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54 ABC VIOLA, ULTIMO COMBATE CON LA LUZ LUNES 9- 3- 87 Violaciones de Viola Quiso ser torero Viola lo contaba con su voz rajada, rota por el polvo de mi barrió del Arrabal zaragozano que había querido ser torero, que supo de las primeras penalidades de todos los que inician la difícil andadura del hermoso arte de Cuchares. El pintor quiso emular las glorias de sus paisanos Nicanor Villalta y Florentino Ballesteros, pero la fiesta entonces- nunca fue un camino de rosas- se presentaba como una quimera inalcanzable. Viola tenía un sentido estético del arte de torear. Sabía por propia experiencia lo difícil que es crear belleza delante de una fiera que sale a matar, aunque no se lo crean los animalistas solía decir. No cultivó la pintura de toros, pero admiraba muy sinceramente a los mejores artistas del género. No regateaba los elogios para el maestro Roberto Domingo, gustaba de la agilidad del trazo de nuestro Antonio Casero y del tipismo del actual Pepe Puente. Viola ha hecho bueno el dicho de que cada español nace con un torero, un soldado o un cura dentro. Como Camilo José Cela, vivió lo mejor de nuestra fiesta, que es la ilusión de llegar a ser figura. Los propios triunfadores de los ruedos reconocen que no hay nada en la fiesta como los esperanzadores comienzos, cuando el toro, tal vez por ignorancia, tal vez por el ansia de triunfo, produce fnenps miedo. De alguna manera también la fiesta de España está de luto, porque se le ha muerto uno de sus toreros. Y sé muy bien que a Viola no le desagradaría leer que había sido torero: el sueño más feliz y codiciado de su niñez. Vicente ZABALA C OMO el torero que no llegó a ser, Viola se abría paso a la hora de la verdad de ponerse ante el cuadro, de encararse con ese toro huidizo y bravo de la creación. Le tentaba la suerte, como le tentó la muerte. Verte y no verte, dan ganas toreras de recitar, porque, en su arrebatada lucidez, hay veces en las que parecía a punto de perder los trastos y de dar un traspié fatal. Pero se salvaba, al borde mismo de la catástrofe y, adicto al riesgo, volvía a buscar el peligro. Su pintura levanta emoción, pone en pie de asombro a la sensibilidad y provoca tempestades. No era la suya una provocación fácil para asustar a los apocados, una suerte de demagogia estética que, moralmente, no se compadecía con la índole del personaje. Se trataba de una provocación más grave y perturbadora que, si por una parte rondaba los abismos del espacio, por otra vía alumbraba los alientos de absoluto que anidan en el espíritu del hombre. Es una conquista de lo inalcanzable y una excitante proclama del poderío de la libertad creadora. Viola era un- arquetipo de la intransigencia moral, un legionario de la belleza. Con pincelada que exhibe los estigmas de la poesía, consigue conectar con algo que en nosotros habita y establece una relación clandestina entre el cosmos y el hombre. Sus cuadros son parábolas incandescentes y explosivas, aptas sólo para la comprensión de los aventureros del conocimiento. Viola resucitaba, en ascua viva, algunos relumbres súbitos de la más gloriosa pintura española, con retazos de arrebatado misticismo y estallidos dramáticos del tenebrismo, palpitos del claroscuro y plateadas confidencias velazqueñas. El instinto le guiaba entre las tinieblas y es como si los ángeles rebeldes arrimaran su luz a los pinceles exquisitos e indisciplinados. Es una estrella que, desnuda, brilla, que se ha roto en pedazos. Al aire de Klee podría hablarse de improvisación psíquica. La de Viola es una morfología extraña y distorsionada que por su exquisita atención a las necesidades últimas del hombre consigue conectar con la gran espiral de la esperanza colectiva. Es la hora de vestir las sombras con las tempestades apremiaba el surrealista Viola en uno de sus poemas clarividentes. Eso ha sido su obra y su vida. La tempestad que, enfurecidamente, traspasaba las sombras del mundo, la lucha heroica por liberarse de todas las ataduras, la destrucción o el amor, como Aleixandre proclamaba, para construir de nuevo y desde la raíz de la aurora. Una tentativa de infinito que desborda los límites visibles. Negro sobre negro, cima de la purificación del deseo, mística entrega y abandono a la gracia, punto ornega de una plástica que nunca