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ABC REPORTAJE La boda de los Reyes Carlos Gustavo y Silvia de Suecia O fueron muchas las fiestas organizadas con motivo de la boda del Rey Carlos Gustavo de Suecia con la joven alemana de ascendencia hispana Silvia Sommerlath, celebrada el 19 de junio de 1976, aunque éstas revistieron la brillantez propia de una auténtica boda real, ya que de un soberano reinante se trataba. N Dada la proximidad del palacio real, todos los invitados reales se trasladaron a la iglesia a pie y en pequeños grupos que levantaban susurros de admiración unas veces y aplausos otras de los millares de personas que ya ocupaban lugares privilegiados frente a la catedral a fuerza de haber pasado la noche envueltos en mantas. La primera en llegar fue la entonces princesa Beatriz de Holanda y su esposo el príncipe Claus. Casi al mismo tiempo lleLas miradas del matrimonio garon a la iglesia los Reyes de no se apartaron de la entrada Bulgaria, Simeón y Margarita, del templo por donde, de un molos entonces duques de Cádiz, mento a otro, iban a aparecer María del Carmen y Alfonso, los los novios. príncipes herederos de Noruega, Sonia y Harald, y las cuatro herDe repente, las campanas de manas del Rey, Margarita, Birgit- la iglesia comenzaron a sonar. ta, Desirée y Cristina. Asimismo Era el novio que llegaba. Sin dellegó Lilian Craig, que todavía no tenerse en la puerta del templo, se había casado con el príncipe a pesar de los gritos de los reBertil, tío del novio, la Reina porteros, situados en una tribuna Margarita de Dinamarca, su es- frontal, Carlos Gustavo ascendió poso el príncipe Henry, su ma- de dos en dos la escalinata y dre la Reina Ingrid, sus herma- esperó, al abrigo de la curiosinos los Reyes de Grecia, Ana dad de los objetivos, a la novia. María y Constantino, los Reyes La llegada del Rey se produjo de Bélgica, Fabiola y Balduino, dos minutos y medio antes de la los grandes duques de Luxem- hora señalada. burgo, Juan y Josefina, el Rey Carlos Gustavo vestía uniforOlav de Noruega, el entonces me de almirante. Aparte de la presidente de Alemania occiden- Orden de Serafín y la Orden de tal, Walter Schell, el de Islandia la Espada, llevaba, en considey el de Finlandia. Por cierto, que ración a su prometida, la Orden la señora Mildred Schell fue, jun- de la República Federal Alemato con la entonces duquesa de na. Cádiz, la única dama que no lleMientras esperaba la llegada vaba sombrero. de Silvia, el Rey dejó la espada Y llegaron los padres de la y su gorra de almirante a una novia. A la madre le temblaban encargada de la iglesia y esperó un poquito las manos cuando se impaciente la llegada de su futuapoyó en el brazo de su marido. ra Reina, sin dejar de mirar el No era fácil andar por el pasillo reloj de pulsera de la catedral bajo la mirada de El Rey masticaba una pastilla todos los invitados y precedidos para la tos y se ajustó repetidapor dos lacayos con vestidos mente el uniforme. adornados de oro. Eran las doce en- punto de la Alice Sommerlath vestía un mañana. Ni un minuto más, ni traje largo verde claro con som- un minuto menos. La hora fijada brero del mismo color. El matri- en el programa. Las campanas monio tomó asiento entre los de la catedral volvieron a repipresidentes de Alemania occi- car. Los pajes, que esperaban dental, Finlandia e Islandia y sus junto al novio, se reunieron al hijos Ralf, Walter y Jórg, y las son del órgano y se abrieron las esposas de los dos primeros, puertas de la catedral. La noCharlotte y Michele. via... llegaba. El vestido de la novia Silvia vestía una creación de Marc Bohan, de la casa Dior. Era de color marfil completamente liso y con manga larga, entallado en la cintura y con una larga cola que arrancaba de un poco más arriba del talle y sobre la cual descansaba el velo que antes habían llevado las princesas Brigitta y Desirée y que estaba bordado de encaje. La princesa Sybilla, madre de Carlos Gustavo, lo había heredado a su vez del principe Eugen. Sobre la cabeza, Silvia llevaba la diadema con camafeos incrustrados en oro rojo y perlas, que fue el regalo que recibió la princesa heredera Josefina cuando se casó con el Rey Osear I. El príncipe Eugen la dio a su vez como regalo de bodas a la princesa Sybilla. Carlos Gustavo la heredó de su madre, después de que sus hermanas también la llevaran como novias. Pero la tradición no se limitaba a la diadema. Una ramita de mirto servía para cerrar dicha diadema y darle forma de corona. Procedía de Sofiero. donde fue plantado el árbol de mirto por la abuela paterna del Rey, la princesa heredera Margarita. Con esta ramita, la novia siguió la tradición de las hermanas del Rey. Lentamente- ¿con demasiada lentitud a juicio del novio? avanzó la comitiva. La abrió Amelia Midleschulte y James Ambler, emocionados por el esplendor del escenario. Decidieron, pues, cogerse de la mano y avanzaron a paso de hormiga. El Rey, discretamente, intentó hacerles ir un poco más deprisa. Y así, sonrientes y relajados, los novios se acercaron al altar intercamibando miradas con amabilidad y demostrando a todos que se sentían alegres ante la grandeza de la ocasión. Cerró la comitiva Carmita Sommerlath, vestida de blanco, que portaba con todo cuidado un almohadón azul donde brillaban los anillos de boda. Su tía, Silvia, había cumplido su promesa: Cuando yo sea novia, tú llevarás un almohadón con mi anillo algo que no es corriente ni en Suecia, ni en Alemania, ni en ningún sitio. El salmo La alegre primavera se elevó hacia la bóveda. Cuando la pareja pronunció su sí se oyeron grandes aplausos y vítores en todo Estocolmo. En aquel momento floreció el patriotismo de los suecos. El sí del Rey se oyó por toda la iglesia. El sí más corto de la novia alcanzó a todos los telespectadores. Se tomaron los anillos del almohadón, situado sobre el altar; el arzobispo pronunció las promesas de matrimonio y el novio y la novia las repitieron mirándose a los ojos. A las doce dieciocho minutos de aquel sábado, día 19 de junio de 1976, la señorita Silvia Sommerlath, de Alemania, se convirtió en Reina de Suecia. Más de 500 millones de teleespectadores y un público que llenaba la iglesia de Storkyrkan (con capacidad para 1.200 personalidades, especialmente invitados) oyeron como decía sí Dos minutos más tarde, el arzobispo Olof Sundby ratificó el matrimonio. Y así, bajo una lluvia de granos de arroz y de flores, con banderas y pañuelos ondeando a lo largo de todo el camino, la pareja real encontró Estocolmo en pleno júbilo, el júbilo de 180.000 personas, que les aclamaron con sonrisas y vivas. Era la primera vez en casi doscientos años. Los que habíamos estado sentados en la iglesia de Storkyrkan en aquella tarde del sábado, probablemente nunca tendríamos oportunidad de vivirlo otra vez. La cuestión es si alguien tendrá tal oportunidad alguna vez más. Eran las doce veinte de un día de incipiente verano nórdico, ese verano en el que casi no anochece, cuando Suecia tuvo una nueva Reina. Jaime PEÑAFIEL MARTES 17- 3- 87 ABC 15