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VIH ABC ABC 14 marzo- 1987 Vladimir Nabok La editorial Anagrama se dispone a lanzar dentro de unos días El hechicero una novela inédita de Vladimir Nabokov, exhumada de entre los papeles del escritor por su hijo Dimitrí. La publicación de este texto, que constituye un acontecimiento literario y editorial, nos acerca de nuevo al cautivador universo de insinuaciones, pasiones más o menos inconfesables y niñas perversas que envolvió a Lolita sin duda la obra más popular y vendida del escritor ruso. Como ésta, también El hechicero es una historia de paidofilia que los críticos europeos, donde ya ha sido publicada hace unos meses, la han calificado de pequeña obra maestra. Se trata, también, de la última novela escrita en ruso por Nabokov. Ofrecemos en estas, páginas dos secuencias de El hechicero que aparecerá próximamente ür? T E L caballero tenía la fortuna de ejercer una profesión refinada, precisa y bastante lucrativa, que le servía para refrescarle las ideas, satisfacer su sentido del tacto y alimentar su vista con un punto resplandeciente rodeado de terciopelo negro. Entraban ahí las cifras, y los colores, y sistemas enteros de cristalización. De vez en cuando su imaginación quedaba encadenada durante varios meses, y la cadena sólo tintineaba en alguna que otra ocasión aislada! Además, tras haber; á sus cuarenta años, decidido que ya se había atormentado sobradamente con esta infructuosa inmolación de sí mismo, sabía por fin regular sus anhelos y se había resignado, con notable hipocresía, a la idea de que sólo una afortunadísima combinación de circunstancias, una mano echada de improviso por el destino, podía llegar a producir algo que tuviese aunque sólo fuera un fugaz parecido a lo imposible. Su memoria atesoraba aquellos pocos momentos con melancólica gratitud (eran, al fin y al cabo, un regalo) y melancólica ironía (le había, al fin y al cabo, tomado el pelo a la vida) Así, durante sus viejos tiempos de alumno de la politécnica, mientras ayudaba a la hermana pequeña de un compañero de curso- una cría somnolienta y pálida de ojos aterciopelados y un par de negras trenzas- a empollar geometría, no la había rozado ni una sola vez, pero la misma proximidad de su vestido de lana bastó para que las líneas 1 trazadas sobre el papel temblaran y se borraran, para que todo se desplazara, avanzando á un trote corto, tenso y clandestino, hacia otra dimensión, aunque luego volvieran a presentarse la durasilla, la lámpara, la colegiala que garabateaba apresuradamente. Sus otros momentos afortunados habían pertenecido a este mismo género lacónico: una cría nerviosa, con un mechón de cabello caído sobre un ojo, en un despacho forrado de cuero en donde él esperaba el momento de ser recibido por el padre de ella (ese martilleo en su pecho: ¿Tienes cosquillas? o aquella otra, la de hombros color jengibre, que te mostró, en un rincón apartado de un patio bañado de sol, una lechuga negra que estaba a punto de de- vorar a un conejo verde. Todos estos habían sido momentos lastimosos, apresurados, separados por años de expediciones y búsquedas, y hubiera, no obstante, pagado cualquier cosa por uno solo de ellos (intermediarios abstenerse) Al recordar tan extremas rarezas, todas aquellas diminutas amantes que había tenido y que jamás llegaron a enterarse de la presencia del íncubo, se maravillaba también cuando comprobaba hasta qué punto había permanecido él misteriosamente ignorante de su posterior destino; sin embargo, cuaritísimás veces, en un hirsuto césped, en un vulgar autobús urbano, o en una playa utilizable solamente como alimento de algún reloj de arena, se había sentido traicionado por una inexorable y precipitada elección, o bien había visto cómo el azar se burlaba de sus súplicas provocando una descuidada serie de acontecimientos que interrumpía el goce de sus ojos. Flaco, de labios secos, con una incipiente calvicie y ojos siempre vigilantes, se sentó en un banco de un parque. Julio abolió las nubes, y al cabo de un minuto se puso el sombrero que hasta entonces sostenía en sus blancas manos de delgados dedos. La araña