había alcanzado ían exaltada expresión. Es el paso decisivo de las tinieblas a la luz, de la angustia a la esperanza, un universo en gestación que está a punto de pasar, de la noche al día. Salvador JIMÉNEZ Un visionario de la luz interior Anteayer mismo estuvo pintando, rasgando luces, encendiendo oscuridades. Preparaba una exposición antológica para Zaragoza. En su taller han quedado pinturas inacabadas, proyectos, en marcha, gestos quebrados. La muerte de Manuel Viola ha llegado cuando yo también me encontraba en El Escorial, y he podido vivir la desolación que ha dejado su personalidad poderosa. Viola traspasaba todas las etiquetas. Era más que un pintor. Más que un legionario. Más que un disidente. Más que un fundador de El Paso. Más que un poeta encendido de palabras sin pistas. Era un visionario de la luz interior, del gesto que se quiebra y enciende la opaca y gris pizarra de la vida. Viola fue el vitalismo desgarrado y desbordado. En estas palabras precipitadas, al filo del dolor de su ausencia, quiero subrayar su libertad de vida y de acción plástica. Cuando no había libertad él supo tomársela por la brava. Nadie fue capaz de contenerle, de acotarle. Como pintor, supo participar en la. protesta y huir de la vanguardia cuando se hacía retaguardia. Luego se vino a El Escorial, para seguir pintando con la libertad del retirado. Pintaba abstracto o se divertía dibujando con su pincel arlequines o gallos de. pelea. Lo que quería. Nunca pintó al dictado de nadie. No creía en su pintura, ni en la inmortalidad, ni en ninguna abstracción posterior. Por eso no guardó las reglas del juego comercial. Y pintó sin estrategias. Hizo lo que le dio la gana y ésa fue su gloria. En otra gloria no creyó. Ha muerto sin homenajes, sin reconocimientos oficíales. Su pintura no está en la defensa de una política un tanto sectaria en lo cultural. Es lamentable. Miguel FERNÁNDEZ- BRASO Fiel a sí mismo Manuel Viola se integra en un movimiento que puede considerarse histórico dentro del panorama artístico de este siglo y que ha jugado un papel importantísimo en el florecimiento de nuestra pintura: el grupo El Paso. No puede olvidarse que la aparición, en el año 1957, de este colectivo, en cuyo nacimiento y fundación tuvo tanto que ver Viola, supuso la recuperación del arte de vanguardia en España, que se había visto truncado a causa de la guerra civil. Manuel Viola fue, sin duda alguna, uno de los artistas claves dentro de este renacimiento. Fue un pintor que optó por la abstracción. Y hay que decir también que siempre se mantuvo fiel a sí mismo, que nunca abandonó los caminos que él mismo se había trazado y por los que discurrió su magnífico arte. Aurelio TORRENTE -Perfil de palabras La tradición: En la vida se comete un gran error. Concretamente la tradición como algo estancado, inmóvil. Pero la tradición se hace, no se recuerda. Lo que pasa es que muchos confunden tradición y remora. Desconocer o negar el pasado es, en pintura y en todo, comprometer el presente, condenarlo a quedar inadvertido, desaprovechado. El trabajo del artista: Yo trabajo a rachas, por corazonadas y obsesiones. No hay que pensar demasiado. Lo importante- a mi juicio- es la permanencia en el taller. En la inspiración no creo, o sea, creo que no existe. Un artista es, con perdón, como un burro con una flauta: dale que dale hasta que aciertas un sonido. Los miedos: Tengo miedo, sí, muchas cosas. A estar equivocándome de plano. A estar haciendo algo que, a pesar de interesarme a mí, no interesa a nadie. Tengo miedo a la incomprensión. ¿Y por qué no? La muerte: Entre las pocas cosas que me interesan en la vida, paradójicamente, está la muerte, y está en relación con mi propia obra. Maestros: Todo lo mejor que aprendí me lo enseñó Cézanne. El me descubrió los tonos y valores de la pintura, que son, a juicio mío, su contenido fundamental. Pintura y sangre: En el fondo de cualquier manera mía de pintar está siempre latente algo poético, que es el origen de mi entrada en la pintura. Detrás de toda ella existe siempre una intención muy española no en su cobertura, sino en su sangre... Sin la sangre la pintura no es otra cosa que escayola. La belleza: Voy contra todos los esquemas preestablecidos en la mente y definiciones de belleza a priori... La belleza es una mentira convertida en lugar común.