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GENTE Kim Basinger, Gilda de los ochenta NTES, a pesar de ser otros tiempos, la gente hablaba de sex- symbols sin tropezarse pelos en la lengua. Sin embargo, ahora que los placeres de Eros están, a lo que parece, menos penados que nunca, huyen las actrices despavoridas de quienes pretenden endilgarles la maldición de mujer objeto a cuenta del sambenito. Mientras que los sociólogos se esfuerzan por explicar la incongruencia (la liberalización de las costumbres, de un lado, y el feminismo, de otro, dicen que son a la postre irreconciliables) otras, como Kim Basinger, asumen su papel de símbolo sexual sin remilgos y consiguen, de paso, no complicarse la vida. Con cierta predisposición al fatalismo, debió de mirarse un día ante el espejo. Entonces seguro se dijo, casi como Felipe II, que a ella no la habían traído al mundo para luchar contra los elementos. Luego añadiría para sí misma, al acordarse de que siempre quiso ser actriz- sin que su buena memoria le dejara apartar la vista un segundo de la realidad del espejo- que, en el peor de los asos, lo cortés no tiene por qué quitar lo valiente. Y así, en menos de cinco años y de diez películas, la aparatosa rubia de Hollywood ha compartido con Sean Conery, Robert Redford, Sam Shepard y Mickey Rourke el estrellato; sin importarle que algunos sigan dudando si meterla en la casilla de Marilyn o en el taquillera de la Hayworth. A Ha sido sin embargo su parecido con Gilda lo que le ha valido su papel en la película Sin piedad de próxima proyección en nuestras pantallas. Para hacer la tórrida escena del baile en el Blue Parrot Club, que contiene la cinta, su director, Richard Pierce, hubo de recurrir a Kim Basinger: es la única actriz que, en mi opinión, podía generar el tipo de excitación que generaba Rita, y que además podía estar a la altura de las demás exigencias del personaje Se buscaba, puesta al día, nada menos que la réplica de uno de los grandes mitos de los cuarenta. Un ejemplar lleno de instinto e inteligencia que pudiera seducir (en los ratos libres que le deja su casa de Topanga Canyon, sus ocho perros y otros tantos gatos, su marido y sus poemas) a Richard Gere ante la cámara. P. BALLESTERO MIÉRCOLES 25- 3- 87 A BC 97