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A tauromaquia durante muchos años se rigió por una. frase que cierto libretista de zarzuela recogió para llevarla a escena. Se la atribuyeron nada menos que a Lagartijo: Que viene el toro, se quita usted; que no se quita usted, le quita el toro que permaneció vigente desde los albores del ancestral juego con el toro hasta la irrupción de Juan Belmonte. L Juan Belmonte, el genio ser el primero que se quedó en el sitio y lo dejó todo a expensas de sus brazos... -Bien, muchacho, te agradezco la amabilidad, que demuestra que conoces lo poco que yo he podido aportar a eso tan duro El toreo desde Juan deja de ser caza para convertirse en arte. Le quita a la fiesta el noventa por ciento de su violencia. Impone el temple. No se quita... siempre que puede, pero además, sin claudicar de su formidable valor Si muchos años después de su muerte estamos escribiendo a diario del impar torero es porque rompe con aquella arcaica regla. Su manera consiste precisamente en no quitarse él, sino en quitar al toro, en desviarlo de su camino, en eso que los aficionados llamaban (hoy la mayoría desconoce la jerga) vaciar que es tanto corrió torcer el viaje de la embestida y llevarla hasta donde da de sí el brazo. Conocí a Juan Belmonte siendo yo un crío, como se puede ver en una- ¡a y! -vieja fotografía en las páginas de huecograbado de este mismo número. Me sorprendió su ingenio, su rapidez en la respuesta, que solía ser como un dardo, pese a su peculiar tartamudeo. Un día le pregunté por la fra: secita de Lagartijo con esa insolencia que caracteriza a los jóvenes, máxime a los que quieren ser periodistas, convencidos de que la audacia es el don divino de esta profesión. Me respondió con esa ironía que mi maestro Cañábate, gran amigo suyo, calificaba de temi ble. Ten mucho cuidado con Juan, que es una gran persona, pero con tal de hacer una frase es capaz de sacrificar a un amigo. El Caña se refería sin duda a ciertas referencias que Belmonte hizo en su día al partidismo del escritor madrileño por el no menos madrileño Vicente Pastor en la época de Joseíitó y Belmonte... El caso es que yo le solté de sopetón, a manera de juvenil piropo, aquello de que él acabó con el cuento de quitarse cuando viene el toro. -Mira, hijo- me dijo poniéndome una mano sobre el hombro paternalmente- mientras exista el arte de torear seguirá habiendo dos clases de lances: uno en que el torero da la salida, quita al toro y otras en que se quita él. -Pero es que antes de usted parece ser que se quitaba siempre el torero. De ahí que sea usted quien es, aun después de muchos años de su retirada por preso en su terquedad de alcanzarlo. Por eso yo no creo en los toreros llamados artistas que se dejan puntear los engaños una y otra vez. Decimos que falla la técnica- y es cierto- pero lo que falla de verdad es el temple. No puede haber técnica sin temple. Y no se puede producir el temple sin técnica. Así que cuando usted, espectador, ve a un torero que se deja enganchar el capote y la muleta repetidamente es que no es un buen torero, aunque componga la figura, aunque haga gestos con los labios, aunque toree mirándose a un imaginario espejo. En la Edad de Oro del toreo, en la de José y Juan, yo hubiera sido sin lugar a dudas 6 elmontis ta; pero no le habría quitado ni un tanto así de importancia a Joselito, que, de no ocurrir la tragedia de Talavera, hubiera acabado toreando tan despacio como Belmonte, ajustándose al nuevo ritmo que impuso el Pasmo de Triana. España, toda España, ha sido tradicionalmente alarmista, tremendamente catastrofista. Decía don José Ortega, nuestro insigne filósofo, que el que quiera ver la situación de este país que se asome a una plaza de toros. El estado de la fiesta suele coincidir con la situación del Estado con mayúscula. Cuando murió Gallito, el colosal Joselito, llamado también rey dél- toréo el taurinismo español, con el Guerra al frente, se apresuraron a exclamar ¡Se acabaron los toros! Los mismos que cuando vieron torear por primera vez a Belmonte gritaron ¡Así no se puede torear! Y luego ya no se pudo torear más que así... Y el mismísimo Guerrita cuando alarmó a todos con un darse prisa en verlo profetizando que le iba a quitar la vida un toro, quedó en el mayor de los ridículos. Juan Belmonte ha sido una de las figuras más importantes de la España de este siglo que agoniza. Así lo reconocieron los intelectuales del 98 y también los del 27, que le brindaron su admiración y su amistad. Por un designio absolutamente providencial Belmonte reúne la emoción y el arte, el dominio y la seguridad, la plástica de un sevillanismo incuestionable con todo lo macizo del toreo rondeño y por si fuera poco equivocó a los pontífices que le consideraron episódico cuando su grandeza se desprende de que fue trascendental. Vicente ZABALA que es ponerse delante de un toroGracias a Belmonte los animalistas no pueden decir hoy (aunque lo digan) que el toreo consiste en esquivar a una fiera y acabar con ella de un espadazo. ni de su singularísima personalidad, torea despacio. Su capote y su muleta son de seda, acarician, no violentan. El animal se engolosina con la idea fija de querer alcanzar un trapo que le lleva imantado una y otra vez, SUMADO Juan Belmonte, el genio, por Vicente Zabala Apuntes para una biografía, por José Luis Suárez- Guanes Mi Juan Belmonte, por Emilio García Gómez ¡Tantos y tantos recuerdos! por Gregorio Marañen Chuflas de Juan Belmonte, por Sebastián Miranda Paseo por Sevilla para encontrar a Julio César, por Antonio Burgos El mejor torero que he visto, en mi vida, por Pepe Luis Vázquez Desde el último tren de mi vida, por Domingo Ortega Yo le limpié los zapatos, por Antonio Márquez Razones de una muerte esperada, por Miguel Ríos Mozo Conocí a Juan de siempre, por Rafael Ríos Mozo Y dijo el maestro, por Luis Boliain A Sevilla no le gustó su forma de morir, por J. C. López- Lozano Mis recuerdos de Juan Belmonte, por Félix Moreno de la Cova