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EDITADO POR PRENSA ESPAÑOLA SOCIEDAD ANÓNIMA 27 DE MARZO DE 1987 FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA (ARECE ser que en las altas y enigmáticas instancias del Ministerio pomposamente titulado de Educación y Ciencia (antes, con más modestia y eficacia, de Instrucción Pública, y, más atrás todavía, sólo humilde Dirección General en el de Fomento) se están cociendo los bollos de los nuevos planes de estudio universitarios. Teniendo en cuenta (sus técnicos dirían en base a que en este ajetreado ramo predomina desde hace cincuenta años la degradación uniformemente acelerada, es de esperar que los próximos luminosos hallazgos esplendan con claridad aún más turbia que los inventos precedentes y se adecúen con mayor perfección a las estultas exigencias de comodidad mediocre que la demagogia aconseja. Desde las recónditas y oscuras atahonas ministeriales ya han empezado a agredir nuestro olfato vaharadas calidas o tufillos aromáticos de la inminente y aún clandestina hornada planificadora, amasada, tras sesudo cálculo, con los ingredientes que prescribe la LRU (símbolo científico de la ley del rutenio, metal tan raro como quebradizo, o del ruibarbo, conocida planta de virtudes catárticas) Sus efectos ya han irritado las sensibles mucosas de los afectados futuros; los síntomas de la epidemia han comenzado a aflorar en el cuadro clínico habitual de paros, algaradas, gritos y pintadas, y la indignación de los humanistas se dirige al preboste máximo con estoica renuncia: morituri te salutant Nosotros, ya dispuestos a saltar en breve las bardas de la jubilosa jubilación anticipada, y por tanto inmunizados ante cualquier sorpresa por descabellada que sea, nos aprestamos, con regocijo no demasiado impaciente, a degustar las delicias del exquisito manjar que nos depare, en sus entintados hojaldres, el Boletín Oficial. Entre tanto, permítasenos merodear, en plácida eutrapelia, por el antaño florido campo de las humanidades, hoy más bien canijas o agostadas. Es cierto que en el pasado universitario, las humanidades, si bien estudiadas con encarnizado tesón y provecho, no eran un fin en sí mismas, sino sendero imprescindible y previo para la Teología, reina de la ciencias y única salvadora de nuestros remotos antecesores. Sólo adquirieron consistencia propia y valor inmanente a partir del ilustrado espíritu laico del siglo XVIII, y desde entonces han sido mostrador de la cultura de los hombres y ocupación de las más dignas y encomiables. Ahora, las fabulosas e incesantes aplicaciones a la vida diaria que ofrece el pasmoso incremento de las disciplinas físico- naturales han conducido, ante los ojos de la sociedad, a postergar las humanidades, confinándolas en el rincón de los trastos inútiles, como saberes puramente decorativos. Las gentes no ven ninguna rentabilidad en las humanidades, y, ávidas de logros suculentos, se ponen a estudiar inglés- inglés de azafata o de ejecutivo, no el de Joyce o el de Faulkner, ni menos el de Shakespeare- y a aprender sofisticadas técnicas (sin penetrar en la oculta maravilla intelectual de sus fundamentos) ABC los conocimientos necesarios en esta época para el desarrollo de la vida humana, ni podemos estar ciegos ante lo que nos rodea (bonito título de un libro de lectura infantil, en la escuela del primer tercio del siglo, que parecía traducir al registro coloquial la orteguiana circunstancia En la lucha por la vida hoy es preciso dominar técnicas, sean éstas informáticas, programáticas o también- por desgracia- burocráticas. Hace falta preparar a la juventud para las actividades utilitarias, crear nuevas titulaciones que aseguren un porvenir. Sin embargo, no se ha inventado todavía ordenador más lúcido que el cerebro, capaz de cebarse por sí mismo cuando ha sido puesto en condiciones idóneas. Por ello, dejar para minorías de riñon cubierto y dudosa trascendencia el cultivo de las humanidades, como lujo tolerable y seductor ornato, significa renunciar a lo único valioso y permanente que hasta las últimas décadas puede todavía exhibir España. Y no me refiero sólo a la creación literaria y artística, sino a esa labor gris y callada, arduamente nutrida en- el almo regazo de las humanidades, que ha cuajado en larga procesión de figuras señeras: Menéndez Pelayo, Menéndez Pidal, Gómez Moreno, Miguel Asín, Ortega... y todos los que han sembrado la cultura española por el mundo. Seguimos, por desventura, importando técnica, pues el terreno es avaro en fértiles cosechas autóctonas, a pesar de abonos millonarios y la buena disposición de los cultivadores. Ahora perderemos también las exportaciones sólidas y brillantes de nuestra cultura, si la sensatez no lo remedia. La demanda social -dicen- recomienda reducir los estudios tradicionales de Filosofía y Letras y apoyar sólo aquellas parcelas de inmediata aplicación: enseñanza de idiomas vivos (o resucitados) interpretación y traducción de lenguas, etcétera. En los planes que se elaboren, ¿por qué han de figurar el Latín, la Filosofía, la Historia, la Literatura, el Arte... si la tarea del futuro titulado se limitará a enseñar una lengua, a ser intermediario entre heterolingües, a imponer un idioma vernáculo a los que desde siglos lo han olvidado? Tales menesteres no reclaman el título de licenciado. Antes no