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14 marzo- 1987 PARTE de otras lecturas, los seg u i d o r e s de este Suplemento tienen amplias noticias del narrador argentino. Ya en estas páginas comentamos su novela La aventura de un fotógrafo en La Plata, y Blanca Berasátegui nos ofreció una entrevista ejemplar, de primera mano informativa, arrancada- e s un decir- de alguien a quien no le gustan las entrevistas, aunque en esta ocasión fuera hecha por una mujer- B B. De sus historias de amor habla relajantemente A. B. C Aún ahora no me canso de mirar a las mujeres También rezumaba en aquel diálogo sinceridad y, sobre todo, un poco de ese tipo de verdad que interesa a un escritor que quede referida, subrayada a efectos de documentación biográfica: La desagradable inmadurez de mis comienzos o Me ocurre que invento a una velocidad de vértigo y escribo con lentitud de carro de bueyes Todo esto es muy borgiano; juego confidencial que encierra una paradoja, y en el fondo la certeza de que conoce su temple de escritor y lo conocen los demás. ABC ÜTcrarío ABC V final se dice textualmente: el entendimiento entre hombre y mujer es tan único a veces como las personas... Los apuros de un charlatán de la radio ante una ola de calor contra la que tiene que hacer uso de todos los recursos de su fácil dialéctica de pasillos pone a prueba, una vez más, el sentido del humor del narrador en Un viaje inesperado así como en El camino de Indias el error de un inventor produce situaciones de muy cómicos resultados. El científico amateur se disculpa: Creo que mi culpa sólo consiste en no haber comprendido en seguida algo que hoy parece evidente. Como Colón, Abreu logró un descubrimiento extraordinario, pero no el que buscaba. La prosa del cuentista se revela constantemente por su delgadez expresiva, por su precisión ante las más divertidas situaciones. El sabio se probaría a sí mismo que se había sobrepuesto a la amargura Y ahora nos dice: Entiendo que el discurso me salió bien. Si ahora lo releo con ánimo de encontrar defectos, quizá descubra que no me he demorado debidamente en las situaciones destinadas a conmover al lector; pero quiero creer que la falta está compensada por la virulencia de. los. párrafos en que denuncio la bárbara incomprensión de quienes encarcelaron a un sabio. Adolfo Bioy Casares es un maestro indudable de la narración. Ya al comentar La aventura de un fotógrafo en La Plata nos detuvimos en alabar la eficacia de su diálogo. Arranca siempre dé la veracidad de sus personajes, dibujados con una espléndida economía verbal. Sabe distanciarse de lo dramático para no caer nunca en lo plañidero o en lo convencional. Camina por las páginas que nos propone con un auténtico conocimiento de la realidad, y de ella misma se levantan los personajes de sus invenciones. El drama, cuando lo hay, se va tendiendo sobre sus criaturas de manera inevitable, siempre posible. Las situaciones- e n esto puede parecerse a un Cortázar- se elevan en nuestro narrador como una niebla ascendente, que se separa como sin esfuerzo del plano real, aunque éste no se pierda de vista. Hay siempre una distancia elegante, un honesto y viril alejamiento del creador ante sus criaturas; Al autor de Rayuela podemos acudir para subrayar la oportunidad plausible de esta conducta: Dejando de lado los motivos, atengámonos a la manera correcta de llorar, entendiendo por esto un llanto que no ingrese en el escándalo, ni que insulte a la sonrisa con su paralela y justa semejanza. Esta serenidad es una práctica en nuestro autor. Bioy Casares tiene una manera correcta de llorar o de hacernos llorar a los demás. Su humor también está constantemente en guardia para no desmandarse. Los distintos ejemplos que nos ofrece en este libro dan cuenta de un escritor quesabe manejar sus sueños. Y hasta en esta afirmación, para que no resulte demasiado solemne, puede extenderse divertidamente: Ya nos lo