hace una pausa, la pulsación se detiene. A su izquierda estaba sentada una anciana morena, de frente enrojecida, y enlutada; a su derecha, una mujer de lacio pelo de un rubio deslucido sé encontraba muy atareada con su labor de calceta. Mecánicamente, mientras su mirada seguía el revoloteo de los niños en el colorido reverbero, y pensaba de paso en otras cosas í- el trabajo que le ocupaba en ese mpmento, la forma atractica de su nuevo calza- do- vio por casualidad, junto al tacón de uno de sus zapatos, una gran moneda de níquel cuyo relieve estaba parcialmente borrado por el roce de la gravilla. La recogió. La mostachuda mujer de su izquierda no respondió a su lógica pregunta; la incolora de su derecha dijo: -Guárdesela. En días empares trae suerte. ¿Por qué solamente en días impares? -Eso dice la gente en. mi tierra, en... había admirado antaño la ornamentada arquitectura de una diminuta iglesia negra. -Vivimos al otro lado del río. Hay muchos huertos en toda la ladera, es un sitio encantador, sin polvo ni ruido... Una charlatana, pensó él; parece que tendré que irme. Y en este momento se alza el telón. Una niña de doce años (sus cálculos jamás fallaban) vestida de violeta, caminaba rápida y firmemente sobre unos patines que, más que deslizarse por la graviflá; la machacaban a medida que ella iba alzándolos y dejándolos caer con pasitos japoneses, que la dirigían hacia su banco a través del variable azar del Sol. Subsecuentemente (y hasta el final de todo lo que siguió) le pareció que desde el principio, a partir de aquel momento mismo, había sabido valorar a la niña de pies a cabeza: la viveza de sus rizos rojizos (recientemente cortados) el brillo de sus grandes y ligeramente vacuos ojos, que, sin saber por qué, le recordaron la uva espina; su tez alegre y cálida; sus labios rosados, ligeramente entreabiertos, por donde asomaban un par de grandes incisivos apoyados en la protuberancia del labio inferior; el color veraniego de sus brazos desnudos con brillantes pelitos de color zorro en los antebrazos; la apenas insinuada blandura de su todavía estrecho pero incompletamente plano pecho; la oscilación de los pliegues de su falda; sus concavidades sucintas y suaves; la delgadez y el brillo de sus desaseadas piernas; las toscas correas de los patines. Nombró un puebla en el que él patos, y se fue, caminando a pasos alternativamente vacilantes y decididos, hasta que al final (debido probablemente a que se había terminado el pan) salió corriendo a toda velocidad, balanceando sus liberados brazos, apareciendo y desapareciendo de la vista confundida con un fraternal juego de luces bajo el violeta y verde de los árboles. -S u hija- observó él insensatamente- ya es toda una moza. -O h no... No somos parientes- dijo la calcetera- No tengo hijos, y no lo lamento. La anciana de luto rompió a sollozar, y se fue. La calcetera la miró y siguió tejiendo intermitentemente, con veloces movimientos relampagueantes, y arreglando a veces la cola que arrastraba su feto de lana. La niña se detuvo delante de su ¿Valia la pena seguir la conversagárrula vecina, que se giró para re- ción? volver en el interior de algo que tenía a la derecha, y sacó luego una UANDO el caballero subió al rebanada de pan con un pedazo de tren, sus señas de pasado chocolate encima, y se lo dio a la mañana seguían parecienniña. Esta, mientras masticaba rápidamente, utilizó la mano que le do el perfil de una costa oculto tras quedaba libre para desabrocharse una tórrida neblina, un símbolo prelas correas y desprenderse de toda liminar del futuro anonimato. Lo únila pesada masa de suelas de acero co que trató de planear fue el sitio y sólidas ruedas. Luego, volviendo en donde pasarían la noche de caa la tierra en la que habitamos to- mino hacia aquel reverberante Sur; dos, se enderezó con una instantá- no le pareció en cambio necesario nea sensación de celestial descal- predeterminar sus subsecuentes zamiento, no reconocible inmediata- alojamientos. El lugar no importaba, mente como p r o d u c t o de la siempre estaría adornado por un ausencia de los patines bajo los za- piececillo desnudo; el punto de des- C