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LUNES 9- 3- 87 VIOLA, ULTIMO COMBATE CON LA LUZ A B C 55 Un artista legendario Con su larga melena blanca, su sonrisa entre dura e infantil, su voz rota en no se sabe qué martinete surreal, su pasado lleno de aventuras, Manuel Viola (simplemente Manuel como en sus tiempos de la resistencia en Normandía) era entre nosotros el pintor infrecuente e innovador que, prematuramente envejecido, ocupaba ese lugar de maestroamigo al que se miraba y oía como a un fetiche desacostumbrado en Madrid. La vida madrileña no da muchas figuras de biografía rocambolesca, y Viola era ese hombre extraño que en las tertulias casi mesocráticas ponía su nota inquietante de antiguo revolucionario y de misterioso hombre de acción. Misterioso porque no solía alardear de su pasado político lleno de andanzas valientes y peligrosas, y como no presumía de nada, y se le sabía hombre de años difíciles y terribles, sus palabras (rotas siempre en su media voz confidencial) evocaban siempre cosas misteriosas. Manuel Viola era aquel Manuel de Montparnasse cuya vida de aventurero surrealista contó César González- Ruano en una novela francesa (publicada aquí en 1944) Pero la vida de Manuel Viola era todavía mucho más rica y zarandeada. Había nacido en Zaragoza en 1919 (creo que su nombre real era el de José Viola Gamón) y pasó sus primeros años en Lérida, con sus tías, que eran maestras nacionales, y allí, tras cursar el Bachillerato, hizo sus iniciales armas literarias, fundando con otros amigos la revista vanguardista Art en la que escribió sobre música, teatro, literatura, crítica de pintura, y en donde publicó sus primeros poemas de corte surrealista. En 1934 se trasladó a Barcelona con la intención de estudiar Filosofía y Letras, pero la vida literaria lo envolvió y pronto está en el Grupo Atlant, interviniendo activamente en la exposición Logicofobista Pero Viola no era hombre de inclinaciones revolucionarias exclusivamente artistas, y se afilia al Bloc Obrer i Camporol tomando parte como un poeta exaltado en las jornadas revolucionarias de octubre. Entre 1936 y 1939, Manuel Viola estuvo en las milicias del POUM, tomó parte en el desembarco de Mallorca, combatió en el frente de Aragón, estuvo en la batalla del Ebro, y cuando el Ejército republicano es derrotado, toma el camino del exilio y conoce la amargura de los campos de concentración franceses... alistándose poco después en la Legión Extranjera. En 1940 está Manuel Viola en Dunquerque, y al derrumbarse el Ejército francés frente a la invasión alemana, Viola queda desmovilizado y se instala en París, entrando en contacto con André Bretón, Benjamín Perret y los que quedaban del grupo histórico surrealista, a alguno de los cuales había conocido cuando la guerra española. Es entonces cuando hace amistad con Pablo Picasso. En 1941 forma parte del grupo clandestino La maín a plume en cuyas publicaciones clandestinas interviene con poemas y críticas de arte, pero como lo suyo era la lucha de verdad, nuestro Manuel Viola ingresa en la Resistencia y se la juega en la Batalla de Normandía, donde, por cierto, se decide a ser pintor, cosa que hasta entonces no había sido. En 1945, después del desembarco aliado, Manuel Viola vuelve a París y se relaciona con una serie de artistas de vanguardia, y expone con ellos en el salón de independientes que aquei año se celebró en París. En 1946, con su bélico seudónimo de Manuel (el Manuel de Montparnasse que había conocido César González- Ruano, con el que viviera más que rocambolescas aventuras) Viola toma parte en varias exposiciones colectivas muy importantes, entre ellas las del grupo español de la Escuela de París... Y ya en España expone individualmente en la galería Estilo de Madrid (1953) Al año siguiente, la galería Claude Bernal, de París, adquiere toda su obra, y en 1957 expone en esta galería, enviando también al Salón de Mayo. En 1958, tras exponer en la colectiva Pintura española de vanguardia que se celebró en el Club Urbis de Madrid, Manuel Viola entra a formar parte del grupo El Paso, y a partir de entonces se queda a vivir con nosotros el legendario Manuel de Montparnasse, haciendo de vez en cuando una visita a París dándose algún que otro paseo por el mundo, pintando febrilmente, incorporando su nombre al de los grandes repertorios del arte contemporáneo, convirtiéndose en una de las figuras clave del movimiento pictórico español. Fueron, hasta hace no mucho, años de apasionado crear, de ir y venir animándonos a todos, años de cordial convivencia en los que su figura anticonvencional le daba a la vida artística madrileña una inyección de aire libre. Era impensable una reunión sin Manuel Viola, sin su voz rajada en un misterioso cante gitano (como decía su amigo el bailarín Vicente Escudero) Era un gran amigo y tenía eso que está en todas las bocas y en muy pocos pechos: un gran corazón. Su exilio a El Escorial nos privaba de su fantástica compañía, y en toda reunión, y en toda inauguración, la pregunta anhelante era siempre: ¿cómo está Viola? Estaba mal, irremediablemente mal. Un pudor de hombre fuerte lo mantenía apartado. No quiso que le viéramos en su decadencia física. Se quiso aislar con sus recuerdos de juventud y de combate, de sus lejanos días de Montparnasse, de la Resistencia, de los amigos a los que tanto amó... Juan Antonio Gaya Ñuño dejó escrito, al tratar de la pintura abstracta en España, que Manuel Viola es el primer efectivo maestro que topamos, un pintor vehemencial en cuanto haga. Su pintura abstracta, llena de ráfagas disparadas, electrizantes, conflictivas, organizadas por una mano maestra, ha procurado, en ocasiones, coincidir con masas situacionales de egregios cuadros de la pintura española. Viola es pintor de primera entidad y de poderoso dominio de espacios aparentemente incontrolables Su pintura abstracta se relaciona con El Greco de las apoteosis cenitales, con el Goya fragmentario de El Coloso A veces es como- un Delacroix cuyo tema disimulara nuestra mirada. ¿Y si Viola fuese uno de los pintores más figurativos que hemos tenido? Lo que ocurre con su figuración es que no se identifica con las imágenes familiares de nuestro entorno, pues es una figuración poética, sin referencias, sólo idéntica a sí misma... Hablé de esto muchas veces con Viola, y siempre asentía. A. M. GAMPOY