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X VI ABC ABC Híerarlo La última palabra 14 marzo- 1987 Antonio Muñoz Molina El invierno en Lisboa QLVIO a la ciudad para perderse en ella como en una de esas noches de música y bourhon que no parecía que fueran a terminar nunca. Pero ahora el invierno había ensombrecido las calles, y las gaviotas volaban sobre los tejados y las estatuas a caballo cómo buscando refugio contra Jos temporales del mar. Cada temprano anochecer había un instante en que la ciudad. parecía definitivamente ganada por el invierno. Desde la oriHa del río la circundaba la niebla borrando el horizonte y los edificios más altos de las colinas, y la armadura roja del puente alzado sobre las aguas grises se prolongaba en él vació. Pero entonces comenzaban a encenderse las luces, las alineadas farolas de las avenidas, los tenues anuncios luminosos qué se extinguían y parpadeaban formando nombres o dibujos, líneas fugaces de neón tiñendo rítmicamente de rosa, rojo y azul el cielo bajo Lisboa. El caminaba siempre, insomne, tras las solapas de su abrigo, reconociendo lugares por donde había pasado muchas veces o perdiéndose cuando más seguro estaba de haber aprendido la trama de la ciudad. Era- me dijo como beber lentamente una de esas perfumadas ginebras que tienen la transparencia del vidrio y de las mañanasfrías de diciembre, como inocularse una sustancia envenenada y dulce que dilatara la conciencia más allá de los límites de la razón y del miedo. Percibía todas las cosas con una helada exactitud tras la que vislumbraba algunas veces la naturalidad con que es posible deslizarse hacia la locura. Aprendió que para quien pasa mucho tiempo solo en una ciudad extranjera no hay nada que no pueda convertirse en el primer indicio de una alucinación: que el rostro del camarero que le servía un café o et del recepcionista a quiert entregaba la llave de su habitación eran tan irreales cómo la presencia súbitamente encontrada y pérdida de Lucrecia, como sú propia cara en el espejo de un lavabo. Nunca dejaba de buscarla y casi nunca pensaba en ella. Del mismo modo que a Lisboa la niebla y las aguas del Tajo la aislaban del mundo, convirtiéndola no en un lugar, sino en un paisaje del tiempo, él percibía por primera vez en su vida la absoluta insularidad de los actos: se iba volviendo tan ajeno a su propio pasado y a su porvenir como a ios objetos que le rodeaban de noche en la habitación del hotel. Tal vez fue en Lisboa donde conoció esa temeraria y hermética felicidad que yo descubrí en él: la primera vez que le vi tocar en el Metropolitano. Recuerdo algo V t v que me dijo una vez: que Lisboa era la patria de su alma, la única patria posible de quienes nacen extranjeros. También de quienes eligen vivir y morir como renegados: uno de los axiomas dé Billy Swann era que todo hombre con decencia termina por detestar el país donde nació y huye de él para siempre, sacudiéndose el polvo de las sandalias. Una tarde, Biralbo se encontró fatigado y perdido en un arrabal del que no podría volver caminando antes de que se hiciera dé noche. Abandonados hangares de ladrillo rojizo se alineaban junto al río. En las orillas sucias como muladares había tiradas entre la maleza viejas maquinarias que parecían osamentas de animales extinguidos. Biralbo oyó uri ruido familiar y lejano, como de metales arrastrándose. Un tranvía se acercaba despacio, alto y amarillo, oscilando sobre los raíles, entre los muros ennegrecidos y los desmontes de escoria. Subió a el: no entendió lo que le explicaba el conductor, pero le daba igual a dónde fuera: Lejos, sobre la ciudad, resplandecía bruscamente el solvdel invierno, pero el paisaje que cruzaba Biralbo tenía una grisura dé atardecer lluvioso. Al cabo de un viajé qué fe fjáreció larguísimo, él tranvía se detuvo en una plaza abierta al estuario del río. Tenía hondos atrios coronados de. estatuas y frontones dé mármol y una escalinata que se hundía en el agua. Sobre un pedestal con elefantes blancos y ángeles que levantaban trompetas de bronce, un rey cuyo nombre nunca llegó a saber Biralbo, sostenía las bridas de un caballo irguiéndose con la serenidad de un héroe contra el viento del mar, que olía a puerto y a lluvia. Aún era de día, pero las luces empezaban a encenderse en la alta penumbra húmeda dé los soportales. Biralbo cruzó bajo un arco con alegorías y escudos y en seguida se perdió por dalles que- no estaba seguro de haber visitado antes. Pero éso le ocurría siempre en Lisboa: no acertaba a distinguir entre el desconocimiento y el recuerdo. Eran calles más estrechas y oscuras, pobladas de hondos almacenes y olores portuarios. Caminó por una plaza grande y helada como un sarcófago de mármol en la que brillaba sobre el pavimento los raíles curvados de. los tranvías; por una calle en la que no había ni una sola puerta; sólo un largo muro ocre con ventanas enrejadas. Entró en un callejón como un túnel que olía a sótano y a sacos de café. y caminó más aprisa al oír a su espalda los pasos de otro hombre. Volvió a torcer, bruscamente poseído por el miedo a que le estuvieran siguiendo. Dio una moneda a un mendigo sentado en: un escalón que tenía junto a sí una pierna ortopédica, perfectamete digna, de color naranaja, con un calcetín a cuadros, con correas y hebillas y un zapato solo, muy limpio, casi melancólico. Vio sucias tabernas de marineros y portales de pensiones o indudables prostíbulos. Como si descendiera por un pozo, notaba que el aire se iba haciendo más espeso. Veía más bares y más rostros, máscaras oscuras, ojos rasgados, de pupilas frías, facciones pálidas e inmóviles en zaguanes de bombillas rojas, párpados azules, sonrisas como de labios cortados que sostenían cigarrillos, que se curvaban para llamarlo desde las esquinas, desde los umbrales de clubes con puertas acolchadas y cortinas de terciopelo púrpura, bajo los letreros luminosos que se encendían y apagaban, aunque todavía no era de noche, apeteciendo su llegada, anunciándola. Nacido en Jaén en 1956, Antonio Muñoz Molina lleva diez años escribiendo artículos literarios que ha reunido en dos volúmenes: El robinson urbano (1984) y Diario del Nautilus (1986) Hace unos meses ha publicado su primera novela, Beatus lile, que está siendo muy bien recibida por la crítica. Ahora da los últimos toques a El invierno en Lisboa, de la que ofrecemos un fragmento.