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RELIGIÓN -DOMINGO 1- 3- 87 Buena nueva Cara y cruz: TODO ES AÑADIDURA Aunque una madre se olvide de su hijo, yo no te olvidaré. Isaías No juzguéis antes de tiempo, dejad que venga el Señor. Pablo Nadie puede servir a dos señores... No andéis agobiados... Buscad el Reino de Dios y su justicia... Lo demás se os dará por añadidura. Evangelio ¿CAMBIO EN LA IGLESIA ESPAÑOLA? ¿Qué ha ocurrido esta semana en la Iglesia española? Los resultados de las elecciones para los cargos directivos de la Conferencia Episcopal ¿son una anécdota? ¿Son sólo el signo visible de una nueva sensibilidad que ya existía? ¿Son el anuncio de un cambio efectivo y profundo? Me parece que limitarse a decir que se ha producido un giro a la derecha o que la Iglesia española se ha vuelto de repente conservadora son puros ejercicios de frivolidad. Pienso que es más honesto intentar calar en profundidad en lo ocurrido (aun cuando sólo sirva para plantearnos preguntas) Tres son, si no me equivoco, los hechos que caracterizan estas jornadas: la nueva división del Episcopado en la votación de su presidente; la elección de monseñor Suquía; el absoluto continuismo en todo el resto de los puestos directivos. ¿Qué quieren decir estos tres hechos y cómo se: compaginan entre sí, aunque parezcan- y tal vez: sean- contradictorios? El primer hecho visible- y muy llamativo- fue la división del. Episcopado en dos bloques a la hora de la elección presidencial. Dos bloques cerrados estratificados, impermeables, congelados; sin la oscilación típica de los votos en las situaciones fluidas. Los votantes de uno u otro candil dato se mantuvieron (salvo muy pocas excepciones) inamovibles, compactos. Si esto llama la atención es porque, tanto antes como después, los obispos insistieron en que tal división no existía. Pero los hechos mostraron lo contrario. En las vísperas de esta jornada, algunos diarios y revistas montaron una guerra episcopal en la que los bandos se atacarían a cuchillo, con golpes de Estado casi, al asalto de la presidencia. Los obispos se irritaron ante esta caricatura y repitieron tercamente que la división no existía. Y algunos otros periodistas ¿ingenuos? repetimos esa misma tesis. Pero hoy debe reconocerse sencilla y paladinamente que quienes hablaron de división, de batalla, exageraron en sus caricaturas y en sus melodramatismos, pero acertaron en lo sustancial del problema: había grupos, había batallas más o menos subterráneas. Los hechos lo han demostrado. ¿Y dónde y por qué se producía la división? Aquí regresamos a la ambigüedad. Tras su elección, el cardenal Suquía, asé- guraba en rueda de Prensa que los obispos sólo se diferenciaban en detalles en distintas sensibilidades qué el pian a realizar era el mismo, que no sería él quien impusiera la línea de la Conferencia, sino quien se sometería a la marcada por los demás obispos. Lo mismo repetían tercamente todos tos obispos. Y entonces el observador no entiende. Si las diferencias eran de detalle ¿por qué esa tan cerrada separación en las votaciones? Si el plan era común y compartido ¿cómo no se logró un consenso más unánime? La gente sólo se divide por cosas serias, por opciones diferentes. ¿Es que en los obispos se trataba de una tensión entre personas? ¿No sería más bien entre programas, entre diversas visiones del presente y del futuro de la Iglesia española? Tal vez por eso me impresionó tanto- y me agradó más- que el cardenal Suquía me confesara, en una. charla privada e informal y que, por lo tanto, no ha de tomarse muy al pie de la letra, algo que matizaba de manera distinta lo dicho en la rueda periodística: Cuando hace unas cuantas semanas algunos compañeros obispos comenzaron a hablarme de estas elecciones y dé que me querrían de candidato, reuní a mis obispos auxiliares y les dije: Efectivamente yo soy consciente de que la Iglesia española necesita un cambio. Hace quince años nuestra Conferencia asumió un cambio al pasar de monseñor Morcillo a