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EDITADO POR PRENSA ESPAÑOLA SOCIEDAD ANÓNIMA 9 DE MARZO DE 1987 ABC recuerdos, unidos casi siempre a la noche y el vino, son sólo fragmentos de una existencia esparcida generosamente hasta el final. Hemos de pensar ahora en lo que nos queda después de su desaparición: la obra, única realidad comprobable, presente, viva, patrimonio ya del arte español contemporáneo al que Manuel Viola se incorpora en Normandía y al que no vuelve (tras su regreso a España y tras un breve paréntesis de inactividad) hasta 1953. En ella están estas ráfagas violentas, curiosas, excesivas como la propia personalidad del pintor. Estas ráfagas que le caracterizan y singularizan y en las que apenas tiene competidores, si exceptuamos una primera fase de Rafael Canogar y otra (gestual) de Antonio Saura, muy diferenciados ambos, por otra parte, en cuanto a intención y procedimientos. Ráfagas que hacen de Viola un pintor de esos que no necesitan firma en sus cuadros para que estos sean identificados instantáneamente. El feliz hallazgo de la pincelada explosiva (y no aislada, como en Hartung, y perfilada como en Soulages, ni hecha signo y gesto, como en los abstractos norteamericanos) sitúa a Manuel Viola en un compartimento para solitarios, mientras su vivir le hace hombre popular y abierto a todas las amistades, paradoja que comparte con su paisano de región y de sordera, el don Francisco de Fuendetodos. Es hecho comprobado la simultaneidad del descubrimiento, científico o artístico, cuando las condiciones de la civilización alcanzan su punto crítico. No hace mucho, con motivo del fallecimiento de Andy Warhol, recordaba REDACCIÓN ADMINISTRACIÓN TALLERES- SERRANO, 61 28006- MADRID FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA REO recordar una f r a s e escrita hace ya más de medio siglo, por don José Ortega y Gasset en La deshumanización del arte en la cual señalaba que el arte contemporáneo, a diferencia del anterior, dividía al público en dos categorías: los que comprenden y los que no comprenden. Por fortuna o desgracia, esta actitud de extrañeza carece hoy de sentido y es más que posible que cualquier joven, educado (como aquella niña francesa del cuento) en un ambiente de desaforada vanguardia, o de estricto abstraccionismo, exclame al ser llevado al Prado o al Louvre para contemplar las obras maestras de los clásicos: Mais... ils sont sous! Este grito, en cambio, era frecuente en las primeras exposiciones de un grupo de artistas nuevos que, durante tres años, habría de revolucionar los ambientes artísticos, dentro y fuera de España. Era El Paso fundado en 1957 y disuelto en 1960, grupo al que perteneció Manuel Viola desee mayo dfr 1958 T fecha en la que, si no me equivoco, pinta La saeta cuadro que marca el inicio de su última y definitiva etapa: la del expresionismo abstracto. Porque Manuel Viola, Manolo Viola, hombre situado entre la realidad y la leyenda (que habrá de obligar a sus biógrafos a caminar con tiento por el laberinto de fechas, lugares y personas) es conocido casi exclusivamente por esta faceta de su pintura que, como la de tantos otros pintores no figurativos, viene del surrealismo y ha de ser su coincidencia en el tiempo con El Paso la que lleve a punto de eclosión su tremendismo integral, al igual que en otros contemporáneos, también adscritos a la no figuración, adquiere forma, estilos y texturas diferentes. Y es que en Viola el arte, como la vida, es algo tremendo. Tengo (todavía) la imagen de un Manuel Viola de 1958, en una Navidad que él celebraba rodeado de gita- nos. Tengo el eco de su voz ronca, roncaleza, aguardentosa. La visión de su pintura, que algunos han calificado de goyesca y otros (como Carlos Areán) de zurbaranesca, por su apasionada sinceridad y por las gamas de sus sepias calientes, entreverados de relámpagos marfileños. Pero estos C MANUEL VIOLA, SAETA TREMENDISTA LA MAYOR COLECCIÓN DE ALFOMBRAS PERSASY ORIENTALES Certificado de origen y garantía de cambio. rví D iüi Facilidades de pago. po 1 1 Resales. 10 l Tei. 241 90 883 fenómeno del Pop- Art de tan importantes consecuencias. Hoy hemos de insistir en el fenómeno de El Paso en el que coinciden y con el que coinciden numerosos artistas, llegados por vías diferentes. La presencia de Manuel Viola no fue, indudablemente, un hecho accidental, que obedece a una lógica del desarrollo del arte, cuyas exigencias generacionales atañen a todos y que cada cual interpreta con arreglo a su temperamento. En el caso de Manuel Viola la misma agitada superrealidad de su peripecia humana le lleva al tremendismo. Un tremendismo que ya no necesita modelo (como en Goya) sino que está en la propia esencia de su pintura. Un tremendismo hecho de fulgores de camposanto, de rabiosos brochazos, de pasiones sugeridas por el color y la composición. Es (si nadie lo ha dicho, debería hacerlo) una pintura emocionante, calidad ésta rara y difícil en el abstracto. Pintura dramática también y comprometida en cierto modo con ese vago anarquismo del pintor, que podemos traducir por individualismo racial, lo que no le impide, por cierto, ser uno de esos ciudadanos del mundo tan en boga, precisamente, en la década de los cincuenta. No es posible separar la obra del pintor de s u humanidad. Eso ocurre sólo en ocasiones, pues hasta el Romanticismo, el pintor trabaja en la Corte o se limita a cumplimentar encargos de la Iglesia o de los poderosos. Manuel Viola es el prototipo del pintor libre, independiente, hacedor de cuadros que responden a etapas, a momentos determinados, como quiere la más moderna de las modernidades. Y es asimismo el hombre agitado, buscador de autenticidades, explorador y etnólogo de la gitanería y el cante hondo (del que era un experto conocedor y un gran aficionado) viajero imprevisible que, finalmente, buscaría su reposo prostrimero en la sobria y pétrea geometría de El Escorial. La última vez que hablamos con Manuel Viola (en la exposición de otro pintor aragonés) estaba enfermo. Su voz, más ronca que nunca. Su rostro, más delgado. Pero la chispa, el fuego de su hablar dificultoso, evidenciaba su propósito de seguir vivo, de pintar, de permanecer. Quizá ignoraba, en su modestia, que ya estaba perpetuado en su pintura. Javier RUBIO