Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
XIV ABC ABC 28 febrero- 1987 -Poesía Antología poética (1955- 1985) Manuel Alcántara Puerta del Mar Diputación Provincial de Málaga, 1986 Sólo la indolencia (y aun la pereza) ha podido llevar a Manuel Alcántara a cumplir literalmente con una manera de silencio que es, simple y puramente, el silencio absoluto. La ociosidad es mi tarea es el lema que el poeta malagueño puso en alguno de sus versos, pero esto no puede justificar a una voz lírica española que en determinados momentos constituyó la gran esperanza de una poesía clara, elegante, un si es no es melancólica e inolvidable. ¿Qué ha pasado para que Manuel Alcántara haya desaparecido de) Manuel Alcántara mapa poético, de las antologías y aun de las revistas y libros? Explicarlo es únicamente posible desde una premisa retórica. Y lo es porque Manuel Alcántara revive en su actitud vital- y en el fatalismo de su logos poético- algo de la parafemalia de los visires y de los vates de las cortes califales, que tendrían su versión moderna en el adelfos andaluz de Manuel Machado. Tumbado a la orilla- metafórica o real- del mar de Málaga, que ya extasiaba también a Ortega y Gasset, no se toma la pena de escribir, acaso porque su voluntad se ha muerto también una noche de luna. Málaga- de eso no hay duda- le ha envuelto de tal modo, lé ha atrapado con sus artes de sirena. Y Manuel Alcántara casi ha enmudecido. No del todo, para nuestro consuelo. Esta Antología poética tiene que servirnos de muro de lamentaciones. Porque nos sabe a poco, llega a contramano y revela un poeta que no quiere seguir el paso de su generación. Siempre hemos creído que el recuerdo de su ciudad del paraíso -que naufragaba y emergía a la vez en su verso- -tiraba de él, de su memoria. Hoy Málaga le acaba de encantar como Circe misma y el poeta ni siquiera tiene esa distancia para echarla de menos. Por otro lado, Manuel Alcántara podía ostentar su derecho a ser un niño de la guerra -así fue fichado por Jiménez Marios en su Nueva poesía española de Agora- puesto que tampoco sabía él de qué color era la justicia, como Cabañero, y en cambio también le alcanzaba el tiempo sombrío de Sahagún. Por lo menos todavía habla en Este verano en Málaga de un chico del cuarenta. No quiso, en definitiva, enzarzarse en esa herida. Pero entretanto, aun con sus limitaciones, este libro nos releva de certificar su defunción poética si no de lamentarnos de un silencio culpable. Manuel Alcántara ha visto pasar a su lado y triunfar plenamente la ola neomodemista- -arrebatándole su machadísimo integral: tanto el de Manuel como el de Antonioy los jóvenes líricos neoárabes. Con menos bagaje, con menos honda melancolía. Es para sentirlo, porque precisamente esta lectura, siquiera sea en la sinopsis que todo florilegio supone, nos deja con un desasosiego existencial muy peculiar que, por mucho que pretenda enmascararse, contiene notas de una contingencia histórica y generacional por todos reconocible. Hay en la poesía de Manuel Alcántara una ambiciosa- y bien pespunteada- inquietud por lo absoluto. En. realidad, la media docena de sus libros funcionan como una pregunta al azar de la vida, al misterio de la muerte. Para saber a qué atenerse, interroga una y otra vez, en los mil modos de sus canciones, sonetos, endecasílabos y octosílabos, por Dios, por el tiempo, por los amigos muertos, por los hombres, por las tierras de la patria... Sin embargo, en tanto que otros exigen, por la fuerza determinista de su voz, responsabilidades y respuestas, el poeta malagueño se demora buscándose por el pecho, ofusca sus sentidos por una sensualidad sureña. Ingenuo sería reprocharle algo que está en. la raíz misma de su personalidad poética. Y por lo que Manuel Alcántara es lo que es como se desprende de su obra, Ciudad de entonces surge como su poemario más denso y comprometido, históricamente hablando. E incluso, aunque no lo parezca, es también donde más dentro está el poeta. Todo k dispusieron: hambre y guerra- España dura, noche y día, tierra- y mares... luego me dejaron solo. Los poemas seleccionados como Bulevar Radiografía -extraordinario soneto- y La tarde coordinan muy bien su soledad con la del entorno, en una España en la que el vino de