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VI ABC ABC florarlo -Poesía 7 marzo- 1987 -Novela- Génesis de la ternura Pedro Miguel Lamet Adonais. Ediciones Rialp. Madrid. 1986 Hace algunos años se reunía en una antología algo así como un grupo profético dentro de la poesía española, con un desafío claro: la renovación de la poesía religiosa. Etiquetas o relativismos aparte, ese grupo ha dado ya líricos de primera línea, el más a mano y representativo, José Luis Martín Descalzo, clave en el movimiento, entre los que Pedro Miguel Lamet logra un lugar inequívoco. Y lo logra porque en el nuevo mester de clerecía son también muchos los llamados, pero pocos los poetas elegi- P e d r o M i 9 u e l L a m e t dos. Lamet demuestra que lo es, no obstante su discreción en la llegada, casi sin hacerse notar, dejando su huella, paso a paso. Aunque de acuerdo con un aggionarmiento generacional, del que en un momento participan otros líricos del grupo, sus modos son más concentrados que clamorosos, en la línea de un poeta de sensibilidad intimista y no desbordada. El autor de Génesis de la ternura piensa que cualquier mundo posible que pudiera crearse se llenaría de Dios... Es la convicción que legitima el calado religioso de sus libros. Lamet crea a Dios de algún modo en su conciencia como todo poeta verdadero, y lo hace presente en su radical indigencia de ser humano. Todo ello, lógicamente, sin exigencias deterministas unamunianas, posibilita la transparencia del misterio. Sin vida interior no hay, naturalmente, poesía, porque tampoco hay identidad humana. Está lejos también la poesía de Lamet, de ser un sos desesperado o una hoguera para elevarse en columna de humo- confusión de una torre de Babel- según es uso entre los líricos especulativos o trascendentalistas. Por el contrario, el autor de Génesis de la ternura es un peregrino de lo absoluto que se abisma sobre las cosas para tratar de encontrar las realidades invisibles en las visibles. Era así ya en su primer libro El alegre cansancio y lo es ahora. Su poesía es, de una parte, un gran salmo que arrullando la tierra nos invita a esperar los acordes ocultos, como dice en un poema de El templo de la sorpresa y de otra, una protopalabra, un metalenguaje, mensajeros de una realidad en la que su alma conjura y recrea las cosas nuevamente. Pedro Miguel Lamet se queda fuera de estos nerviosos movimientos desmitificadores de lo sagrado, a la búsqueda de una profanidad secularizadora. Siendo un poeta que escribe con palabra moderna y viva, la defiende en su caso por el caldo de cultivo de una fragante religiosidad. Lamet es más poeta cuando más cerca se siente del misterio. Canta para ser, al modo rilkeano y se confiesa un viajero por el mundo existente, expresión del reino palpitante de la poesía. La nostalgia es el resultado connatural de su operación poética donde las personas y las cosas tienen huellas de las palmas de Dios... Este libro, Génesis de la ternura cierra una amplia parábola casi sinfónica. Porque el vaso de tierra que el poeta es para recibir el mundo de El templo de la sorpresa la añorada presencia de Dios en las cosas de Del mar y el peregrino y Los cuadernos del nómada y la habitada realidad de lo cotidiano de Volver a andar la calle se convierte en un recipiente de luz todo alma, bien que contemple el propio mundo y el inmediato cuerpo, en un análisis cuasi antropomórfico. Como si tuviera- y así e s- fulgor dentro. Tal iluminación no se produce de manera gratuita, porque Lamet en Génesis de la ternura hace una reducción de su tono lírico y de su mediación formal, devolviendo la realidad a un ámbito genésico, donde el ser humano recobra cualidades edénrÉas. Claro es que Pedro Miguel Lamet recala en un plano teológico, dando jaque mate a determinados maniqueísmos. Si toda su poesía surge de un concepto integrador, cósmico y teilhardiano, Génesis es la prueba definitiva. No estorba la deslumbrante belleza descriptiva del libro, su despliegue magistral de todos y cada uno de los poemas, para entender la calidad mística del poemario. Todas los poemas son células vitales y estéticas confabuladas en el vértigo de una