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XVI ABC ABC 28 febrero- 1987 -Novela- Un sepulcro en el cielo Vintila Horia Editorial Planeta, Barcelona, I9 H 7 276 páginas En Un sepulcro en el cielo, El Greco, en diálogo con la mujer que amó, Jerónima- y a muerta- va evocando su vida y la creación de sus obras fundamentales, el tiempo que exterioriza su visión del arte y del mundo. ¿Una novela histórica, pues? Sí, pero no sólo, y no primordialmente: Vintila Horia se ha servido de la figura de El Greco para exponer un cuerpo de ideas que poca o ninguna conexión guarda con la cosmovisión que podía tener el pintor cretense. Enfrentado con un Vintila Horia personaje histórico al que intenta hacer revivir por vía novelesca, el novelista sólo tiene una opción válida cuando se trata de un personaje histórico del que se sabe poco: tomando como punto de partida ese poco que se sabe de él, desarrollar en el plano de lo imaginario sus virtualidades, de tal manera que el resultado final de la evocación no contradiga lo firmemente establecido a su respecto. Esta tarea, como puede deducirse, es difícil, y particularmente ardua cuando aquel de quien se habla fue, por ejemplo, un gran artista: el novelista, so pena de traicionar a su modelo, tiene que ser lo suficientemente grande como para poder asumir al mismo sin simplificarlo, sin empequeñecerlo. ¿Quién ha conseguido algo así hasta la fecha? Yo pienso que Broch en La muerte de Virgilio y Thomas Mann en Carlota en Weimar; pero no, desde luego, Vintila Horia en Un sepulcro en el cielo. Que Vintila Horia no tenga la talla interior necesaria para hacer hablar desde dentro a un artista de la altura espiritual de El Greco no es asunto grave: allá él si aborda una tarea que pone al descubierto sus limitaciones. Lo que sí resulta grave es que utilice a El Grego para pasar de matute una serie de ideas regresivas, esquemáticas, y en cuanto tales, antagónicas con las que podría tener éste. Esas ideas son las de un intelectual reaccionario que ha perdido el carro de la Historia; las de un intelectual reaccionario que ha permanecido fijado a cierto modo de pensamiento, acuñado a principios de siglo y desarrollado en los años veinte como respuesta al impacto producido por la revolución rusa, que facilitó desde el campo cristiano el acceso de los fascimos al poder: el modo de pensamiento de los compañeros de viaje del fascismo, para decirlo lisa y llanamente. Incapaces de dar una respuesta de futuro al reto planteado por la Historia en nuestro siglo, de actualizar su visión del mundo, de cobrar conciencia de los intereses económicos que defienden bajo, las apariencias de una vindicación de supuestas opciones espiriturales amenazadas, los intelectuales como Vintila Horia se refugian en la exaltación de unas realidades que nunca existieron, en la espuria invención de una Edad Media idealizada que niega la totalidad de tos datos comprobables sobre aquel período. Que Vintila Horia se sirva de una novela sobre El Greco para hacernos comulgar con las ruedas de molino de su pensamiento reaccionario es algo necesariamente rechazable en sí por cuanto implica una manipulación manifiesta del lector. Que Vintila Horia atribuya- como hace- ese pensamiento reaccionario suyo a El Greco es no solamente rechazable, sino indignante, por cuanto constituye un grave atentado contra la verdad, contra una figura venerable y contra el legado espiritual de ésta, al que falsifica. Que sobre tales fundamentos podridos no pueda alzarse una novela estéticamente válida es, según creo, la evidencia misma: en el género novela, ética y estética están indisolublemente unidas, digan lo que digan los inmoralistas de bolsillo de la decadencia, del nihilismo para andar por casa, que hoy tanto medran. Novela de intelectual, no de novelista, Un sepulcro en el cielo está poblada de personajes sin vida, sin coherencia, sin autonomía, meros muñecos de madera en manos de un autor irrisoriamente omnipotente. De un autor, por otra parte, que no teme la contradicción- e n la página 19 del libro, para poner un ejemplo, El Greco dice que para él la