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EDITADO PRENSA POR ESPAÑOLA SOCIEDAD ANÓNIMA DE MARZO DE 1987 FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA ECIENTEMENTE, en el Estado norteamericano de California se han celebrado elecciones para dirimir una cuestión lingüística. Los resultados se han comentado con ignorancia, con entusiasmo hispánico o con hostilidad. No son buenos consejeros para que las cosas se expliquen con claridad y mucho menos oara que las entiendan bien quienes no tienen porqué saberlas. He aquí una responsabilidad de las muchas que el periodista, de cualquier condición que sea su ejercicio, tiene con el público que en él confía. Acaso la primera sorpresa haya sido el referéndum, pero no extraña en un país como Estados Unidos. Allí, problemas de este mismo tipo (designación de una lengua como instrumento colectivo) tienen algunos antecedentes: nada más lograda la independencia se pensó si la naciente Unión sería libre hablando una lengua que había venido de Inglaterra. Discutieron y llegaron a una conclusión: si a los ingleses les molestaba que otros poseyeran el mismo instrumento lingüístico que ellos, eran libres de pasarse a otra lengua, pero los Estados seguirían hablando inglés. (Luego, a imitación de estos hechos, Tas naciones de Hispanoamérica, Brasil incluido, no quisieron hablar español, castellano o portugués e inventaron lo de lengua nacional, que no es decir nada. Por supuesto, siguieron hablando español o portugués. Volvamos a Estados Unidos: ahora estamos en 1789. Se creyó que el patriotismo local iba a resentirse teniendo la lengua de la vieja metrópoli: y sometieron a votación el asunto: ¿hablarían inglés, hebreo o griego? El buen sentido se impuso y ganaron los defensores del inglés. Lógicamente, lo que esos legisladores habían resuelto era, ni más ni menos, el derecho a su propia lengua, con independencia de cuál fuera su origen. Esto, tan evidente, merece no pocas explicaciones, porque los planteamientos se hacen con supuestos erróneos que sólo valen para quienes ignoran todo, incluida su propia existencia como hombres. (Un buen día- por decir algo- un político extremeño explicaba por televisión que el problema de Extremadura era no tener lengua propia. Lo malo es que el político extremeño estaba hablando. Otro día una muchachita aragonesa escribía desconsolada desde Barcelona porque no tenía identidad. Como si aquello en que escribía fuera posesión de los labrantines de cualquier paramera. Otro día un lector de español en Holanda quería olvidarse de la lengua nacional para hablar algo que aún hay que inventar: el pobre no se daba cuenta que, de prosperar sus deseos, se quedaría sin puesto de trabajo, y mal andan las cosas por estos pagos. Que un país no tenga en su Constitución constancia de cuál es la lengua nacional no quiere decir que no tenga lengua nacional. Porque la lengua es el bien más compartido, el más inalienablemente propio, el que subyace en todas las manifestaciones de la colectividad, no ha necesitado de mayores declaraciones. Una Constitución es el instrumento que cada puebio tiene para convivir y para pervivir; en ella recoge todos los intereses que afectan a la existencia del individuo y de la propia nación, y se formula (la Constitución) y se formulan (las leyes) ABC en una determinada lengua. La que entienden todos ios que son ciudadanos de un Estado, por eso no necesita más aclaraciones. La Constitución de Estados Unidos está en inglés, la de México en español, lo mismo que la de Colombia o la Argentina, por más que en ninguna de ellas se haya dicho cuál es la lengua nacional. Es evidente que al perfeccionar el instrumento político que es la Constitución se sienta la necesidad de decir cuál es la lengua del Estado, o su forma de gobierno, o su religión, o decir que nada de esto tiene que ver con lo que se va a legislar. Y así ha ocurrido. Ecuador fue el primer país hispánico que constitucionalmente declaró cuál era su lengua: en 1929 se reconoció el español como idioma nacional (No voy a hablar aquí de idioma nacional porque esto nos llevaría muy lejos. Después vinieron otros reconocimientos, incluida nuestra propia patria, que, en 1931, dictaminó y bautizó a su lengua con un criterio harto discutible, tanto que en la Constitución cubana de 1940 se quitó el nombre de castellano para poner