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EDITADO PRENSA POR ESPAÑOLA SOCIEDAD ANÓNIMA 12 DE MARZO DE 1987 ABC zia no pasa por perseguir, como se hiciera en época de los Reyes Católicos, según ha narrado Vespasiano de Bisticci, el famoso librero de Florencia, o por desterrar o aprisionar a los nobles ¡ncumplidores de la Ley, cuando la incumplan, sino en aplicar a todos la doctrina del respeto a las normas del Derecho Natural y de Gentes. Así nacieron las ejemplares tesis de un Francisco de Vitoria o de un Domingo de Soto; así fueron posibles las Leyes de Indias para garantizar los derechos de las naciones colonizadas; así fue posible la aplicación de la equidad y de la piedad, tan estractada en los consejos de don Quijote a Sancho cuando va a ser nombrado gobernador de la isla de Barataría; así fue posible la concepción doctrinal de una Concepción Arenal. Pero todo eso sólo fue posible cuando se asentó el Estado, como fundamento neutral de su existencia, en el derecho sustantivo y real que la gente o el pueblo vivía o entendía: cuando el pueblo se sentía constitucionalizado en un proyecto común de existencia donde la escala de valores y su personal vigencia no estaba al vaivén ni de pronunciamientos ni de indiferentes actitudes ante la agresión a su dignidad personal y colectiva. Cuando las verdades y la severidad de las normas, templadas por la misericordia, se aplicaban a todos dentro del contexto ideal de mejora y de igualdad. Pero nunca cuando se atropello con el falseamiento su espíritu y su voluntad, lo que hizo florecer la confusión y el desasosiego. Porque, al fin, todo confluye en un artilugio ininteligible en el que nadie asume plenamente su papel. El rumbo se pierde porque el del timonel es errático y azaroso. Va con el viento del día, no del futuro. Ni el gasto público ni el desorden público son ajenos a la perplejidad. Ni el que no se debatan los proyectos de ley sobre sucesiones y donaciones, ni el que no se discuta la realidad diaria, el paro o la empresa en sus dimensiones reales o técnicas. Al final el REDACCIÓN ADMINISTRACIÓN TALLERES- SERRANO, 61 28006- MADRID FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA A relativa juventud- que fuede sus dirigentes y una política de aparente ruptura, no brutal, con la anterior situación (el régimen de Franco) decía no hace mucho, con otras palabras, un comentarista, han permitido al Partido Socialista (PSOE) imponerse solo en la política española. Para el periódico francés Le Point en ningún otro país el Partido Socialista es tan fuerte como los socialistas socialdemócratas del PSOE. En los demás países deben compartir la función de gobernar con otros partidos; no así en España. La verdad es que tampoco se han esmerado esos otros en su actitud para lograr su necesaria intervención desde la oposición. No obstante, el PSOE se ha encontrado, en su propia preponderancia, con serios problemas: la semilla de un cuasi federalismo que llega desde las expresiones más nimias, lingüísticas, hasta las más arduas de autogobierno, jurisdicciones, competencias y nacionalismos que nada tienen que ver con el panorama constitucional ni con los programas consensúales del sufragio, ni con la mayoría de los programas políticos significativos que se encuentran dentro de una órbita occidentalizada y de proyección nacional. L LA ATLANTIDA ESPAÑOLA ciudadano, ansioso de esperar, busca entender como en la famosa poesía, en el milagro de lo desconocido que a España se refería, en pluma de Rubén Darío y que sin saberlo lee en su mente de mil formas incitadas: Dejad que siga y bogue la galera bajo la tempestad, sobre la ola: va con rumbo a una Atlántida espa ñola, en donde el porvenir calla y espera. No se apague el rencor ni el odio muera ante el pendón que el bárbaro enarcóla; si un día la Justicia estuvo sola, lo sentirá la Humanidad entera. Y bogue entre las olas espumantes, y bogue la galera que ya ha visto cómo son las tormentas de inconstantes: que la raza está en pie y el brazo listo, que va en el barco el capitán Cer vantes y arriba flota el pabellón de Cristo. El pueblo, como dijera el maestro Menéndez Pidal, refiriéndose a otras épocas, permanece indiferente ante el atropello o el falseamiento de su votación, no sólo debido a su falta de información real, sino también porque se le entregó una forma prefabricada para el sufragio universal que no despertaba su interés más que para la libertad; y añadiría yo: si bien con otro propósito, porque buscó a las personas y no a las ideas. La falta de perspicacia o la invidencia de muchos políticos no alcanzó a ver que los hombres no son las ¡deas, sino sus instrumentos, y que por ello, cuando no las sirven, son inútiles. Nada importa hablar de individualismos, de fama (que es tanto como hablar del pasado) de éticas o de religiosidades desconociendo que por encima de todas las cosas el hombre demanda una justicia primaria y no formal, que nada tiene que ver con el poder, la demagogia, el rigor excesivo en la exigencia de allegamiento al erario público, la revolución- siempre discutida y discutible- de la demodé reforma agraria, de la modernidad, de la libertad o del progreso. La poetización popular no pasa por los grandes retos históricos, como el Reto de Zamora o de la Jura de Santa Gadea ni tampoco por la instauración constitucional del Jurado o la crítica fácil de la labor jurisdiccional, sino por el camino de fortalecer una justicia primaria, no a nivel de aplicación solamente, sino de las normas, en la estructura fundamental del Estado. La inviolable giusti- EDICIÓN INTERNACIONAL Un medio publicitario único para transmisión de mensajes comerciales a ciento sesenta naciones ¿Quién, si no, podría tener tanta paciencia? ¿Quién, si no, podría justificar el que cumpliendo una función de justicia se izase a las tribunas de una autonomía a quien es enemigo del Estado y pretende, cuando menos, justificar el asesinato de sus conciudadanos o la derogación de la Constitución o su transformación obligada por la violencia? ¿Quién podría, si no, justificar la actitud de un paciente pueblo que espera el milagro de mano de los iconoclastas? ¿Quién, al fin, no se sonrojaría por no decir nada ante el constante recordatorio de nuestra guerra civil? ¿Quién, de otro modo, no dedicaría las páginas en blanco del silencio sepulcral a no solventar estos dos grandes temas: la identidad nacional (la unidad de España que garantiza la Constitución) y la aceptación de un ideario serio y limpio- tildado de lo que fuere- de derecha o de izquierda, pero, ante todo, conforme al latir democrático del gran pueblo español. A gobernantes y a aspirantes a gobernantes hay que decirles desde algún sitio (el Parlamento también está para eso) que basta de legislar, que devuelvan la confianza al pueblo español en sus instituciones y en la justicia primaria y que- después- sigan legislando y aplicando las demás normas por bien de quienes han de sucedemos. Ellos nos juzgarán y quizá antes nos lo demanden airadamente para no desesperarse en la búsqueda incesante de la Atlántida española. Ramón HERMOSILLA