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7 marzo- 1987 ABC Hiera río ABC XI -Pensamiento y ciencias sociales- Neocontractualismo y crisis de legitimidad Fernando Vallespín Oña, Nuevas teorías del contrato social: John Rawls, Robert Nozick y James Buchanan, Alianza Universitaria (Madrid, 1985) 226 págs. 1.100 pesetas NO de los síntomas de la crisis actual es la pérdida de la legitimidad del poder político en las democracias avanzadas. Ciertamente, el principio democrático sigue siendo reiteradamente invocado, pero la unanimidad, si es que existe, cesa en el momento en que se desciende del ámbito de los principios al de la realidad. Los análisis de autores como Habermas o Bell no han hecho sino explicitar la crisis de legitimidad e indagar sus causas y sus posibles soluciones. Por otra parte, el triunfo del neopositivismo y de la filosofía analítica no hacía sino vedar el camino a los intentos de búsqueda de una fundamentación ética del poder. No puede, pues, extrañar que en esta situación se haya producido una rehabilitación de la filosofía práctica en la línea de la tradición aristotélica que implica una vuelta a la filosofía política en el sentido de intentar un repláriteámiento de sus premisas normativas. Se trata, en suma, de plantear el problema de cómo debe ser la organización política de la sociedad, de cuál es el criterio de legitimidad del poder; en definitiva, el problema de la Justicia. Desde este punto de vista, algunos autores ha reivindicado la teoría clásica del contrato social. En Europa han revitalizado esta teoría, entre otros, Habermas, Apel y la Escuela de Erlangen. Pero no cabe duda que la obra de Rawls Una teoría de la justicia es pionera en este sentido y constituye tal vez la principal aportación de la filosofía política del presente siglo. Se trata de una lúcida respuesta a la crisis de legitimidad de la teoría democrática clásica y a la necesidad de renovar los principios del liberalismo. El interesante libro de Fernando Vallespín constituye una exposición crítica de las principales teorías neocontractualistas norteamericanas: la teoría de Rawls acerca de la posición original la deducción de los principios de justicia y sus consecuencias prácticas, el anarcocapitalismo o liberalismo radical de Nozick y su teoría del Estado mínimo como único marco posible de la Utopía de la teoría del contrato social de Buchanan, cualificado representante del movimiento del Public Choice. El intento de estas teorías de legitimar ciertas formas de democracia y liberalismo a partir de una concepción individualista de la sociedad y del Estado debe ser valorado positivamente, pero como las teorías clásicas de las que proceden pecan de cierta artificiosidad y en el fondo presuponen lo que se pre- tende probar, de manera que les sería aplicable lo que M. E. Mayer atribuía a las teorías del derecho natural que, como el prestidigitador, sacan de la chistera lo que previamente han introducido. La variabilidad de los resultados que obtienen de las mismas premisas parece corroborarlo. ¿Para qué sirve la competencia? Harold Demsetz, La competencia. Aspectos económicos, jurídicos y políticos. Alianza Editorial (Madrid, 1986) 115 págs. NA de las críticas que a menudo recibimos los economistas es la que afirma la inutilidad de la teoría económica por la falsedad del postulado de competencia perfecta. Ustedes presuponen- s e nos dice- que el mundo económico funciona bajo condiciones ideales de libre competencia. Pero como esto no es así- s e añade- su teoría para nada sirve. Y el crítico, con gran frecuencia, pasará a continuación a defender alguna idea esotérica que, eso sí, tendrá muy poco que ver con la ciencia económica ortodoxa. Lo peor es que mucha gente estará de U U sigue siendo, bajo este nuevo prisma, un elemento fundamental del análisis económico que permite predecir el comportamiento de los diversos agentes en sus mercados en función precisamente de la importancia de las restricciones y costes antes mencionados. Harold Demsetz, desde su cátedra en Los Angeles y sus numerosos trabajos publicados, ha sido una de las personas que más han hecho por el desarrollo de lo que podríamos denominar nueva microeconomía, es decir, aquel análisis de precios en el que tanto los costes de información como la intervención del sector público y la vida política crean distorsiones en el funcionamiento de los mercados. Su libro La competencia recopila varias conferencias pronunciadas por el autor en Holanda el año 1981. No debe el lector esperar encontrar en él nuevas aportaciones o especulaciones de nivel elevado. Se trata, en cambio, de una exposición sencilla, carente de formalización, de algunos de los principios básicos de la teoría de los precios, es decir, del fundamento mismo de la ciencia económica. Su claridad y actualidad convierten a esta obra en una excelente lectura para quienes comienzan a estudiar economía o están interesados en la evolución reciente de esta ciencia. En los dos capítulos finales Demsetz extiende su análisis a la consideración del comportamiento de los políticos y burócratas, poniendo el énfasis en los intereses de grupos e individuos que se esconden tras el aparente objetivo de búsqueda del bien común que pregonan los gobernantes y funcionarios. Ha sido éste un campo de estudio que ha experimentado un gran auge en los últimos años gracias al desarrollo de la teoría de la public choice o elección pública, al que tanto ha colaborado el último premio Nobel de Economía, James Buchanan. Demsetz relaciona con ingenio estos modelos con su teoría general de la competecia y apoya el principio de que la habitualidad en la realización de operaciones obliga al vendedor, en condiciones de competencia, a un cierto grado de honestidad, si no quiere ver perjudicados sus propios intereses. La idea no es nueva, desde luego, pues ya hace dos siglos el fundador de la ciencia económica explicaba en estos términos por qué los comerciantes son más honrados que los políticos y por qué, entre éstos, los diplomáticos no destacan especialmente por su probidad. Piensa, con razón, el profesor norteamericano que la oferta del mercado político se aleja mucho más de la libre competencia que la del mercado económico. Si hay acuerdo en que la competencia es buena para los consumidores, no es absurdo argüir que las políticas antimonopolísticas y de defensa de la competencia son más necesarias en el campo de la vida pública que en el de la economía del sector privado. Puede parecer sorprendente, pero no son pocos ya los economistas que creen tal cosa. Francisco CABRILLO Ignacio SÁNCHEZ CÁMARA acuerdo con esta argumentación, ya que el supuesto postulado de la competencia perfecta ha creado confusión a no pocas personas en sus estudios de economía. Es lo cierto, sin embargo, que resultaría muy difícil encontrar a un solo economista que fundamente la validez de su análisis en la existencia de competencia perfecta. Tal término es utilizado para definir un modelo ideal caracterizado por el comercio de bienes totalmente homogéneos, por la información perfecta de compradores y vendedores, por la no existencia de costes de transacción y por la presencia de un número tan elevado de oferentes y demandantes que ninguno de ellos puede, con su conducta individual, modificar los precios establecidos en el mercado. Es claro que no resulta fácil que tales características se den en una determinada industria o sector productivo. Pero de aquí a concluir que estos principios condicionan el desarrollo de la teoría económica hay largo trecho. En realidad, han sido precisamente economistas especializados en el análisis microeconómico los que en la última década más han insistido en la importancia de los costes de información y transacción, es decir, en esas circunstancias que hacen que los principios de la ciencia económica sean bastante más complejos de lo que los simples presupuestos antes apuntados permiten intuir. Y en su obra, la teoría de la competencia