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ABO REPORTAJE i estaba bordado con miles de madreperlas y sostenido por una tiara de diamantes de la familia Spencer. También llevaba la novia pendientes de diamantes prestados por su madre. Debido a la firme resolución de lady Di por querer adelgazar, cuando ésta fue a probarse el vestido de novia, para gran sorpresa de sus modistos, pudieron constatar que habían disminuido sus medidas, especialmente las de su busto. Del comentario de tal sorpresa nació el rumor de que lady Di sufría una anorexia nerviosa que le había quitado el apetito y la había hecho adelgazar aún más. No obstante, la corte inglesa y sus familiares desmintieron tales rumores. Tradición La tradición quedó cumplida en el vestido. Algo viejo: el encaje antiguo; algo nuevo: el resto de la tela; algo prestado: la tiara, de la colección de su familia. Sólo faltaba algo esencial: la cosa azul. Esto fue, un pequeño lazo que iba cosido en la cintura. Una pequeña herradura, diseñada por Douglas Buchanan, hecha de oro de dieciocho quilates, con diamantes, fue también cosida en el vestido para darle buena suerte, suerte que parece acompañarle desde entonces y que se ha visto acrecentada con el feliz nacimiento de dos hijos, entre ellos, el que será el heredero del hoy príncipe heredero. Así comenzó su día más grande Mañana, TVE emitirá, dentro del espacio Las El día de la boda la novia se despertó a las siete de la mañana, cuando una doncella le pasó una bandeja con café y tostadas y corrió las cortinas. Su madre estaba con ella para ayudarle a prepararse. La novia pasó la noche en Clarence House, residencia de la reina madre. La prepararon el baño. A partir de las siete de la mañana empezaron a llegar los ayudantes. Primero, el peluquero, Kevin Shanley, acompañado de su esposa, Clalre, también peluquera. Claire ayudó a su marido a peinar a lady Di y a las cinco damas de compañía. Tras lavar su pelo, acondicionarlo y secarlo ligeramente, comenzó la labor de Barbara Daly, que fue quien la maquilló. Aunque maquillar una cara puede costar entre una y dos horas, a ella no le tomó más de cuarenta y cinco minutos. También le hizo la manicura y pintó sus uñas en un tono muy claro. Después terminó su labor el peluquero. A las nueve de la mañana llegaron los diseñadores del vestido: David monarquías el programa dedicado a la Casa Real británica y Elizabeth Emanuel. El traje estaba en Clarence House desde el día anterior. A las nueve y media, tras dar los últimos toques al vestido, también lo hizo el peluquero. Entre la dama de compañía y Emanuel colocaron el velo a la novia. La maquiladora dio sus últimos toques a la boca con una barra de labios muy suave. A las diez treinta y cinco la novia y su padre salieron de Clarence House en dirección a la catedral de San Pablo, donde, a las once quince horas de aquella radiante mañana de un 29 de julio y sólo con dos minutos de retraso sobre el horario previsto, se convertía en princesa heVedera de Gales y en la primera inglesa que en trescientos años iniciaba su camino hacia el trono de Inglaterra, rompiendo las tradiciones: no ir vestida de blanco sino de color marfil y mantener echado el velo de novia sobre su cara, cuando siempre había sido costumbre en la familia real británica que al comenzar la ceremonia la novia levantara el velo y mostrara su rostro, un rostro que Diana, la nueva princesa de Gales, mantuvo tranquilo y sereno, sin que la emoción que la embargaba le traicionara Y es que desde aquel preciso e histórico momento, lady Diana comenzaba a prepararse para ser un día la reina Diana de Inglaterra. Con todas sus servidumbres y sacrificios. Jaime PEÑAFIEL LUNES 9- 3- 87 A B C 10: