personalidad, yo declaro sin el menor pudor, con la mayor franqueza del mundo, que Juan Belmonte ha sido el mejor torero que he visto en mi vida. Pepe Luis VÁZQUEZ Desde el últin El arte de torear es temple, y sin temple no se concibe (no concibo yo) este arte. Juan Belmonte templaba asombrosamente. Me deslumbre Juan Belmonte desde la primera vez que le vi torear en Aranjuez. Yo entonces no era torero, sino un muchacho de pueblo que había acudido al Real Sitio para presenciar la actuación de aquel colosal artista. Quizá sea el torero más grande que he visto en mi vida. Yo, que toreé bastante con él, me pude fijar en la armonía de su toreo. Cuando un toro le tomaba el objeto, o sea, el toro noble, lo llevaba muy despacio, enlazando los pases de una manera prodigiosa. Lo que hizo Belmonte en el toreo equivale al inventor que es capaz de sobrevivir a su invento. Por eso me encuentro yo