sacudida trascendente propia del medio divino A mí Génesis de la ternura me recuerda algunas inflexiones de Martín Descalzo, tanto por lo que se refiere al mundo poético- -entre el asombro y la ternura- como por la especial manera de recrearlo. Lamet ha escrito su mejor libro. Pero sobre todo ha conseguido ofrecernos un pequeño universo preternatural y fascinante. No es Génesis un libro a partir de una suerte de oda elemental a los miembros del cuerpo humano. Y no lo es, porque Lamet, aún habiendo asimilado la posible influencia de Pablo Antonio Cuadra o Pablo Neruda reanima trascendentalmente el esquematismo o la estructura textuales. En realidad asistimos en este libro a los siete días de la creación- con un demorado canto al hombre de carne y hueso- con la impresión de que nos es dado poseer el mundo. En medio de los poemas como De la boca asombrosa de la nada y Un pan de muchedumbre la minuciosa y realista consideración- -a veces franciscana, a veces tectónica- de Apuntes de anatomía reclama para poemas como El cabello o Los pies A una pierna El lóbulo de la oreja El sexo o El culo su parte en el misterio de una redención que no tiene por qué ser teológica. También la palabra tiene esta connotación sobreañadido de remontar el mero lenguaje... Florencio MARTÍNEZ RUIZ Pasado negro Rubem Fonseca Seix Banal Editores Barcelona, 1986. 219 páginas Una vez más- como sucedía con El gran arte (ver ABC, Sábado Cultural del 2- 1284) -se conjugan en Pasado negro una trama policíaca con un humor que oscila entre lo grotesco y lo patético, y unas inquietantes historias de amor (no en vano el protagonista- escritor Gustavo Flavio se presenta como un sátiro y un hambrón, libertino y seductor, aunque tardío descubridor del eros y de la mujer, con mucho de parecido al donjuanísimo abogado Mandrake, de El gran arte que se adoban con sabrosas instancias de magia, de ciencias o de creencias populares. Y en un marco de invectiva y crítica social. Un conjunto de ingredientes que sostienen y acrecientan interés y entramado, curiosidad y alternativas ya reales, ya inverosímiles. Y todo, apoyado con un estilo ágil, fluido, un ritmo trepidante, un desenfado un tanto exagerado en experiencias gruesas, por momentos, si bien contrapesado por un ingenio l l agudo y por incursiones líricas. La acción se desencadena con el hallazgo del cadáver de Delfina Delamare, la cenicienta huérfana que se había casado con el millonario Eugenio Delamare, sentada al volante de su Mercedes, y con la heridad letal oculta por la blusa de seda, y el arma, un niquelado revólver calibre 22, en la mano. A primera vista, un suicidio. Pero un libro, Los amantes de Gustavo Flavio, en la guantera del coche, y con esta dedicatoria: Para Delfina, que sabe que la poesía es una ciencia tan exacta como la geometría pone en la pista del sabueso inspector Guedes al escritor Flavio como principal sospechoso. Otros detalles de la vida privada de Delfina, y de su infeliz matrimonio, conducen hacia el celoso marido como posible autor o instigador de su muerte. Flavio, amante de Delfina- y como suele en una extraña costumbre- va contando detalles de esta relación clandestina a Minolta, una chica con quien ha vivido diez años aislado en un pueblecito, tras su pasado negro como empleado de una agencia de seguros. Precisamente en esa época el joven Flavio había investigado- y llegado al meollo- de complicidades de altos cargos de la agencia en el cobro de un seguro millonario fraudulento. Su descubrimiento del veneno del sapo (ayudado por el extraño doctor Ceresso, que también aparecerá muerto misteriosamente) y sus virtudes para producir vida latente o muerte aparente, es decisiva. Y su celo en desenterrar al muerto en el cementerio provoca la muerte de un guardián. De ahí su autoexilio. Una narración muy bien estructurada (con saltos de tiempos y complicaciones del entramado) afirman el dominio técnico de Rubem Fonseca (nacido en 1925 en Juiz de Fora, Estado de Minas Gerais, Brasil) y su sagacidad y talento para complicar e implicar (y salir airoso) entre tanta tela de araña. Una obra llena de facundia, interés y sugestión. Rolando CAMOZZI