Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
7 marzo- 1987 LEGIR es difícil, por más que a veces pueda ser tarea apasionante. Aceptar una determinada selección en el terreno del arte puede proponernos una lucha con nosotros mismos, espectadores, lectores, oyentes. A cada momento, sin afán de critica, se suscita un problema y un juego. Esta muestra de pintura aquí colgada ante nuestros ojos ¿serla la que nosotros hubiéramos hecho? esta discoteca, preparada para sonar en nuestros oídos, trátese de una época, de un músico, o de toda la música de todos los tiempos, ¿coincide con nuestros gustos? nos acerca al seleccionador? nos aleja de él... ¿Y tratándose de literatura... ¿Y si nos acercamos solamente a la poesía? ¿Y si cerramos más el campo de nuestra atención y hacemos un ramo- una antología- de poemas de amor escritos en castellano... ¿Se trata de ser objetivo? ¿orientador? ¿O intentamos sorprender con la posible novedad de nuestro gusto o de nuestra originalidad de selectores? ¿Hacemos algo reiterado y formal? ¿O corremos el riesgo de detenemos en lo sorprendente? Creo que no caben términos medios. Hay quien no le tiene miedo al acto casi sobrehumano de ponerle puertas al campo por feraz y amplio que aparezca. Sacha Guitry, hace ya algunos años, como consecuencia de unas charlas sobre arte en la radiodifusión francesa, tuvo la temeridad- simpática, eso sí, y, sin duda, inteligente de elegir Cien maravillas entre todo lo producido por el hombre artista en la historia de los tiempos. El libro, totalmente gráfico, recogía desde el manuscrito de La educación sentimental de Raubert, hasta la estatua de Balzac, por Rodin; desde el retrato de Erasmo, por Holbein hasta un autorretrato de Goya; desde la Venus de Milo hasta un caballero del Greco. Naturalmente el habitual chauvinismo galo le hizo aumentar la redondez de la centena y la selección llegó a las ciento cincuenta obras. Nuestro Azorín se atrevió a declarar en unas páginas de la revista Escorial cuáles eran sus cien obras preferidas de la literatura universal, y hoy día está en curso de publicación esa colección Borges que nos conduce por los luminosos- y tantas veces caprichososescogimientos del genial argentino. Estas noticias aisladas son singulares ocurrencias que nos llevan a justificar las posibilidades de un habitual juego literario o artístico. Pero ¿está justificada esta selección de cien- algunos más- poemas de amor de la lírica en lengua castellana? ¿Qué ha pretendido el autor de la compilación y cuáles son los resultados? En principio- y sin olvidar, por supuesto, la consabida frase de que toda antología es un error -el repaso de los nombres nos pareció más desenfadado que atractivo, porque no nos bastaba el prólogo vacilante de José Batlló para justificarse de su empeño. La poesía es materia sagrada a la que todo lector tiene que acceder con fe, con rigor y. en este caso, muy especial con serena capacidad de discernimiento, porque no basta con que el antologo nos diga: los ciento y pico poemas que aquí se recogen son, ciertamente, antológicos, como podrían serlo otros ciento u otro AB. C OTcrarío ABC V huecos son más que evidentes. Como contrastan algunas innecesarias o impertinentes inclusiones, con poetas desconocidos y poemas que no son ciertamente antológicos como quiere hacernos creer el antologo. Algunos autores, tenidos por conocidos y documentados deberían ir acompañados de aíguna imprescindible noticia. El libro tendría que haber sido más cuidado y mejor leído. Sirvan como ejemplo algunos errores... En la Escala de amor de Jorge Manrique, donde dice: Ellos fueron causadores que entras en aquestas gentes debe decir: Que entrasen aquellas gentes... En el famoso soneto de Quevedo Amor constante más allá de la muerte se ha transcrito incorrectamente el primer verso del primer terceto. En la rima XLVI de Bécquer, se escribe abrazos por brazos y resulta este supuesto endecasílabo: Los