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EDITADO PRENSA POR ESPAÑOLA SOCIEDAD ANÓNIMA 20 DE MARZO DE 1987 FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA ABC zaba el forcejeo; si se empieza por él, desaparece toda justificación. En cuanto a las manifestaciones, confieso que desde que tengo uso de razón- y esto quiere decir con muy varios regímenes- he sentido por ellas gran desconfianza. Las organizan siempre unos cuantos; aprovechan la inercia y la capacidad de intimidación (cuando se trata de estudiantes, hay que añadir el atractivo de unas vacaciones inesperadas y el de la broma) Muchas veces las mismas personas concurren a manifestaciones que defienden cosas opuestas. Creo, en suma, que tienen muy poco valor como expresión verdadera de una opinión colectiva. Finalmente- acabamos de verlo- tienden a dejarse manipular y a ejercer o tolerar la violencia, la grosería, la destrucción. Todo esto refleja un descontento existente sumamente real, pero lo incrementa con frecuencia desde otros puntos de vista; quiero decir por motivos contrarios al descontento inicial. La consecuencia es que aquellos contra los que se protesta suelen recibir un apoyo inesperado, que les viene del descontento provocado por la protesta misma, que deja una estela de pérdidas, malestar y encono, sin provecho visible, a no ser para los que, más o menos disfrazados, la manipulan. Dicho con otras palabras, lo que ocupa el primer plano es un descontento destructor y, por añadidura, estéril. Y la razón de esa esterilidad es que engendra confusión y, por tanto, no brota de él ninguna acción coherente y que lleve a modificar positivamente la situación que engendra el descontento. La democracia tiene no pocos inconvenientes, pero posee algunas ventajas decisivas, que obligan a preferirla a cualquier otro sistema político; sobre todo, su capacidad de rectificación, es decir, de que la política cambie cuando no es acertada, y si el equipo que gobierna no quiere o no puede rectificar, la sociedad se encarga de rectificarse a sí misma, es decir, de cambiar de equipo en cuanto tiene en la mano una papeleta electoral. Esto es lo que las protestas acumuladas impiden. El descontento múltiple, sin figura precisa, las contradicciones entre las protestas, la descalificación que muchas de ellas merecen, todo ello hace que no tenga la menor eficacia política, que no se desprendan de él las consecuencias que serían oportunas y eficaces. Es esencial que desaparezca- a l menos en cuanto es p o s i b l e- el descontento. Creo que los países se dan cuenta de la porción que es inevitable, que depende de la estructura objetiva de las cosas, y la aceptan; pero no cuando sospechan o R E I) A C C 1 0 I N A D M I N I S T RA (MON TALL ERES- SERRANO. 61 2 8 0 0 6- M A D RI I) A ficción de que las cosas marc h a n b i e n en España y todo el mundo está encantado es ya insostenible. Todo el país muestra una erupción de protestas, manifestaciones y huelgas, que expresan el descontento generalizado de la mayoría de las fracciones en que puede dividirse el cuerpo social. Claro está, sin embargo, que esas tres actividades perturban considerablemente la vida y aumentan el descontento, especialmente de los que no participan en ellas. Y, aunque parezca paradójico, incluyo las huelgas entre las actividades porque no consisten en no trabajar, sino principalmente en no dejar trabajar a los demás, de manera sumamente activa. Dejemos de momento la cuestión de si los que así se comportan tienen razón o no. Se puede admitir que la tengan, al menos en gran parte. Lo dudoso es que esas actividades estén justificadas, porque pudiera ocurrir que hicieran perder la razón a los que antes de ellas la tenían. Creo que la huelga es un derecho conquistado penosamente- -se entiende en los países en que hay libertad, en los inspirados por un liberalismo aunque sea residual, porque en las dictaduras, especialmente en las marxistas, la huelga está excluida de raíz- que tuvo su justificación en formas sociales anteriores, cuando se trataba de una pugna entre dos fuerzas interesadas en un conflicto: el patrono o empresario, de un lado, y los obreros, de otro. Pero esta situación pasó a la historia hace mucho tiempo. La complejidad de las relaciones laborales, la conexión de las actividades económicas y de los servicios en un país entero y aun en muchos países juntos han cambiado el sentido de la huelga, que a quien menos suele afectar es al empresario. Sus repercusiones son enormes sobre los que no tienen nada que ver con el conflicto ni pueden hacer nada para resolverlo. Las pérdidas económicas pueden superar en muchas veces a lo que se discute, lo que indica que casi siempre es pésimo negocio y se trata más de poder que de ventajas laborales o de producción. La huelga del carbón en la Gran Bretaña, que duró un año, es un buen ejemplo. Las repercusiones de las huelgas en gran parte del mundo son notorias. Esto quiere decir que es algo mal planteado y que habría que buscar alguna forma de arbitraje más inteligente, menos arcaica, ajustada a las situaciones reales de nuestro tiempo. Hoy lo normal es que se haga una huelga antes de iniciar una negociación; se dice literalmente que es para hacer presión la huelga era una ultima ratio cuando las negociaciones se rompían irremediablemente, sin posibilidad de acuerdo; entonces empe- L EL DESCONTENTO CREADOR comprueban que se debe a incompetencia, a manías ideológicas, a mero afán de poder o a servidumbres exteriores. Pero si el descontento no disminuye lo bastante, si persiste, es menester ejecutar con él una operación decisiva: convertirlo en descontento creador. ¿Qué quiere decir esto? ¿Hacerlo inoperante, como lo que se llamaba hace no demasiado tiempo crítica constructiva Al contrario: hacerlo eficaz. Para ello tiene que no ser utópico. Cuando se pide lo que no se puede conseguir, la petición se convierte en un ejercicio inocuo, que solamente pone de manifiesto la inconsistencia de los que piden. El descontento tiene que formularse, delimitarse, adquirir clara conciencia de en qué consiste y qué se puede hacer. Tiene que buscar, además, cauces de expresión y de conducta que sean convergentes, que lleven a una acción concertada. Tiene que analizar las raíces del descontento y encontrar las alternativas a sus causas. Lo peor que puede pasar es que el descontento dominante, unido al que suscita su expresión actual, su confusión y negatividad, lleve a un desaliento generalizado, a una pasividad que no resista a la manipulación. De ello se benefician los que están en posesión de los resortes del poder o los que disfrutan de parcelas conseguidas mediante la presión o la complacencia, según los casos. Si esto ocurre, la situación que engendra el descontento puede prolongarse indefinidamente, por abandono de una sociedad que no se cree capaz de tomar las riendas y decidir por sí misma, es decir, que renuncia a ejercer la democracia y se contenta con estar cubierta por una etiqueta con ese nombre. Y puede, finalmente, ocurrir algo peor. Desde hace más de diez años he repetido muchas veces: Los españoles no quieren enfadarse. Han estado dispuestos a tolerar muchos inconvenientes, a soportar molestias, a usar de una gran paciencia, con tal de no romper la concordia, de convivir pacíficamente, con la esperanza de poder hacerlo fraternalmente. Durante los primeros años de la Monarquía dominó la convicción de que la ruptura de la concordia, que llevó a la guerra civil, fue el mal máximo que a cualquier precio hay que evitar. Ningún partido- n o cuentan algunos grupitos mínimos y sin la menor posibilidad política- se consideró heredero de ninguno de los bandos que se enfrentaron entre 1936 y 1939. Esto ya no es enteramente verdad. Todos los días se reivindica alguna porción de esa siniestra herencia Algunos quieren que los españoles se enfaden. Tengo la seguridad de que s el descontento se hace creador no lo conseguirán. Julián MARÍAS de la Real Academia Española