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DOMINGO 1- 3- 87 INTERNACIONAL Irangate Los hombres del presidente ABC 41 El lance ha dejado malherido a Ronald Reagan, aunque no ha hecho un cadáver político de él nes eran buenos y por pensar que, de ir algo mal, un discurso al país del presidente por televisión lo arreglaría, como ocurrió más de una vez. Y cuando Shultz o Weinberger protestaban ante aquel despliegue creciente de heterodoxia, se les cerraba la boca con: Esto es lo que quiere el presidente. Era una fórmula condenada al desastre. Tarde o temprano, algo tenía que ir mal, alguien tenía que descubrirlo. Y fueron precisamente lo iraníes. Pues resulta que aquellos celosos patriotas que hablaban dé llevar el pabellón norteamericano a lo más alto terminaron entregando secreta, humillante, ignominiosamente armas a Irán y utilizando cuentas suizas secretas para desviar el dinero a los contra El batacazo que se dieron fue monumental. Lo malo es que el país se lo dio con ellos. El lance ha dejado malherido a Reagan, aunque no hecho un cadáver político. Tiene una posibilidad de rehabilitarse, si vuelve a ser el que era, para lo que necesita, ante todo, mejores ayudantes. Para él ha sido una durísima lección. Para todos, una advertencia de lo peligrosa que es la hora de los triunfos. LOS FAVORITOS En este siglo, apenas ha habido un presidente que no haya pagado la humana debilidad de tener un favorito, un hombro sobre el que llorar. Tuvo mucha suerte, en ese sentido, Franklyn D. Roosevelt, cuyos favoritos fueron dos: Louis McHenry Howe y Harry Hopkins. El primero, era un hombrecillo notorio por su alto sombrero de copa, que había sido periodista y que hasta su muerte, en 1948, fue secretario personal del presidente y quizá su más íntimo amigo, al que todo el mundo quería en la Casa Blanca. Hopkins fue secretario de Comercio y el consejero de más fiabilidad para Roosevelt. Su salud era tan frágil como la de Howe, pero tenía un inmenso atractivo para las mujeres. Sólo escándalos pequeños rizaron algunas veces la amistad de esos tres hombres. Truman, en cambio, ya tuvo serios proolemas con su compañero de escuela, de armas y de política, inseparable de él, su ayudante militar, general Harry Hawkins Vaughan. Este Vaughan era un hombre pintoresco, que en la puerta de su despacho en la Casa Blanca había puesto un rótulo que decía: Disfruta de la vida. Es más tarde de lo que crees. Metió a Truman en un buen lío haciendo que regalasen a la señora Truman nueve refrigeradores porque ella se había quejado de que se le estropeaban los alimentos. Eisenhower tuvo como favorito al ex gobernador Shérman Adams, al que respetaba mucho. A Adams le prestó una alfombra persa un tal Barnard Goldfine, millonario textil. Descubierto esto, Goldfine paró en la cárcel, donde se volvió loco y murió, y Eisenhower despidió inmediatamente a su viejo y querido Adams. Kennedy no tenía un favorito, sino todo un clan el de los irlandeses, pero su hombre de máxima confianza fue su hermano Robert. A Lyndon B. Johnson le salió rana un ayudante por impúdica exhibición en unos servicios públicos. Jimmy Cárter tuvo su cruz- aunque bien llevada- en su consejero Hamilton Jordán, un Playboy muy inteligente, y en cuanto, a Reagan, demasiado amigo de sus ami gos, como era Truman, su hombre era Donald Regan. Manuel BLANCO TOBIO William Casey: un espía metido en la política Uno de los creadores de los Servicios de Inteligencia norteamericanos durante la segunda guerra mundial, que se hizo luego millonario en los negocios. Fue jefe de la campaña presidencial de Reagan y éste le puso al frente de una CÍA desorganizada: falta de medios y de moral. Hasta sus muchos enemi- v gos reconocen que supo darla todas esas cosas. Pero (al mismo tiempo, la prestó para asuntos que si no violaban la ley, estaban en su mismo borde. De su inteligencia nadie duda. Lo que se teme es su falta de escrúpulos. Aunque también, ¿qué se espera de un espía? un cáncer de cerebro justo cuando su declaración era más necesaria le retiró de escena. Casey ha sido siempre oportuno, incluso sin buscarlo. George Shultz: el espíritude la auténtica Administración Representa en el escándalo la Administración auténtica, oficial, frente a la espúrea y secreta. Se opuso, con Weinberger, a una operación dudosa en todos los sentidos: político, moral y estratégico. Pero fue desbordado una y otra vez por los que decían que interpretaban el sentir del presidente con más pureza que él. Y el presidente, aunque no lo confirmaba, tampoco lo negaba. Le faltó el valor o la visión para dimitir a tiempo. Pudo ser falta de decisión o temor que al hacerlo hiciese estallar un asunto en el que estaban envueltos el prestigio de la Administración y vidas humanas. Pero de haberlo hecho, se hubiese ahorrado la reprimenda recibida y hubiera ahorrado al país el bochorno de este escándalo. Robert McFarlane: una figura patética en el escándalo Otro marine -e l Irangate está lleno de ellos, no para su gloria- que de ayudante de Haig pasó a dirigir el Consejo Nacional de Seguridad. Pero desde el primer momento se vio que era un puesto que le venía ancho por todos los costados. En él, McFarlane vivió acosado por las crisis mundiales sin solución- Oriente Medio, Centroamérica, el desarme, el terrorismo- y por la sombra de sus destacados predecesores. En la aproximación a Irán vio una oportunidad para emular a Kissinger en su apertura a China, sin darse cuenta de que Jomeini no es Mao; ni las circunstancias, las mismas; ni él, Kissinger. Incapaz de aguantar el peso de su fracaso, intentó suicidarse, pero hasta en eso fracasó. Es la figura más patética del escándalo.