abrazos me echó al cuello y por la espalda. Creemos que está mal representado Salvador Díaz Mirón, como lo están Rubén Darío con su poema Mía Lo mismo ocurre con Manuel y Antonio Machado, aunque hay que respetar los gustos del antologo. Pero en la línea de los errores, habría que estar más atento a la transcripción del conocidísimo poema Mañana de la Cruz de Juan Ramón Jiménez, porque además ha sido de los más cuestionados respecto a su redacción definitiva. El texto recogido en Leyenda por Sánchez Romeralo, según redacción última de J. R. J. difiere sustancialmente del primitivo, y una pequeña nota hubiera resultado de verdadera utilidad para el lector. Pero la agresión, que hubiera escandalizado al minucioso maestro, consiste en ofrecer una versión del famoso estribillo Vamonos al campo por romero vamonos, vamonos por romero y por amor donde se dice, al entrar la estrofa por tercera y última vez en el poema: Vamonos por romero y amor. Y alguien podría pensar en un poema tan revisado por su autor que la errata cometida ahora era una variante más del poeta. Pero no debemos seguir; que estas líneas sirvan solamente de precaución y alivio de caminantes a los posibles lectores de esta centena de poemas. de amor recogidos por José Batlló a quien tanta gratitud debemos por sus constantes desvelos como difusor de la poesía. Es una lástima que este libro, esmerado en su vitola externa, tengamos en cualquier momento que consultarlo con desconfianza. Y también que tengamos que evitar alguna página de inexplicable presencia. Por más que Batlló se escude en la amplitud y liberalidad con que le amparan Eros y Thanatos, binidad indescifrable, e inseperable, indestriable, que toda persona lleva en sí el procaz poema de Margara Sanz no debería aparecer en una antología amorosa que se ha iluminado con los nombres de Garcilaso, Gerardo Diego, Juana de Ibarbourou o Luis Cernuda. No copio lo peor del poema de la poetisa, que termina así: Uno y uno, dos solos: yo y esa mierda que tú soy y yo añoras, desgraciado. José GARCÍA NIETO de la Real Academia Española E 1 CIEN POEMAS DE AMOR DE LA LÍRICA EN LENGUA CASTELLANA Selección y prólogo de José Batlló Editorial Lumen. Barcelona, 1987 millar que ha quedado fuera de las páginas de este libro. Y más adelante: Pero se tía (he) querido ofrecer un panorama amplio, lo más amplio posible dentro de los límites que aconsejaba la sensatez editorial... ¿La sensatez consistió en contar los cuadernillos del cuerpo impreso? ¿La elección de la centena, el título, viene dado, pues, por una cuestión de euforia según se nos aclara en el prólogo? Este es informe, insuficiente y tímidamente escapista, porque José Batlló no ha tenido la precisa arrogancia para hablarnos un poco de su real gana al incluir en estas escasas páginas algunos poemas que han ocupado el sitio de otros que podían tener mayores merecimientos. En campo tan amplio hubiera sido más interesante un criterio más agresivo- -valga la palabra- donde de alguna manera se hubiera notado ese criterio y hubiera prevalecido un gusto parcial. En otro caso habría que seguir un procedimiento más riguroso y clásico. Es tímida y convencional la selección de la primera parte, si consideramos el libro dividido en tres; es caprichosa y confusa la segunda, con ausencias inexplicables; injusta la elección que se ha hecho de los nombres contemporáneos. Es imposible señalar las ausencias. Entre las más flagrantes se encuentra la del soneto de Dámaso Alonso ¿Cómo era? que no podría faltar en una antología amorosa del siglo, como pieza fundamental y mayoritariamente aceptada. Como se echan en falta los nombres del colombiano Eduardo Carranza o de los españoles Luis Rosales, Leopoldo Panero y Germán Bleiberg, entre otros. Se ha ido deprisa al caminar por algunas épocas, y aun dentro del cercado de ciertos poetas. ¿Cómo no incluir alguno de los sonetos llamados del manso de Lope de Vega... Pero insisto en que los