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MARTES 7- 4- 87 XXV ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE JUAN BELMONTE A BC 57 Mi Juan Belmonte F UE en la ciudad de Toro (nombre aquí simbólico) donde, en casa de un tío mío ingeniero jefe de la Estación Enoiógíca, teniendo yo unos doce años, oí por primera vez el nombre de Juan Belmonte, que entonces andaría por los veinte y pocos. Uno de mis primos, que se metió jesuíta y murió como director en Roma de la Radio Vaticana, ligeramente mayor que yo, recitaba un circulante e irreverente credo que empezaba: Creo en Belmonte todopoderoso, creador de la media verónica, etcétera A partir de diez años después, siendo un aficionado moderado y normal, vi torear a Belmonte una media docena de veces, con intervalos, siempre sin aspavientos, lleno de admiración y a través del cristal de aumento de su creciente leyenda. ¿Quién podría haberme dicho que sería su amigo? Cuando llegué a serlo, no era ya matador en ejercicio, sino el varón claro el de la madurez acrisolada del fundador del hierro y del cortijo Fue en los estudios de amigos comunes (don Ignacio Zuloaga, Juanito Cristóbal, Sebastián Miranda) y en la tertulia de José Marta de Cossío, la cual tenía de texto clásico la Oda a Belmonte, de Gerardo Diego, de la que son las palabras que antes cito. Mi amistad con Belmonte, profunda pero no íntima ni frecuente, culminó en los años cuarenta y tres y cuarenta y. cuatro. El cuarenta y tres pasé con él toda la Semana Santa de Sevilla. Me acuerdo de haber visto maravillosamente las procesiones en la calle Sierpes, sentado en una silla de anea, entre Belmonte y María Teresa Pickman, a la puerta de la tienda de un sombrerero amigo suyo. Antes y después estuve varias veces en las tientas de su precioso cortijo Gómez Cárdena. El año cuarenta y cuatro, en mi viaje de bodas que por la gran guerra no había podido ser al extranjero, fui también con mi mujer huésped de Gómez Cárdena y guardo de aquellas horas un imborrable recuerdo. Belmonte resultaba un ejemplar en absoluto fuera de serie. Era un caballero, pero yo no se lo llamaría, porque la palabra, fuera de los ambientes genealógicos o éticos, va siendo en la lengua común antigás de intenciones zumbonas. Era el señor el hombre de pro 4 el héroe doblado del discreto. Yo admiraba en él cómo llevaba su historia y con qué afilada inteligencia había hecho ventajas en lo profesional y en lo social, de las contras que, sin comerlo ni beberlo, le había deparado la Naturaleza. He visto en otros dignidad como la suya, pero no mayor. Jamás vi soldado menos fanfarrón. No alardeaba de sus hazañas, porque el verdadero milite las está viendo en los ojos de quienes le escuchan. De su labio, un poco austríaco acentua- das con algo que no era tartamudeo, sino una especie de pizzicato titubeante, salían la cortesía, la sentencia andaluza o la aseveración sin vuelta de hoja. Con algunos de sus íntimos- no, por ejemplo, con Zuloaga- usaba de la broma atrevida. Conozco bien el género, porque en Granada he tenido cercanas, aunque ajenas, las tertulias de los monstruos y los mastodontes Se trata de un ejercicio finísimo y arriesgado, en el que no se pueda fallar un milímetro, de trapecista o dé funámbulo sin red. Pero bajo el sarcasmo estaba el cariño. Rara vez he visto tan extraño coctel de desasimiento (no desdén) claridad y antivulgaridad, todo empapado de una ternura que siendo mucha no se veía, y unas gotitas de amargor. A solas con don Ignacio Zuloaga en Zumaya, cuando- negándose a toda ayudamanejaba con su corpachón, como un jugador sus naipes, los enormes lienzos apilados cara a la pared, he visto con él más de una vez algunos de sus retratos famosos de Belmonte. Es curioso que en ellos esté siempre andando. En el asgénteo de joven, con el capotillo, va de plata y va hacia la plata En el encarnado que pasó a ser de Belmonte, aparece, ya maduro, avanzando con muleta y estoque, vestido de rojo y negro (el rojo, de sangre de toro) No se ve al enemigo, ni se sabe adonde va. Nos enteramos un día cuando se volcó a volapié contra la muerte; él, Teseo invencible, a quien el minotauro perforó muchas veces, pero no se atrevió nunca a trucidar. Emilio GARCÍA GÓMEZ de la Real Academia