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XVÍ ABC ABC fileravio La última palabra 7 marzo- 1987 T ET- V. -V era el último regalo que Luisa había traído a esta casa y como tal la guardo hasta hoy. No me fue penoso, pues tengo dos recuerdos de alguna vez haber palpitado junto a alguien. Mi. madre, que se llamaba Luz, y ella, la india de Jujuy que vino a morir a la espesura. Siempre tuve el convencimiento de lo estable y ello es la causa de que mis movimientos hayan hecho daño. Pienso ahora en la muerte de mi madre; fue la primera en esta casa y ocurrió en mi ausencia. Eran tiempos de miseria. Hasta el monte llegaban mezclados con las voces de la sangre- los españoles estaban muriendo en África- aromas del café y la fortuna de América. Cada tres meses salía de Gijón un barco con destino a La Habana o Buenos Aires. Las tres ciudades eran para nosotros desconocidas, incluso la más cercana: signos en el aire, promesas, vanos sueños que abrigaban el invierno. Yo era feliz con mi alimento, con mi austera desnudez, con el tabaco de picón, que éste sí traía a mi mente fantasías e imágenes de América. Así me fui. Atraído por un rumor, sin ser arrastrado por la necesidad o la angustia. Tan de mañana fue, que estaban los pájaros durmiendo. En mi ausencia llegó la muerte. Según me contaron, llegó al atardecer y encontró a mi madre cocinando- así decía ella- las hierbas de su salud. La carta que me entregó don Baldomero, entonces conserje del Centro Asturiano de Buenos Aires, carecía de detalles, igual que yo carecía de identidad para el que me la envió, probablemente el cura que atendió al entierro. Recuerdo que al final decía: Sus vecinos han colocado un portillo a la entrada de su hacienda. Aquella frase escrita para mi tranquilidad me hizo caer en la añoranza más profunda. Removía mis raíces y hacía visible a mis ojos, no la hacienda, que tal nombre no merece mi casa, sino el terreno, la población silente que cada noche había rodeado mi sueño y cada amanecer acariciaba mis ojos. ¿Dónde habrán puesto el portillo si mi casa es un bosque? La madre murió cocinando sus hierbas, las mismas de cada anochecer, y nadie advirtió mientras la vieron ninguna enfermedad en su cuerpo. Murió como he de hacerlo dentro de un instante. Las hierbas se consumirán en el puchero y el fuego se apagará a media noche, después en derredor los ruidos del bosque, algún murmullo extraño entre los árboles que noten la ausencia... Con el alba, Carolina su perrilla canela, atrajo con su llanto a los segadores. Llega hasta aquí el suave deslizarse del río, ronco rumor será dentro de unos días y ya no estaré para escucharlo. Como las brasas que en el lar se agitan presintiendo su muerte, los recuerdos vinen cuando ya me estoy marchando. El río y su verde capitel de avellanos fueron mi otra casa vegetal que resumía todo el valle. Recuerdo su amanecer, su mediodía y su tarde. Allí pasé mi infancia feliz entre su arrullo, las sorpresas de sus habitantes, la luz tamizada, fresca, limpia luz del despertar del día. La luz hiriente, fugaz; la cálida luz del sol en lo alto. La neblinosa, mortecina luz que anuncia la noche. Con todas ellas mi cuerpo sintió placer y compañía. El río fue mi primera pasión y la causa primera de mi humana soledad. Los hombres cuya alma se parece a la de los animales de establo odian el río. Eso piensan, pero en realidad le temen. Amantes sobre todas las cosas del fuego y las techumbres, tiemblan ante la desnudez del árbol y el desasosiego del agua. En el rio yo soñaba con mi padre, al que no llegué a conocer. Murió del pecho después de haber amado la canción y el vino blanco. El no supo que iba a morir, porque la enfermedad es la negación de la muerte, y estuvo varios meses confiando en su juventud contra la fiebre. Nunca pude imaginarlo como un árbol. Alguna vez en el río tumbado sobre una lávana viendo pasar las nubes, pude imaginarlo como un pájaro. Encontró cobijo en Luz. Ella sí era de mi mundo, arbusto que gustaba de estar próximo al camino vecinal para tender sus ramas como caricia o protección. El no supo que iba a morir y la muerte le sorprendió buscando salud en los ojos de mi madre. Ella, en la misma soledad que ahora rodea mis pensamientos, recibió la muerte cumpliendo las horas del día, no para dejarla, sino para que entrara en su casa como un vecino que necesita el favor de sus hierbas, que viene a tomar salud de su compañía. Estamos aquí para dejar de estar. Ya no puedo oír el rumor del río ni el batir de la higuera contra el muro del Sur. Ha llegado el silencio hasta mí Ahora si hablo me imagino que hablo. E! recuerdo de una habanera se desliza entre mis labios, que aún puedo humedecer. He de salir si quiero ver la luz sobre las montañas de Relloso, la última claridad que al reflejarse desde el mar pone un círculo de nieve en las cumbres. Arriba treman las luces de la aldea, abajo la niebla irá creciendo como un río de incienso. Sé que no voy a ninguna parte. Al cerrar la puerta no escucharé su quejumbroso tropezón. Bajaré por la huerta hacia el bosque y allí seré ya un tronco caído, una rama rota. Es la noche del rayo para mí. I,