se requería una licenciatura, por ejemplo, para ser catedrático de Francés de Institutos: sin ir más lejos, don Antonio Machado sólo se licenció después de ganar su cátedra. A quienes se encaminen por esas veredas hágaselos diplomados en las oportunas Escuelas de Idiomas. Porque una licenciatura en Filología consiste en algo más que saber bien una lengua. Debe conocerse la cultura que la informa, la historia a través de la cual ha llegado a ser lo que es, los productos literarios que con ella se han creado y el origen del cual procede. ¿Cómo, pues, estudiar científicamente cualquier lengua románica ignorando el Latín? ¿Es posible que se pretenda autorizar tamaño absurdo y prescindir de ese acervo copioso de saberes? ¿Llegaremos así a la situación de aquel aspirante a master en Español que preguntaba en qué parte de la Península caía Macedonia? En tiempos, la licenciatura en Letras abarcaba el estudio de las lenguas española, latina, griega, árabe y hebrea con sus correspondientes literaturas y culturas. Hoy es imposible tan espeso enciclopedismo, pero es REDACCIÓN ADMINISTRACIÓN TALLERES- SERRANO, 61 28006- M ADRID P HUMANIDADES Y PLANES DE ESTUDIO Se olvida así que el ser humano contiene un componente que solemos llamar alma, la cual requiere alimentos y alicientes muy otros que las técnicas de uso práctico y fructífero. Por eso, al menospreciar o ignorar la cultura humanística hay que recurrir, para amueblar los entelarañados desvanes mentales, a un sucedáneo, misérrimo y harapiento, de berrida rica en decibelios, de histrionismo estrafalario de espantapájaros, de anacoluto primario y soez. El penoso resultado está a la vista. La mentalidad legislativa, con realismo plausible, se dispone a atender a estas exigencias de la que llaman demanda social No dudamos de la conveniencia de promover peligrosa también la excesiva disgregación especializadora. ¿Tendremos ahora Filología Española, Filología Catalana, Filología Gallega, Filología Vasca, Filología Inglesa, Filología Francesa, Filología Alemana, etcétera, en lugar de agruparlas científicamente? ¿Qué argucia diplomática dictamina que exista por un lado Filología Gallega y por otro Filología Portuguesa, mientras Latín y Griego se engloban en la tradicional Filología Clásica? ¿Justifican las enconadas relaciones entre musulmanes e ¡sraelíes que Árabe y Hebreo sean ramas diferentes en lugar de reunirse en Filología Semítica? ¿Qué extraño criterio eleva a la llamada troncalidad disciplinas como Retórica y Poética? ¿Qué delicada y complaciente componenda borra de las Filologías Catalana, Gallega y Vasca a la Lengua Española, troncal en las demás ramas? Esto recuerda el ambiguo subterfugio con que se redactó el artículo 3 de la vigente Constitución Española. Sabemos que cada Universidad- merced a su graciosa autonomía- elaborará sus propios planes de estudio, pero conforme a las directrices generales que impondrá la cúspide. Presentimos, con razonable sospecha, que éstas se ajustarán al mismo proceso mímético que ya desquició en su oía la Enseñanza Media. Como se temen y carecen de prestigio las tradicionales notas producto de los exámenes, nos van a venir con el escrupuloso y objetivo término de los ultramarinos créditos. Gran hallazgo de la nomenclatura: he aquí al nuevo licenciado, pertrechado con tantos créditos, tantos cursos, y, como siempre, ¡hala! a surcar, soplando por el canuto del título enrollado, el proceloso mar del paro inevitable. En tanta efervescencia programadora yo sugeriría la lectura meditada- y la puesta al díadel plan de estudios que estableció la República y que, con leves retoques, perduró hasta 1944. Superado el ingreso en la Facultad, se suponía en el alumno madurez y vocación. No había exámenes anuales. Había libertad para escoger las asignaturas pertinentes de la especialidad elegida. Se exigía una escolaridad mínima. Cada uno se presentaba en el momento oportuno a las dos únicas pruebas: una intermedia (sobre las disciplinas comunes a todas las ramas) y otra final (diferente en cada especialidad) Por ejemplo, el examen final de Filología Moderna (Sección de Español) consistía primero en varios ejercicios escritos: traducción de un texto latino con comentario; composición sobre un tema de Literatura Española; comentario gramatical de un texto español medieval; transcripción fonética y comentario gramatical de otro texto español moderno; transcripción paleográfica y comentario diplomático e histórico de un documento latino y otro romance. Superadas estas pruebas, se pasaba a las orales: explicación y comentario de un texto latino, de un texto español medieval y otro moderno; preguntas de historia del Español; preguntas de Filología Románica; preguntas de Literatura Española; traducción de dos textos de dos lenguas romances. Considerada la lenidad de las exigencias actuales, puede ser flue tales pruebas parezcan duras. ¿Qué ocurriría hoy si en los llamados concursos públicos a plazas de profesor titular universitario se exigiesen esos ejercicios en lugar de los pretenciosos y grotescos proyectos docentes y de investigación Silencio y barajar. Pero, cumpliendo las consignas sacrosantas, velemos resueltamente por la nueva calidad de enseñanza que, como la casa del señor cura en la canción, nunca la vi como ahora Emilio ALARCOS LLORACH de la Real Academia Española