pintura es cosa mental y que, por ello, no copia la realidad; en la página 21, en cambio, que llenó un cuadro de caras vistas en la calle- de un autor, además, que no teme incurrir en lo grotesco- hace decir a El Greco que la fachada del edificio... confirmaba mi intuición acerca del medievalismo florentino lo que puede ser tenido por casi tan gracioso como lo que decía aquel personaje de un chiste acerca de que se iba ala guerra de los treinta años- de un autor, en fin, lleno de palabrería y de hinchazón, de pedantería- e n una novela, es pedantería utilizar cualquier dato cultural que no tenga significación con respecto a la evolución vital de los personajes o que no sirva para situar espiritualmente a los mismos- e incapaz de mostrar la conexión entre ideas- e n su caso, reificadas- y vida, novelesca y no. Primera novela de Vintila Horia escrita en castellano, Un sepulcro en el cielo presenta irregularidades en el uso de los tiempos verbales, pero por lo demás está correctamente escrita. El estilo del libro, que coquetea de continuo con lo poético -con resultados desdeñables- resulta extrañamente carente de vida, lo que, a mi parecer, tiene un origen más intelectual que verbal. Leopoldo AZANCOT Dios sabe Joseph Heller Alianza Editorial Madrid, 1986. 466 páginas Salomón, aunque acabe siendo rey, nunca dejará de ser el rey de los tontos; Betsabé, su madre, es una ambiciosa sin escrúpulos; Adonías, rival de Salomón, es un imberbe arrogante y mediocre; Saúl era un maniático, un meshuggana (chiflado) Mical, su hija, no era sólo la hija de un rey, sino una auténtica princesa judía norteamericana Jonatán disimula mal sus inclinaciones homosexuales; Moisés tartajea; Goliat era un peso pesado de escaso cerebro es posible que Dios arreglara el asunto- del combate Absalón, pese a levantarse en armas contra él, fue su hijo amado. Así lo afirma el rey David, ya viejo, en la ficción de Joseph Heller. Un rey David escéptico, irreverente, vanidoso, lascivo, sentimental, dotado de un sublime sentido del humor. Si bien los hechos narrados se ajustan al Antiguo Testamento, Heller no se sirve de su héroe para componer una novela histórica al solemne modo de un Cario Coccioli (cf. David 1976) sino para crear un divertidísimo dislate con un fondo verosímil y amargo. Heller, como Coccioli, imagina un monólogo del anciano monarca partiendo de la misma situación: son los días finales de su vida, tiene frío y ni siquiera el cuerpo de una hermosa virgen (Abisag la sunamita) puede ya confortarlo (v. I Reyes Ahora bien, el David de Heller no habla sólo desde su presente, como el de la novela de Coccioli, sino también desde su futuro. Ese futuro es nuestra época. Por eso su lenguaje es a la vez anacrónico y actual, con reminiscencias bíblicas y con locuciones de barrio bajo moderno, a veces con el empleo de drásticos adjetivos en yiddish. Irreverencia (se dirá) blasfemias: las Sagradas Escrituras son interpretadas con excesiva familiaridad. Puede ser. Pero bajo toda esa mascarada grotesca se esconde la verdadera cara de la tragedia, ya que su personaje es un niño viejo al que nunca le regalaron los juguetes prometidos: He tenido tres padres en mi vida: Isaí, Saúl y Dios. Los tres me han desencantado. Ahora ya hace mucho tiempo que vivo sin Dios, y probablemente puedo aprender a morir también sin El confiesa. Detrás del rey soberbio, del guerrero legendario y del poeta genial, que se cree plagiado por Shakespeare; hay un pobre viejo que no puede olvidar a sus hijos muertos. Es hora de cerrar el balance y sabe que pagó un precio usurario por la gloria, que en sí misma no vale gran cosa. Me sentía más orgulloso que un pavo real, pues había tomado un reino del tamaño del Estado de Vermont y había creado un imperio tan grande como el Estado del Maíne ironiza. Y para qué, si todo es vanidad. Mientras contempla la primaveral anatomía de Abisag, mientras evoca los inolvidables juegos eróticos que le concedió Betsabé, nos aconseja: Enamoros. Una novela bien hecha, singular y atrevida. Luis de PAOLA ¿BISCVIRVBAJO? Encuéntrelo en la Sección de Anuncios por Palabras de AB C