Española ¡Tantos y tantos recuerdos! D ESDE mi más tierna infancia he sido gran aficionado a los toros. Mi abuelo, Miguel Moya, director de El Liberal y fundador y presidente de la Asociación de la Prensa, me tenía un gran cariño, quizá por ser su primer nieto. Y todavía siendo muy niño iba los jueves y domingos a almorzar a su casa, Serrano, 4. Después de comer salíamos cogidos de la mano, y entre Serrano y Alcalá tomábamos un simón, que nos llevaba a la plaza de toros, a la antigua, situada en donde hoy está el Palacio de Deportes. Entonces, y casi todo el año, había corridas en esos dos días semanales. En la plaza había un palco para la Asociación de la Prensa, que presidía mi abuelo. Y yo veía las corridas sentadito a su lado. Desde aquellos años infantiles fui belmontista, como lo fue siempre mi padre, médico y amigo íntimo de Juan. Vivía el gran torero en la calle de Lista- hoy Ortega y Gasset- y nosotros en Serrano, precisamente esquina a Lista. Una tarde, tenía yo siete años, me escapé de casa y me fui a la de Juan. El portero me paró. Traigo un recado para Belmonte, le dije y me dejó subir por la escalera interior. Me abrió una muchacha y se sorprendió cuando la dije: Me espera don Juan. Me dejó en la antecocina, pero volvió a los pocos minutos y me dijo: El señor tiene que dormir una siesta, pero dice que pase. Me introdujo en su habitación. Estaba ya echado en su cama, y con cara de pésimo humor me preguntó qué era lo que quería. Te daré un par de pesetas me dijo. Muy intimidado le pedí una foto suya dedicada, y que ese era el objeto de mi visita. Le hizo gracia; se levantó, sacó la foto de un cajón y me dijo: ¿Cómo te llamas? Al decirle mi nombre se le cambió la cara y dijo: Espera un momento. Cogió el teléfono y llamó a mi padre, que no sabía nada de esta aventura. Juan cogió una pluma y escribió sobre el retrato: Al gran aficionado Gregorito Marañón del gran amigo de su padre Juan Belmonte. Loco de alegría regresé a casa. Mi padre quiso regañarme, pero no pudo. Se sonrió y me dio un gran abrazo. El retrato me ha seguido siempre. Hasta hoy. Muchos años después, Belmonte me regaló el capote con el cual había toreado su último toro, ya en la actual plaza madrileña. De plata y azul. Se lo entregué años después al entonces presidente de la Diputación de Madrid, marqués de la Valdavia, y lo colocó en el Museo Taurino de la propia plaza con un cartelito que dice: Propiedad de Gregorio Marañón Moya, que lo deja, mientras quiera, en este museo. José María de Cossío, en los tomos fundamentales de su obra Los toros ha escrito la biografía de Juan en páginas inolvidables. Y eso que Cossío fue toda su vida el mayor amigo y admirador de Joselito. En esas páginas- otros autores han escrito excelentes biografías belmontinas- queda labrada la lápida cumbre que Juan se merece. Su infancia difícil, su salud siempre atrofiada, su sentido de la amistad, su cultura histórica y literaria. Toda la trayectoria genial de su toreo, que hizo evolucionar, para siempre, el oficio de la lidia y el arte del toreo. De dominar. De hacer- como ha dicho Domingo Ortega- que pase el toro por donde el toro no quiere pasar. Una tarde, charlando con él en un bar de las Sierpes, en Sevilla, me contó que toreaba cierta vez en Perú, en la maravillosa plaza del Acho. Estuvo allí varios días, y un español emigrado, que vivía en Lima desde hacía años, le perseguía a Juan por todas partes invitándole a comer en su casa. Juan no sabía cómo evitarlo, pues no le interesaba el personaje y estaba abrumado de otras invitaciones. El personaje en cuestión, cansado de tanto insistir, le dijo un día a Juan: Don Juan, venga, venga a comer a mi casa, porque mi mujer hace el mejor cocido que ha comida usted en su vida. El diestro le contestó: Gracias. Pero mire usted, si me arrimo a los toros y me juego la vida es precisamente para no comer cocido. Le veía muy a menudo. En casa de mi padre y en la mía, en el Cigarral toledano paterno, en casa de tantos amigos comunes: Sebastián Miranda, Edgar Neville, Pérez de Ayala, el marqués de Villabrágima, mi cuñado Alejandro Araoz y tantos más. Haber conocido a un ser como Juan Belmonte es un aprendizaje de la vida, una alegría humana y un honor. Gregorio MARAÑÓN MOYA