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18 ABC OPINIÓN MARTES 17- 3- 87 ENTERRAR A LOS MUERTOS EL BLA BLA BLA DE DON FELIPE A tele siempre servicial, nos larga al medio día del lunes para iniciar la semana una perorata de Felipe González ante las grabadoras de un grupo de periodistas. Bla bla bla como siempre. Con razón ha dicho Adolfo Suárez que para el presidente no es posible que existan problemas en la innombrable, o sea, en España, mientras él conserve su poltrona- y su bodeguiya- en la Moncloa. Lo de Reinosa, nada, una futesa. Ahora se verá qué responsabilidades se deducen del alto hecho de armas en que unos obreros levantiscos reducen a cantazos a media docena de guardias civiles, desarmados moral y efectivamente por las órdenes superiores. A Felipe González no se le eriza la piel política ante la galopante degradación de su autoridad, ergo de la autoridad del Estado. Tiene media docena de ministros agonizantes a los que aplicar, y los aplica, los tubos oxigenadores de su poder, y un civil al que no le impresiona lo más mínimo el mantenimiento de algunos de los guardias a sus órdenes en Reinosa. Bla bla bla todo está bajo control. Somos felices bajo un Gobierno socialista, más panglossiano que el famoso personaje de Voltaire. Lo mejor de las comisiones investigadoras es que llegan siempre a la conclusión antipanglossiana de que el destino del hombre es vivir con las convulsiones de las angustias o en el paroxismo del fastidio por lo cual, al cabo de meses y meses y folios y folios, llegarán a la sabia decisión, lo mismo en la degradación de Reinosa, que en otras anteriores, de que es mejor un poco de convulsión U N pedazo de tierra donde descansen sus restos es algo que no se niega a nadie. El más vil de los hombres conserva este postumo derecho, que ni en los tiempos más rudos se ha negado ni siquiera a los ajusticiados. Enterrar a los muertos es, por otra parte, una obra de misericordia, normalmente presidida por el dolor de los seres queridos que acompañan al difunto hasta ésta su última morada. No es la hora de los juicios, ni de las condenas, pero tampoco es la hora de las exaltaciones, ni de las apoteosis. Si hay algún homenaje que tributar al difunto, no es el acto de la inhumación el momento más indicado; normalmente se espera otra ocasión para rendir el tributo adecuado. El entierro, cualquier entierro, es en sí mismo un hecho luctuoso, en el que si hay lugar para algo, es para el dolor y la oración, o, en el peor de los casos, para un respetuoso silencio. L Viene todo esto a cuento de las algaradas organizadas con ocasión de ¡os entierros de conspicuos etarras, sistemáticamente aprovechado por profesionales de la agitación para convertir el acontecimiento, simple y llanamente, en un acto de exaltación del terrorismo, ante la paradójica pacatez de un Gobierno que lamina prepotente con el rodillo de su mayoría las tegítimas voces populares que se levantan en el Parlamento para ceder luego, vergonzantemente, ante los desafíos de una turba encrespada que se envalentona ante la pasividad gubernamental. No sabemos, porque no lo explican, los compromisos del Gobierno, ni sus tejemanejes con Argelia, Nicaragua o Cuba, ni sus silencios ante determinadas situaciones, por muy justificados que parezcan para conseguir el ansiado pacto de Gobierno en el País Vasco. En todo caso, dentro de un sistema democrático no hay lugar para secreteos cuando lo que está en juego es nada menos que la unidad nacional, crónicamente puesta en solfa cuando se trata de enterrar a un terrorista. Está muy bien que el fiscal general del Estado busque los argumentos jurídicos para deslegalizar a Herh Batasuna, pero mal se compagina este celo con la tolerada comparecencia de Yoldi en el Parlamento vasco, o el alboroto impunemente protagonizado por una caterva de matones, con ocasión del entierro de Domingo Iturbe. Y peor todavía el tratamiento dado al asunto por los servicios informativos de TVE. La verdad es que, con los datos de que disponemos, resulta difícil averiguar a qué juega realmente el Gobierno socialista. Del equívoco y la