el de español, que era lo que en la Península defendían los doctos y la Academia, por más que no les hicieran caso. (Achaque de estos andurriales: un prohombre, al hablar de cuestiones técnicas decía: No quiero expertos, quiero políticos. Con lo que cobra triste realidad algo que Unamuno censuraba: el Espíritu Santo ha plegado las alas y la vox populi ha reemplazado su quehacer. Pero allá lejos, en el siglo XVIII, Feijoo se había ocupado de estos asuntos, y los había resuelto de la única manera que la sensatez permite. Pero esto son pedanterías que no cuentan. Pues bien, Estados Unidos no tiene deparada cuál es su lengua en la Constitución de 1787. Estados Unidos lleva doscientos años con la misma Constitución y no podemos decir que les vaya mal. Pero en Estados Unidos la única lengua nacional es el inglés. Y a él se refiere cualquier acto que exija aclaraciones lingüísticas. Por ejemplo, una interpretación a la enmienda XV (1875) establecía que una prueba de alfabetismo para ejercer el sufragio constituye el ejercicio por el Estado de un poder legítimo Claro que el alfabetismo se hacía en inglés, no en bantú o samoyedo; incluso la extensión de la ciudadanía a las clases inferiores determinaba como REDACC ION ADMINISTRACIÓN T TXERES- SERRANO, 61 2 800 6- M ADR ID R EL DERECHO A LA LENGUA NACIONAL imprescindible el conocimiento del inglés; a los demás también: para alcanzar la ciudadanía, además de un poquito de cultura nacional y de jurar fidelidad a la Constitución, se les hace un examen de inglés. En 1900, la Corte Suprema publicó su Consideración general sobre el significado de las palabras utilizadas y, naturalmente, la cuestión no tenía vuelta de hoja: Las palabras deben tomarse en su sentido natural y obvio. ¿De qué lengua? Como las disposiciones están redactadas en el lenguaje del derecho común inglés, deben ser leídas a la luz de su historia No quiero agotar tu paciencia, lector amigo, pero permíteme aducir otro testimonio: cuando el Poder Legislativo (1832, etc. necesita aclarar conceptos especifica con absoluta coherencia cuáles son los principios por los que se rige, y, en el artículo VI, 2 establece: Un tratado es un acuerdo solemne entre naciones. Las palabras tratado y nación, sin embargo, son palabras de nuestro propio idioma. Que nada de esto afecta a las minorías es obvio. La política de los Derechos de las Constitución y, durante la dominación norteamericana en Filipinas (actos de 1926 y 1927) se consideró inconstitucional una ley que prohibía a los comerciantes chinos llevar su contabilidad en chino y ello porque los privaba de libertad. Este es el derecho de ¡as personas. El derecho público puede motivar otras cuestiones, y esas sí que pudieron- -y pueden- afectar al mundo hispánico (Puerto Rico, por ejemplo) pero de esto tendríamos tanto que hablar como Ulises en la choza de Eumeó. Sólo una vez en Estados Unidos se intentó prohibir una lengua: fue después de la primera guerra mundial, cuando se eliminó el alemán de la enseñanza. De ello vinieron a resentirse las escuelas luteranas (que también tenían derecho a la libertad) el caso llegó a la Corte Suprema, que negó licitud a la medida. Esto es lo que yo sé de un problema que técnicamente me afecta, que patrióticamente me conmueve ¿en la misma medida lo sienten aquéllos a quienes queremos redimir? que humanamente me lacera. Mucho tendría que hablar de estas y de otras mil cuestiones que tienen que ver con la lengua: desde pronto descubrí (nadie me lo vino a contar) que nuestro destino se llama América. Desde California a la Patagonia, desde Puerto Rico a Retalhuleu mis pasos han ido allí donde nuestra lengua se habla. He sufrido picaduras de miles de hormigas en la selva amazónica, vi el gesto de la muerte camino del río Meta, viví todo lo mal que se puede vivir en las yacijas que encontré para mis fatigas o arrostré todas las dolencias que amagan en la falta de higiene. Pero siempre tuve una alegría: estaba sirviendo a mi lengua. Y la serví en los lugares más recónditos del planeta o allí donde necesitó la defensa de mis pobres fuerzas o en los miles de alumnos de todo el mundo que conmigo aprendieron la pasión por el español. Pero la verdad es la verdad, y non vale el azar menos por nacer de mal nido Manuel ALVAR de la Real Academia Española personas motivó la enmienda V de la CARRANZA, 25 I MADRID I