monseñor Tarancón. Con ello se adaptaba al cambió que entonces había experimentado (a Iglesia. Ahora otra vez ha cambiado la Iglesia en su conjunto, pero no la Iglesia española. Hay así una... distonía, que no es buena. Los años de monseñor Merchán no son sino la continuación de los de monseñor Tarancón. Han sido buenos para este período, pero ahora es necesario un cambio. Si vosotros creéis que yo soy el candidato para realizarlo, estoy dispuesto. Me encantó la sinceridad del cardenal. Y estoy seguro de que la misma sinceridad se ha mostrado, dentro del aula, en el debate anterior a la votación. Pero me pregunto por qué esto no se dice claramente, al aire. Porque el tema de fondo es importante y suscita montañas de preguntas: ¿Es cierto que la Iglesia ha experimentado un cambio últimamente? ¿En qué y hacia dónde? ¿Necesita la Iglesia española un cambio similar? ¿Dónde y en qué está tal distonía? Guando decimos que es necesario el cambio ¿decimos que la actual dirección era incorrecta o que debe ser acelerada? Si se va a cambiar ¿en qué? ¿Y hacia dónde: hacia atrás, hacia la derecha, hacia la izquierda, hacia arriba, hacia el interior, hacia adelante? Preguntas graves todas ellas en las que sólo contamos, con la seguridad de que monseñor Suquía- y el resto del Episcopado mantendrán el equilibrio y el pulso necesarios. Pero aún hay otro problema más: Si el proyecto de la mayoría que votó al presidente era un cambio ¿cómo reconfirmó a todos- a todos- los obispos que habrían de realizarlo en todos- e n todos- los puestos del Ejecutivo y la Permanente? ¿No será un cambio que nace condicionado o maniatado? Preguntas, muchas preguntas. Sólo el futuro las responderá. J. L. MARTIN DESCALZO Todo es realmente añadidura, empezando y acabando por uno mismo. Al nombre, creyente en la práctica totalidad de sus vivencias, le sobran razones para la gratuidad; cuando Dios entra dentro de sus creencias es cuando la gratuidad se hace gozosa y testimonial. Es más segura la fe donde se ve gratuidad que la gratuidad donde se dice haber fe. Sólo una descarada y grosera apropiación indebida nos lleva a la soberbia y a una ineducada independencia. Podemos hablar de dos grupos de añadiduras recibidas por el hombre: unas previas al hombre mismo y en las que también él es añadidura: la vida, el tiempo, el correctísimo funcionamiento de las leyes físicas... cada latido de su corazón, la respuesta de su propia alma en sus dichosísimas comprobaciones en la misma frontera de la infinitud de la divinidad. La gratuidad es tan perfecta que a sabiendas de que en cualquier momento podemos ser desposeídos, no existe ni una sola redamación total o parcial, nadie ha solicitado un segundo de prórroga a esta perfectísima añadidura que somos nosotros mismos: añadiduras en el origen, añadiduras en el disfrute. En esto no ha habido conquista alguna, ni para la fe. Hay unas segundas añadiduras de las que habla el Evangelio de hoy igualmente garantizadas y más seguras que el amor de una madre las que nacerían en nosotros en la medida en que buscáramos el Reino de Dios y su justicia. Este Evangelio no siempre se ha querido entender bien: Jesús no establece oposición entre el Reino y la preocupación por la comida o el vestido. No son afanes contrapuestos sino subordinados. Es justamente allí donde se entiende y establece el Reino de Dios donde los hambrientos encuentran pan y los desnudos vestido. Cuando el Reino se entiende como uña ocupación despreocupante de los pobres es cuando la acusación de alienante se hace cierta sobre la religión. Jesús establece una oposición radical entre el servicio a Dios entendido como un establecimiento de la fraternidad y la justicia entre los hombres (Dios no necesita camareros) y un servicio al dinero entendido como símbolo del poder y de la esclavitud. Las añadiduras siguen garantizadas pero están subordinadas a la intervención del hombre. Sin justicia no hay añadiduras para nadie. Sin justicia, hasta Dios se oscurece... Sé está notando. Jaime CEIDE