contradicción jamás salió la luz, y parece que io que en realidad se pretende aquí es que las cosas queden en una discreta penumbra que permita seguir con el pasteleo que tan dudosos frutos está rindiendo a España. Mientras tanto, cada vez que aun terrorista le explote una bomba entre las manos, tenga un accidente de tráfico, y no digamos si muere en un enfrentamiento con la Policía, seguiremos teniendo entierros con cencerrada. Vicente ROA al fastidio de los imposibles países felices en los que nunca pasa nada. Ni mi compañero Antonio Burgos, ni los médicos que vuelven a estar en huelga, ni los farmacéuticos que se quejan de que los asesinan, ni Weinberger, que se obstina en que la base de Torrejón es vital para la defensa del Mediterráneo, tienen razón. Basta un ratito de bla bla bla televisado de Felipe González para que la tranquilidad renazca y todos nos sintamos felices. Si el presidente en lugar de hablar actuara, si en vez de crear comisiones averiguadoras de responsabidades tomara medidas previsoras para evitar los sucesos que después los tontos deploran y Felipe, bla bla bla justifica y explica, el país caería en un marasmo y tendría tiempo e enterarse que se lo está vendiendo por parcélaselo que no dejaría de causarle sorpresa. Lenificador bla bla bla el del presidente que se basta para adormernos en la tele sin necesidad de informadores recargados de final de sílaba a los que se destituye de siete en siete de un plumazo por blabear de más sin darse cuenta de que hay que cambiar el estilo Calviño precisamente para que nada cambie. A la feliz quietud interna del sistema coadyuvan con estusiasmo los partiditos de la oposición decididos a pelarse la cresta, divididos, en obsequio del señor Barranco. Ahí, en las elecciones municipales, ni tan siquiera va a tener que echar mano de su delicioso bla bla bla el señor presidente. Lorenzo LÓPEZ SANCHO Mirador INCONSTANCIA POPULAR A URA popularis es una locución latina i metafórica que sirve para indicar la inconstancia del afecto y favor del pueblo. Esta inconstancia es más patente en los regímenes democráticos, donde la libertad tiene su desahogo, ya que en los totalitarios apenas puede respirar. De la inconstancia popular hay ejemplos en nuestra vigencia democrática, pero en las naciones de dictadura es difícil descubrirla quizá por estar amordazada su ciudadanía. Sin embargo, en estos regímenes herméticos, de clausura de las libertades cívicas, se advierten a veces atisbos de palpitaciones populares, ávidas de levantar cabeza bajo la opresión. Entonces el aliento popular se manifiesta sigilosamente, solapadamente, por cauces imprevistos, quizás influenciado por la timidez de su largo y obligado silencio. He visto en la silueta facial de bon vivant de Gorbachov, más latina que moscovita, un rictus burgués, a quien le gusta Tratamiento científico definitivo. ¡Usted no tiene por qué tener granos! Eliminamos CICATRICES. CENTRO MEDICO. Cartagena, 129, 1. Tel. 261 51 46 sonreír y agitar los remos reverencialmente ante su pueblo. Ya no nombra a Stalin, ni a Lenin, y ello es indicio de un misterioso cisma. Creo que está descubriendo la ciudadanía de la Revolución Francesa. Naturalmente teme del pueblo su pleamar de inconstancia y volubilidad, pero sonríe cautelosamente ante las manifestaciones judías de la calle céntrica Arbat, de Moscú. Y las recientes agresiones de la Policía contra periodistas occidentales estoy seguro que no fueron de su complacencia. Ni vio con buen talante a los grupos de fornidos kagebistas rompiendo las manifestaciones de judíos que pedían la libertad del disidente Jósif Negún. En su sonrisa contenida pensaba, sin duda, en los secretos del tiempo, voluble y efímero, y que a lo mejor convendría parar mientes en las razones del pueblo, si éste se ha visto reducido al silencio de largas décadas. Nihil violeritum y por la noche se durmió recordando sus años pasados en Londres, donde pudo hablar y vivir a sus anchas. Al despertar comprobó que todo había sido un sueño, pero se quedó meditando que a lo mejor podría haber sido una aleccionadora premonición. Ramón LLIDÓ mam