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EDITADO PRENSA POR ESPAÑOLA SOCIEDAD ANÓNIMA 7 DE ABRIL DE 1987 ABC JUAN BELMONTE REDACCIÓN ADMINISTRACIÓN TALLERES- SERRANO, 61 28006- M ADRID FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA IEMPRE llevaba c o n s i g o una pequeña pistola que no enseñaba a nadie. Un día en que Juan Belmonte y Domingo Ortega toreaban juntos, como coincidieran en el mismo hotel, fue este último a ofrecer muy de mañana sus respetos al maestro y advirtió que en un bolsillo de su bata guardaba una pistola que se traslucía palmariamente a primera vista. ¿Qué lleva usted ahí. maestro? preguntó Domingo. Pues una pistola. Yo siempre llevo esa pistola, porque nadie sabe lo que puede ocurrir. Meses más tarde, pregunté yo a Belmonte: ¿Es verdad que siempre andas con una pistola en el bolsillo? Y me respondió sonriendo: ¿Te asustas? Pues sí. siempre llevo la misma pistola, nunca se sabe lo que va a pasar. Y así es cómo Juan Belmonte se enfrentó, él solo, en su finca Gómez Cárdena en Utrera, con las Parcas, en un domingo anterior a la feria sevillana, día radiante y jubiloso, cuando a Juan Belmonte le faltaban seis días para cumplir sus setenta años de edad. Su muerte, su telo de se me causó entonces un desasosiego que los años no han podido templar. Porque aquel 8 de abril de 1962, Juan Belmonte había tomado de madrugada, en su Sevilla adorada, algunas diligencias que nos hicieron pensar en que tenía decidido poner término a su vida. Pero luego, ya en Utrera, donde oyó misa, su júbilo y destreza juveniles jugando a caballo con los toros (en una plazuela que hacía pocos años habíamos inaugurado con él Ignacio Zuloaga, Juan Cristóbal y el firmante) y su desbordante buen humor parecían haberle rejuvenecido. Almorzó y bromeó como solía hacerlo en sus buenos días, tomó las pastillas que le había recetado el doctor Roda (el cual le tenía prohibido montar a caballo) y luego, como de costumbre, se echó tranquilamente la siesta en su alcoba. Fue precisamente al despertar de esta siesta- l a última de su vida- cuando, sentado en su butaca frente a la misma plazuela de toros del cortijo, ocurrió la tragedia. Uno se preguntó entonces y sigue preguntándose: ¿la predispuso Juan Belmonte? Puede que sí. ¿Prefirió, en la exultación de aquella mañana religiosa, taurina y casera, aferrarse a una vida placentera que tantas delicias le ofrecía? También pudo ser. Desde entonces pienso que debe de haber un género de felo de se sui- caedere que se traduzca en un querer y en un no querer hacer mutis de la vida, simultáneos o inmediatamente sucesivos, y que tanto puede prevalecer el uno como el otro. Disculpen ustedes el kirieleisón. Fui s franciscano en el que el hombre, extremando sus dotes de persuasión se afamuy amigo de Juan Belmonte. Me admina, allí, sobre el círculo del redondel, raban, además de su arte incompara- para dar entrada al hermano toro en el bleen la plaza de toros, sus fugaces in círculo de la amistad No pretendo engeniosidades, su buen sentido, su amor trar en el terreno de la llamada crítica a la lectura, su alegría inagotable, su tra- taurina Otras plumas autorizadas, into exquisito, su indulgencia con las debi- cluso de afamados diestros que alterlidades humanas, su repulsión de la ma- naron un día con Juan Belmonte, analiledicencia, su propensión a la condes- zan en este número de ABC la personalicendencia y a la liberalidad. Era un dad del trianero en la historia de la señor sevillano de cuerpo entero. Y muy tauromaquia. Antes de Belmonte- y bromista. Fue amigo de todos los artistas también desarrolla esta tesis Bollaín- se e intelectuales del Madrid de su tiempo y decía: O te quitas o te quita el toro. muy especialmente de Enrique de Mesa, Juan Belmonte trajo el arte de quitarse el que le llamaba el pasmo de España toro con la gracia de sus largos brazos y don Ramón del Valle- lnclán, Pérez de de llevar al toro por donde no quería ir, Ayala, Romero de Torres, Anselmo Mi- como también dice Domingo Ortega. Es guel Nieto. Pérez de Ayala escribió de él. difícil comprender en nuestros días las entre otras cosas: Quien le haya visto pasiones de entusiasmo y de encono una sola vez en su manera típica de to- que suscitaban en los años dieces la mar de capa a un toro- -aroma nuevo e competencia en los ruedos entre Joselito inconfundible de la vieja suerte taurina- y Belmonte. Fue una rivalidad tan encar ¿logrará desprenderse del regusto de su nizada que los taurinos reñían en la arte? Los brazos sueltos, pero noble y plaza y fuera de la plaza, y acababan en voluntariamente enfrenados, lentos, des- las Comisarías. Entre la gente de letras, paciosos, flamean la magia del capotillo Pepe Bergamín era el abanderado del partido joselista Los dos grandes torede seda, constriñen al toro a la embestiros solían burlarse de estas rivalidades da, le hacen llegar hasta la propia faja, y enojosas, pero, en realidad, uno y otro en este punto, con matemática precisión gustaban de acrecentar el número de de milímetros, sin perder terreno ni mo- sus partidarios, aunque en la plaza fuever la planta, eluden el choque brutal y ran muy amigos. El día 16 de mayo de trágico, pasándose el toro entero por jun 1920, Joselito muere en Talavera, un to al corazón, suave, muy suave, lento. toro, burriciego de cerca, le sorprendió muy lento, templando el curso rápido del en la plaza y le hirió mortalmente. Nadie tiempo en la seda de su capote. La faelo creía cuando la noticia llegó a Madrid. na belmontina es el canon estético del Eran tales las facultades y los conociarte taurino. mientos del toreo que Joselito poseía, que nadie concebía que un toro pudiese Hace poco más de un año, ABC de con él. En esa tarde del 16 de mayo, Sevilla publicó dos magistrales estudios Juan Belmonte jugaba a las cartas con de Luis Bollaín- quizás el mejor amigo sus amigos en su casa madrileña, calle de Belmonte y el que más hondo ha pe- de Alfonso XII. Sonó el teléfono y dio la netrado con su pluma en el arte que Belnoticia a un sirviente, que la transmitió monte trajo al toreo- Decía Bollaín que en seguida a Juan Belmonte. Este tamdentro de la concepción torera belmonpoco la creyó y ordenó que llamaran a tiana- el toreo es una caricia suave -Talavera y que se enteraran bien. La nosólo cabía pensar en un d i á l o g o ticia fue confirmada y entonces Belmonte, delante de sus amigos, prorrumpió en un llanto prolongado y se fue a su habitación, y allí quedó solo cerca de una hora, recordando entre sollozos al amigo y rival que acababa de desaparecer. Yo le pregunté una vez a Juan Belmonte qué pensaba de la muerte de Joselito y me contestó que de eso no quería volver a hablar y que nunca había padecido EDICIÓN INTERNACIONAL tanto como aquella tarde de Talavera de la Reina. No quería recordarlo, pero lo llevaba muy dentro y a solas pensaba, Un medio publicitario único con amor, en el gran Joselito, que compara transmisión de mensajes partió con él las horas más triunfales del comerciales a ciento sesenta toreo de la primera década de este siglo. naciones Luis CALVO