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7 marzo- 1987 ABC ÍÍ 7 Cra? ÍO ABC XV La última palabra José Méndez Nortiimbría E sido visitado por ella los últimos treinta años, a su huella salvaje de mi ser. De haber sido un hombre, pero través ascendido hasta la aldea y en su ausencia tocado por la altivez, la soledad y la locura de un árbol. regresado a casa tras mi candil guiado por el dimiHace frío ya. Las nubes llegan desde el mar y habrá innuto resplandor del carburo. Esta luz del amanecer en el vernada. Estamos en los días del buho y las aguas del río bosque se parece a mí. Tiene la humildad de mis gestos, bajarán grises como cuchillos, la trucha permanecerá al la liviandad de mi cuerpo, la tristeza de mi soledad, la cor- abrigo de los xardos hasta el mediodía. Sí habrá invernada, pero yo no cantaré para advertir a mis vecinos de que ta duración de mis intenciones y promesas. va a cambiar el tiempo. Durante años lo hice a pleno pulAhora sé que voy a morir y no me pesa. ¿Qué es la món desde el fondo de la huerta. Cantaba los tangos y mimuerte sino la cesación de esta luz? ¿Sino el silencio que longas de la Pampa. Ellos reían lejos. En sus tierras o en se abatirá sobre la casa? Vendrá el silencio y se quedará sus prados detenían su labor para escucharme, encendían para siempre sobre el lar, rondará alrededor del garrafón y un cigarrillo y apoyados en el mástil de su guadaña o en el de la espuela, bajará a la cuadra y nada prevalecerá con- mango de su azada reían como animales inocentes. Esto tra él. Así será mi muerte, que está llegando, entretenida les diferencia de mí, yo quise ser como un árbol. Ellos, aún en algún arbusto de la montaña, visitando algún galli- aunque nunca lo hayan elegido, son como los animales nero, acabando el respirar de un tordo. La espero como que tan afanosamente cuidan. Sus ovejas, sus vacas, sus aguardo el final del día. Será la tercera visita que haga a caballos. Mi memoria ño les ofende, hay animales nobles y esta casa; después de mí tardará años en volver. Si aca- animales torpes. Mis humanísimos vecinos dirigían su miso, habrá muertes inocentes. Morirán estos seres que han rada hacia esta casa y eran felices. ¡Pampa de mi juvensido mi compañía, pero su muerte no puede dolerme, por- tud! Para ellos mis canciones eran un pequeño aquelarre, que habrán durado más que yo y volverán a brotar idénti- para mí nostalgia y consuelo. cos a sí mismos, libres de mí. Libres de mis cuidados, de mis caprichos a veces malévolos. Nunca fui muy humano, quiero decir que nunca me conduje exactamente como un ser humano, pero en aquella Nadie rodeará su tronco con alambres y ellos podrán mi- época de la juventud fue cuando más cerca estuve de llerar el sol por donde más les plazca, inundar por capricho gar a serlo. Ahora sé que todo era por mi alegría inagotalas paredes de mi casa, horadar el granero, derribar los ble, pero la alegría no es exactamente un sentimiento, es establos. Tomarán silenciosa venganza de que yo haya una forma de estar y es posible que de ahí proviniera mi existido, puesto distancia, gobernado el agua, arrancado confusión. Nunca he tenido sentimientos, mi conducta se sus hierbas vecinas. Y al tiempo, con ellos quedará una rige- también hoy, que es mi última jornada- -por estados. Son los hechos, los accidentes, los que llegan y me transforman, igual que las estaciones, la lluvia o la sequía transforman el semblante de las plantas. H José Méndez nació en Asturias en 1952. Ha publicado dos libros de poemas, El oficio de la necesidad (1980) premio Ciudad de Alcalá de Henares; En esta playa (1985) Ediciones El Observatorio. Este relato formará parte de un volumen de cuentos. En la Argentina conocí el amor, pero después supe- cuando ya se había cumplido lo irreparable de mis actos- que no fue un amor. Fueron diez años en los que mi pecho se dilató como una puesta de sol. La encontré cuando ya estaba pensando en volver. Necesitaba una mujer y podía tenerla. Podía hacerla feliz, pues poseía la fuerza de un litre, o la conjunta, silenciosa fuerza del hayedo que resguarda mi casa de los vientos del Norte. Como el litre, desconocía yo el poder malsano de mi sombra. Luisa vino hacia mí y se internó en mi pecho. Era india, pero entre sus antepasados hubo sangre española. Mujer fiel, sabrosa, de una energía sutil, me gustaba como siempre me gustó la fruta. Yo la maté. No conforme con tenerla a mi lado, la traje aquí, a esta nortumbría española. No sabía que el Norte puede ir al Sur, pero no al contrario, el Sur pierde sustento en estas frías humedades. Fueron días terribles. Ella, que fuera gozo vegetal, que reía como si siempre estuviera en primavera, comenzó a encogerse sobre sí misma. Las facciones de su cara, antes redondas, tomaron los ángulos del miedo. Una tarde, sentada ahí en el banco junto al fuego, cayó al suelo. Sus manos, plegadas sobre el pecho; las rodillas, recogidas junto al vientre; su pelo largo rozando la ceniza. Cuando la cogí para llevarla a la cama, su peso había desaparecido. Bajo las mantas yacía un resto vegetal. Nadie más tuvo obediencia hacia mí; quiero decir que nadie más se unió a mi corazón. Entendí al fin- e l dolor, como todo, es patrimonio del tiempo- que la soledad