las tabernas aliviaba un tanto unos gramos de alienación... Algunos críticos echarían de menos un cierto grado de compromiso con la realidad. Cuando Manuel Alcántara publica sus poemarios Manera de silencio -toda una revelación poética por su desenvoltura a utilizar la frase hecha, con una tremenda eficacia- o El embarcadero en el que el biografismo cobra una insólita y valiosa dimensión metafísica, posiblemente no valorada como merece, o sobre todo Plaza mayor en el que la espaciosa y triste España Se asoma con una estética insuficiente o ambigua, en el panorama, resuenan el redoble de conciencia de Blas de Otero- con su contundente y concreto que trata de España -o los ecos de la Pasión de vida de los Nora o de laFiguera. La solidaridad alcantariana es humana, simplemente humana. Empieza y termina en el nombre contagioso. También para este hombre de la generación del 50, vivir se va quedando sin campanas y su aliento se aclimata al desencanto. Quizás ésa sea la razón por la que cuando la verdad se esconde, él se echa dormir para vengarse... En cualquier caso, el sueño alcaritariano posee todo el atractivo de quien no se entrega al dolce far niente sino a la inquietud de ver claro. Y a lo mejor, como delata su libro Este verano en Málaga se refugia allí porque es allí donde se agrandan sus horizontes. Florencio MARTÍNEZ RUIZ Los jardines de Hafsa Juan José Domenchina Colección Rabindranath Tagore Madrid, 1986 En estos últimos años, la nómina de los poetas del 27- desencontrados por el exilio o la diarritmia generacional- se viene recomponiendo con cuidado. Ya no se escamotea en las listas a Prados o a Altolaguirre. En ese concierto, Juan José Domenchina continúa siendo un poeta out no obstante los esfuerzos que Ernestina de Champourcin, como figura del iceberg -Gerardo Diego, Arturo del Villar, J. Marios, F. Bernabé, etcétera- viene haciendo por la reivindicación del autor Sabemos que Azorín había escrito ya en 1936 que ningún poeta español por entonces llegaba como Domenchina a tal intensidad en lo vario. Pues bien, la sorpresa es mayúscula. Pues lo vario en su momento tenía unos límites- l a poesía pura, el aguafuerte ibérico, el quevedismo redivivo, el castellanismo guadarrameño, etcétera- que con toda certeza Los jardines de Hafsa amplía a un ludismo poco menos que inconcebible. Juan José Domenchina, el enterizo lírico, el buceador en la condición del yo- Las interrogaciones del silencio La corporeización de lo abstracto El tacto fervoroso conocido por un barroquismo casi de taracea verbal, e incluso el poeta de México, ya con la nostalgia madrileña- Destierro y Pasión de sombra El extrañado etcétera- sufren un eclipse. Hay que confesar que Los jardines de Hafsa es un libro revitálizador de su memoria. Y no sólo por ser un oasis entre su honda y dolida poesía- como escribe Ernestina en el prólogo- cuanto por su desbordante sensualidad, su apertura a una lírica más libre y su refinada evocación de climas. Domenchina había publicado- suponemos que más o menos clandestinamente- El diván de Abz- ulAgrib en el que aparece la ¡mago de Hafsa. No conocemos ese libro, pero Los jardines deslumhra por su tema y su acabado. A veces parece que leemos a Ibn Jafayá de Alzira, a veces nos sentimos trasladados a un diván de Ibn Zaydún. Con una ebriedad humana, con una convulsión anímina que sólo un lírico occidental puede sentir. Y si nos seduce y no nos aparta de sí un clima tan erotizado y en cierto sentido brutal- poemas como Vuelta La siesta etcétera- se debe a la alta categoría expresiva. Juan José Domenchina ha respirado los fuertes aromas de la concupiscencia oriental, incluso dentro de una estilización de la filosofía sufí, logrando cortar las mejores flores, con pura lozanía. Los jardines de Hafsa es una delicia- que en esta hora liberalizadora de las sensaciones se recibirá como un texto atractivoprecisamente por su libertad de lenguaje. La materia del libro es seductora como un fruto prohibido- Penitencia Coloquio imaginario Confesión etcétera- aunque dentro de una armonización de los sentimientos. Hay pasión- y pasión desbordada- que nunca pierde una cierta contención o Domenchina ha sabido redimirla con una coartada de sutil jardinero occidental: la belleza. Eduardo ALCALÁ