advirtió un investigador francés del siglo pasado. Resulta más fácil escapar de las pesadillas que de los libros mediocres. José GARCÍA NIETO de la Real Academia Española A HISTORIAS DESAFORADAS Adolfo Bioy Casares Alianza Tres. Madrid, 1986 tos que ahora forman parte de este libro: Historia desaforada La rata o una llave para la conducta El cuarto sin ventanas El noúmeno Libro sin demasiada unidad. Diez relatos donde la maestría del autor ensaya un haz de caminos de distinto trazado. Son evidentes sus adherencias- y también sus fidelidades- con el maestro. Su elogio de lo- fantástico no deja duda respecto a su credo novelístico: La literatura fantástica y las historias de amor me han acompañado toda la vida. Más aún: me han dirigido por la vida. Yo creo que los escritores que no han buceado en lo fantástico han sido bastante imprudentes, y así les va a muchos. El desplante resulta también de lo más genuinamente borgiano. Pero la fantasía de Bioy parte, indudablemente, de algunas obsesiones inevitables, humanamente padecidas, y luego tratadas con científica minuciosidad. Y sus cercanías con el maestro de El Aleph pueden distinguirse en este tratamiento. Borges ha creado un universo y nos hace participar en él como criaturas invitadas a una fiesta sobrenatural; estamos siempre esperando- e n as zonas más plácidas de sus relatos- que algo venga a sobrecogernos, a sacarnos de nuestra cómoda realidad. Bioy está algo más cerca. Nada como lo fantástico para manejar al lector, adormecerlo al principio, guiarlo hacia el engaño, sorprenderlo, pero no tanto, hasta que diga: Ya pensaba yo eso Estos engaños a que nos somete Bioy Casares son un poco distintos a los dé su maestro y colaborador. Hay algo infantil y virginal en las mentiras de Borges; como hay algo de adulto en las invenciones del autor de Historias desaforadas. Pero acaso puedan resultar impertinentes estas comparaciones qué no aspiran a otra cosa que a descifrar alguna clave de dos escritores que comparten muchas opiniones y que se admiran mutuamente. Si Jorge Luis Borges ha sufrido las cárceles del arte, Bioy Casares ha gozado de esas rejas. El mismo que nos ha querido deslumbrar con una confesión descarnada- mis primeros libros fueron una estafa literaria ahora confiesa su seguridad en el oficio- siempre estoy bullendo, y todo lo que bulle en mí no tengo otra manera de sacarlo que en forma de narración De esas formas, lo decíamos al principio, tienen buena idea nuestros lectores, porque en este Sábado Cultural han aparecido algunos de los reía- Aparte de los citados, donde acaso el más misterioso por la disposición de la gravedad del elemento sustancial, y el más complejo, El noúmeno por su apertura argumental, y el más abismal, por decirlo de algún modo, y también el más borgiano, entre los cuentos que componen estas Historias deaforadas en el que abre el libro, Planes para una fuga al Carmelo se ensaya un final sentimental de sabia contención. (Y valga como paréntesis esa rara habilidad de Bioy para hacer que en algún momento del relato- que no tiene que ser precisamente el del climax -la clave principal de la narración se defina o se apunte. En Las máscaras venecianas transcurre de manera muy original el desarrollo del eterno triángulo amoroso. El relojero de Fausto toca, también de manera muy personal, el tema tan tratado en literatura de la transacción del alma, donde él diablo dice: Hay cosas difíciles de explicar. En el infierno, como en el cielo, puede creerme, somos anticuados. Nos regimos por leyes que en cualquier otio parte serían absurdas. Y una de- sas leyes es la de confundir al protagonista y al lector con la intervención de lo aparentemente humano en lo infernal. En Trío el humor del novelista cubre la amargura que impregna el desarrollo de los temas- porque son varios los que discurren por el breve relato- y el final llega inesperadamente y se corresponde con lo que en ese