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40 A B C INTERNACIONAL Irangate Los hombres del presidente DOMINGO 1- 3- 87 La crisis de la Casa Blanca, juicio auna Administración Todo el escándalo comenzó con la victoria republicana del 84 Los ayudantes tomaron riesgos cada vez más amplios que les superaron Nueva York. José María Carrascal ¿Es Reagan víctima o villano en el Irangate Esa es Una de las preguntas más curiosas del escándalo. Una lectura atenta de las trescientas páginas del informe Tower arroja que pudo ser las dos cosas: si por una parte fueron sus ayudantes quienes le arrastraron a una empresa sin pies ni cabeza, por otra él no supo o quiso hacer nada para evitarlo. Lo que le deja herido, aunque no de Y ni siquiera de los más altos. ¿Cómo pudo llegarse a tal distorsión? Aunque parezca imposible, todo comenzó con la gran victoria republicana del 84. Esta es la paradoja del Irangate que es hijo de la arrolladura victoria de Ronald Reagan. Lo podemos todo fue la conclusión que sacaron de ella los más conservadores a su alrededor. Este presidente es un genio y un mago. Genio, por la simplicidad de sus concepciones. Mago, porque de salir algo mal, lo arregla con una aparición en la pequeña pantalla, tal es su poder de persuasión. Let Reagan be Reagan Dejar a Reagan ser Reagan fue el grito en esos cuarteles, donde no hacía falta mucho para convencerles muerte. El informe presenta un panorama de la Casa Banca muy parecido al país de las maravillas de Alicia, donde todo estaba invertido: tenientes coroneles mandando más que ministros, y segundos de a bordo más que primeros. Lo que se traducía en una inversión de valores: no eran los ayudantes quienes seguían las instrucciones del presidente, sino el presidente las de sus ayudantes. dedicaron con tanto ardor a hacer su política que le desbordaron una y otra vez. Claro que Reagan nunca fue preciso en sus instrucciones. Un no podemos dejar caer á los contra suyo bastaba para que North se pusiera a buscarles dinero como y donde fuese. Un convendría liberar a los rehenes bastaba para que se suministrasen armas nada menos que a Jomeini. Y un sería bueno una nueva cumbre daba lugar a un encuentro con Gorbachov mal preparado y peor ejecutado. Esos nuevos ayudantes tomaban riesgos cada vez más amplios, ejecutaban misiones cada vez más dudosas. Lo hacían por dos razones: por estar convencidos de que sus fi- Los propios consejeros de Reagan desbordaron sus iniciativas de que los moderados en el Gabinete estaban frenando al presidente e impidiéndole desarrollar al ciento por ciento su política. El siguiente paso fue despejar sus alrededores. El comedido James Baker cedió su puesto como jefe de Gabinete a Donald Regan, un financiero con sólo desdén para los políticos El cauteloso Edwin Méese dejó paso al incompetente McFarlane al frente del Consejo Nacional de Seguridad, donde surge como estrella ascendente el teniente coronel North. Con ellos, Reagan podrá finalmente ser Reagan. Lo malo es que Reagan fue menos Reagan que nunca, porque sus nuevos ayudantes, como ocurre siempre con los fanáticos, se Seis personajes en busca del autor Donald Regan, el hombre de la inflexibilidad Ex coronel de Marines que llegó a presidir la firma de inversiones mayor de los Estados Unidos, es el típico selfmademan el hombre que se ha hecho a sí mismo, que fascinar a Reagan. Es por lo que, pese a no pertenecer a su círculo califomiano íntimo, le hizo, primero, secretario del Tesoro, y luego, jefe de su Gabinete. En el primer cargo, Regan mostró arrogancia, pero al menos sabía de qué se trataba. En el segundo condujo a la Administración Reagan a su mayor desastre. Inflexibilidad, falta de sentido crítico, desconocimiento de las más elementales reglas políticas y, no en último lugar, no saber que un consejero debe también saber decir no a su aconsejado, F llevaron a él y al presidente e a la desgracia. John Poindexter: los hilosde Oliver North: irreflexión de un la trama en sus manos teniente coronel de Marines Marino que hizo su carrera en et Estado Mayor, terminó presidiendo el Consejo Nacional de Seguridad, al salir McFarlane, por su discreción y acomodacionismo. Con él podía estarse seguro de que no elevaría objeciones a ningún plan, por dudoso se fuese, si creía que encajaba en los objetivos del presidente. Al revés, procuraría llevarlo a la práctica con eficacia y reserva. Huía de las luces, lo que era otro punto a su favor en aquella Casa Blanca que se convertía en Gobierno secreto. Es la figura más gris del escándalo, lo que no quiere decir la más inicua. En sus manos tenía todos los hilos de la trama sin que nadie lo advirtiera, ni él hiciese nada para evitarlo. Su fallo fue tanto por acción como por omi- sión. Teniente coronel de Marines multicondecorado en Vietnam, sin la menor experiencia en la escena política, terminó haciendo más política en algún caso que el propio secretario de Estado. Capitaneaba el equipo de cow- boys de la Casa Blanca, listos a lanzar las operaciones más arriesgadas, desde la invasión de Granada al apresamiento de los piratas del. Achule Lauro pasando por el rescate de los rehenes en el Líbano y el conseguir dinero para los contra si era preciso bajo las piedras. Fue el Rambo de la Administración Reagan: un hombre que con el mejor de los motivos, actúa por su cuenta y riesgo, sin pararse en barras, frente al enemigo y frente a los apocados en casa. Pero Rambo sirve en el cine, no en la política real.