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MIÉRCOLES 1- 4- 87 ESPECTÁCULOS- -La guerra de los Osear- A B C 85 Marlee Matlin, la mejor actriz La noche de los Osear vi la película de Garci Volver a empezar Me gustó, es una película sentimental y nostálgica, con una excelente interpretación y una magnífica escena con José Bódalo. Me pareció consecuente que la premiaran en Hollywood. Cuando acabó, ya un poco tarde, no pude quedarme al suspense de ver en quién recaían los Osear, pero tengo que confesar que esto de los Osear, o de los premios en general, no me preocupa gran cosa, porque cuando admiro a un artista me es indiferente que haya sido o no premiado; incluso, hay dos de las actrices que más admiro que nunca han sido oscarizadas, Greta Garbo y Marilyn Monroe. Sin embargo, en esta ocasión, me ha producido una gran alegría que se lo hayan dado a Marlee Matlin, porque creo que le despejará el futuro de su carrera y tendrá muchas más oportunidades para seguir demostrando sus cualidades de actriz. Me ha dejado absolutamente impresionada, también, el hecho de que sea sordomuda, porque una vez más confirmo que ei mundo de la interpretación es cada día más amplio e ilimitado. Estoy feliz de comprobar que se van dando cuenta de que la interpretación es la madre del cordero y me confirma en una idea que siempre había sospechado; esto es, no hay dificultades, no hay géneros, no hay encasillamientos cuando sale ese monstruo que es una buena interpretación. Esperanza RQY Dianne Wiest, Kathleen Turner tampoco es manca secundaria de hijo La Academia de Hollywood ha aplicado los cinco sentidos al conceder el Osear a la mejor interpretación femenina a Marlee Matlin, la joven sordomuda que hace de ello en Hijos de un dios menor buen gusto, mucho tacto, una acentuada vista, mejor olfato y oído, mucho oído. A pesar de todo, su elección cayó como un mueble entre la legión ¿legionarios? de fieles de Kathleen Turner; había estado tan cerca. Lo de menos era su interpretación de Peggy Sue en la película de Coppola, que se ha quedado huérfana en la gala de los Osear; lo verdaderamente imperdonable es que se haya quedado sin premio un año más aquella visión- falda estrecha de color hueso, costurón en la tela muslo arriba, blusa de seda y sofoco, una de esas imágenes trabajadas en el tiempo con el cincel de la fidelidad eterna- que tuvo William Hurt en una de las primeras escenas de Fuego en el cuerpo William Hurt, con fama de hombre cabal, conservó la serenidad, se sobrepuso al tornado Turner y, lo que son las cosas, incluso le dio ayer el premio a otra, a la sazón compañera suya de gestos en el cine y en el quehacer cotidiano. Pues, a pesar de no llegar al Osear, dejemos constancia de que Kathleen Turner no es manca, y que, de haberlo sido, (tal contingencia hubiera puesto al Jurado en un terrible apuro) quizá le cantara otro gallo a Marlee Matlin; aunque ese canto no hubiera cambiado las cosas. E. R. MARCHANTE La actriz Dianne Wiest consiguió ayer el Osear a la mejor actriz secundaria por la película Hanah y sus hermanas del director Woody Alien. De la mano de Woody Alien, el hombre que en 1985 le lanzó a la fama en la película La rosa púrpura de El Cairo en la que también trabajó con Mia Farrow, Wiest consigue así llevarse el Osear para el que fue nominada por primera vez en su vida de actriz. Weist nació en Kansas City y estudió en la Universidad de Marylahd. Comenzó estudiando ballet, pero pronto descubrió que lo que de verdad le atraía era el teatro, por lo que abandonó las zapatilla para dedicarse por completo a los escenarios teatrales. Su carrera en el teatro la inició en grupos regionales del este de los Estados Unidos, primero en la capital, Washington, y posteriormente en Boston. A continuación, se trasladó a la ciudad de los rascacielos, Nueva York, donde trabajó en el Festival Shakespeares, interpretando obras como Julio César Nuestra ciudad o Cenizas Su debut en las pantallas cinematográficas no llega hasta 1980 con It is my turn Es en 1985, fecha en la que Woody Alien le llama para protagonizar su película La rosa púrpura de El Cairo junto con Mia Farrow y Jeff Daniels, cuando se conoce mundialmente a Dianne Wiest. EL CHICO DE MONTECARLQ nio. En contra de mi pronóstico, no le dieron ningún premio, ni siquiera una mención, ni una breve reseña de crítica. Después de la ceremonia de entrega de trofeos, busqué al chico del corto y le propuse dar una vuelta y hablar de trabajo. Quería de cierta forma alentarle en su carrera. Steven Spielberg Sí, era un chico, un muchacho flaco, desgarbado, tímido y solitario. El Jurado acababa de fallar que la Ninfa de Oro de 1969 la merecía El asfalto Por supuesto que al saberlo me alegré, pero también sentí una especie de reconcome, de mata conciencia. Había visto todos tos. programas en competición y estaba convencido de que el que merecía el premio era un corto donde los únicos protagonistas eran un coche muy pequeño y un enorme camión. Ningún personaje humano, ningún efecto especial, pero eso sí, toneladas de ingeLe hablé de lo que yo hacía en España, de mis guiones de ciencia- ficción y de terror, de mi correspondencia con Bradbury, de las adaptaciones de sus cuentos. Gracias a mi voluntad y a mi trabajo yo había conseguido popularidad y éxito, con un poco de suerte y siguiendo mis pasos tal vez algún día podría llegar donde yo, o más lejos aún. El chico callaba. Oía y callaba, hasta que por fin se decidió a hablar. Lo hacía en tono monocorde y en ese tono me fue diciendo, casi como una confidencia, lo que le gustaría hacer en cine. Habló de la importancia de la fantasía, de la necesidad de aventura que tenemos los hombres de hoy, sumergidos en una existencia monótona y gris. Habló de Julio Verne y de H. G. Wells, del niño que todos llevamos dentro, y luego hizo nacer extrañas historias de extraterrestres llenos de ternura, de héroes en busca de tesoros arqueológicos, del terror que puede ocultarse bajo la superficie del mar, aun en una noche en calma como aquella. Me describió inmensos platillos volantes que utilizaban una frase musical para comunicarse con nosotros, máquinas del tiempo que permitirían a Lawrence de Arabia poner paz en el actual follón entre árabes e israelíes y cómo sería Ekistein de pequeño, o mejor aún, Sherlock Holmes. Habló y habló durante no sé cuánto tiempo. Todo lo que me dijo estaba muy Iteno de fantasía, pero carente por completo de sentido práctico. Pobre chico, era tan joven e inexperto que- no se daba cuenta de la enorme dificultad de traducir en imágenes lo que imaginaba. Me despedí de él convencido de que no haría carrera. Se llamaba Steven Spielberq. Narciso IBAÑEZ SERRADOR -s.