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MARTES 7- 4- 87 XXV ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE JUAN BELMONTE A B C 59 Paseo por Sevilla para encontrar a Julio César en Talavera y a Hércules en Gómez Cárdena I queréis conocer una ciudad, id por la mañana a los mercados, oíd sus pregones, ved sus muertas huertas sobre los mostradores de los verduleros, contemplad colgada la recova en las horcas de la mercadería. Abiertos como en un rito de sacrificio, los canales de los temeros os dirán con el sangrante lenguaje de sus entrañas cómo es esa ciudad que visitáis. Y recorridos los mercados de mañana, acudid a mediodía o a prima hora de la siesta al cementerio, si es que queréis tener cabal idea de cómo es esa ciudad. Si estáis en La Habana comprobaréis que Fidel Castro no ha conseguido que los cubanos dejen de creer en Dios, aunque sea el Dios ritual de una cruz de mármol. Si estáis en Londres, comprobaréis que los británicos tienen un sentido deportivo de la muerte, en el que se felicita a la Gran Ganadora; al fin y al cabo, el césped de un cementerio en poco se diferencia del campo sobre el que se juegan las partidas de cricket Si queréis tener una visión de la Sevilla que no sólo vio crecer a Juan Belmonte y su agónica lucha con los pitones del toro de Gerión (en la que, a diferencia de Hércules, tuvo la mano protectora de Calderón el de Alcalá para separarlo) sino que en gran parte, como tierra nutricia, alimentó de sangre y de vida la altura y la sombra de ese mito, yo os invito a que os vengáis, que está fresca la mañana y huele a primavera, a este paseo por los mercados y el cementerio de Sevilla, para que conozcamos los secretos a voces de Juan Beimonte. S hierro de Gerión en las marismas; pero que el otro, con su armadura victoriosa, es Julio César. Sevilla diviniza cuanto ensalza. Y Sevilla elevó a Julio César, que de murallas la rodeó para ganarla, como a las mujeres se las rodea de piropos para prendarlas, a la categoría de dios domésticos y familiar de la Por Antonio BURGOS- Seis, naturalmente, como su mismo nombre indica. De seis, pues seises... -Ahí quería que llegáramos, mi querido amigo... Los seises no son seis, sino diez. Y Belmonte, el Pasmo de Triana, no nació en Triana, sino aquí, en este barrio de la Feria hacia cuyo mercado vamos cuando terminemos estas cavilaciones. Belr monte dejó pasmado al mundo desde Triana pisando, como un Hércules, los terrenos que nadie había osado pisarle a un toro. Ello, probablemente, le venía de esta cuna heraclea del barrio de la Feria, o del carácter cesáreo de estas columnas. Belmonte, desde aquí, desde el barrio de la Feria, se fue a cambiar tos cánones del toreo como Julio César se fue a la guerra de las Galias. Gallia es omnia divisa in partes tres: parar, templar y mandar. ¿No tiene usted nada más que preguntar, amigo? Bueno, pues continuemos nuestro camino, tenga usted cuidado, que el Ayuntamiento, cada primavera, se lía a echar albero, mire usted cómo está de albero nuevo la Alameda, que han echado aquí todo Alcalá, y se pone uno los zapatos hechos una calamidad, que no se gana para betunero... Tenga usted cuidado, y no pise usted por ahí, vamonos por aquí por estas losas de Tarifa, para mandar a los albañiles a unos cuantos betuneros... Pues le iba diciendo que estas son las contradicciones de Sevilla. Murillo y Veiázquez, que son dos modos de pintar la vida, están en un momento en el mismo pañuelo de la mejor tierra del mundo. Joselito y Belmonte salen del mismo mejor cahíz de tierra taurina del mundo. Sevilla los levantó sobre estas columnas de la Tauromaquia como alzó a Julio César y a Hércules. Usted sabe, maestro, que la mañana que enterraron a Joselito el Gallo, pusieron aquí unos crespones negros, de columna a columna. Julio César, que era Joselito, ya estaba muerto. Hércules, que era Belmonte, seguía vivo encima de la columna. De aquí su obsesión por la muerte, desde aquella mañana. El coche que llevaba a José camino de las huertas del cementerio de San Fernando, como la calesa lo llevaba camino del Lavadero Chico cuando se quería comer el mundo, estaba de verdad cargando los cañones de la escopeta de Gómez Cárdena. Pero mire usted lo corta que se nos ha hecho la calle Feria, donde, ¿sabe usted? un día, en los puestos de hierros viejos del Jueves, don Juan de Mata Carriazo encontró un bronce que le dio la llave para abrir ¡a puerta grande de Tartessos. El chatarrero creía que Los Hércules del toreo Vayamos a dos mercados primero. Encaminémonos a la Alameda, de Hércules tenía que ser. A Sevilla un Hércules le venía corto, la ciudad no puede tener nunca una visión unívoca y lineal del mundo: siempre necesita un oponente dialéctico. Ahí arriba, entre recuerdos de los tangos de la Niña de los Peines, entre bostezos de platos de jamón de los galgos de señor Manuel Torre, entre los crujidos de la mecedora de mimbre y colonias perdidas de Seña Gabriela, están los Hércules. La mitología dirá lo que quiera. La mitología puede decir misa, y en latín de la Bélica si quiere. La mitología dirá que Hércules sólo hubo uno, pero Sevilla dice que son dos. No tratéis de explicar a un sevillano que el uno, con la maza, encaramado como un santo eremita del desierto al fuste de la columna, sí que es Hércules, el de los grandes trabajos, el que le cortó las dos orejas a un toro con el Alameda. Ahí los tenéis, son los Hércules de Sevilla. Buen punto de arranque en nuestro camino en busca de los Hércules del toreo de Sevilla. -Vamos a ver, maestro, pare usted el carro de la máquina, que me tiene usted con fundido, mucha literatura, muy bien traída, muy adornada de los clásicos, se ve que tiene usted hecho un Bachillerato con tos sus avíos, con su pringa de mitología y con sus garbancitos de literatura latina... ¿Pero me puede usted a mí decir qué demonios hacemos nosotros aquí, en la Alameda, al pie de los Hércules, buscando a Juan Belmonte? ¿Belmonte no era de Triana? -Pues, no, señor. Belmonte no era de Triana, sino del barrio de ¡a Feria. Mire usted, amigo, estas son las grandes contradicciones de Sevilla. En Sevilla, usted sabe que hay unos niños que como si fueran grandes de España de la corte del Altísimo, bailan cubiertos ante Su Divina Majestad, ¿no? -Sí, hombre, los seises... ¡Pues no tocan bien ni ná los palillos los seises, y no suena ni ná a fandango de Hielva a lo divino los cantes que se echan los ¡oíos niños... -Pues los seises, ¿usted sabe cuántos son. i