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28 febrero- 1987 ABG EI libro de la semana ABC XIH luego permanece en la memoria: El tiempo es u n a luz ya muy cansada Un secreto entusiasmo de haber sido Me dabas sed y eras el agua toda El agua agradecida de los ojos Un palomar de acida plata oscura Por no hablar en tan breve espacio de la originalidad sensible de algunos poemas como El triunfo de la carne o El más hermoso territorio donde el tema del amor se intensifica en la morosa exaltación del que contempla En estos versos la fina percepción sensorial de Francisco Brines sabe apoyarse en lo más lúcido de una corporeidad elegida para llegar a formas de expresión de arriesgada originalidad. El autor de El otoño de las rosas ha logrado con este poema uno de los más bellos del libro, donde el amante nos dice: y sólo por engaño la vida está en mi cuerpo, pues yo sé que mi vida la sepulté en el tuyo cisco Brines dio a conocer la entereza de un verso lleno de susFRANCISCO BRINES tantividad lírica, donde Editorial Renacimiento. Sevilla. 1986 aparecía la palabra como preciso encuentro de una necesidad de gial, del aprendiz de humanidad que ha sido, expresión con el instrumento adecuado del pero aparecerán en el hombre de cada día lenguaje, su camino poético se ha afirmado nuevas- profundidades en las huellas primigesin una vacilación y sin la amenaza de una nias. Pocos poetas como Brines en los que esta fórmula. Aquel premio Adonais fue una verdadera revelación, que pronto se vio confirmada enseñanza haya tenido tan lógico desarrollo, al publicar otros libros, como Palabras a la oscuridad, El santo inocente, Aún no, o cuando obtuvo el premio de la Crítica en 1967. Una tensión mantenida con unidad y sin estridencias, una manera de estar en la Poesía como en un territorio propio y también incontaminado. Si en esa generación del 50- y no soy partidario de las agrupaciones, aunque de alguna manera hay que situar los hombres y los tiempos- hay una voz que busque o encuentre una nueva pureza para la palabra poética, ésta es la de Francisco Brines, voz que se mantiene o se propaga con una natural independencia, porque en el poeta no aparece jamás un afán de originalidad ni una desmesura que pudiera resultar impertinente. Su presencia en el mundo de la poesía ha sido siempre callada y, no obstante, de profunda evidencia. Pocos habrán dudado, si ha habido alguno, de la delgadez de este mensaje que se aparta de modas y de tópicos ademanes. D que en 1960, con Las brasas, Fran- EL OTOÑO DE LAS ROSAS Frescura y madurez son dos valores que han primado siempre en la poesía de Brines. La fragancia de su verso, que arranca de una intimidad tan verdadera, tan temblorosa y emocional, no se pierde nunca por más que ese verso esté decantado con el sabio conocimiento de lo que tiene qué ser un poema. El paso del sentimiento al pensamiento, o al contrario, se produce en una comunicación envidiable. Por eso no cae en alguna de las tanta acendrada veracidad. Ahora, en El otoconvenciones de su tiempo, en ninguna de ño dé las rosas exhibe con mayor intensidad las influencias tópicas generacionales. La in- la fuerza y la belleza de sus constantes enridependencia del autor de este libro se señala quecidas. Hasta en el entramado formal del ahora mejor, cuando el tiempo ha aportado libro hay un código de aceptaciones que desus caudales de experiencia. El autor, al jan más al desnudo la limpieza de su proclatiempo que la verdad, ha descubierto ese la- mación. Hemos adquirido hoy- y bienvenidos berinto de engaños por el que discurre la vida si son para bien- todos los avances del verdel hombre. Hoy parece un engaño que fué- solibrismo. Esa música tenue- también de ramos felices al modo inmerecido de los sabio y natural contenido- que en Brines se dioses. ¡Qué extraña y breve fue la juven- engendra como don facilísimo, estaba ya acreditada desde sus primeros poemas. Y a tud! alguien podrían extrañar en estos versos la medida rigurosa y el discurso oracional más Estos versos son ya de El otoño de las ro- clásicos, cuando en Francisco Brines han sas, el libro que comentamos. En él el poeta sido sometimientos que le han dado más liFrancisco Brines comienza justificando el títu- bertad- d e esto ya hemos hablado reiteradalo- d e simplificada efusión verbal- que en- mente- -y mayor contención total. La fluidez cierra ya en sí ese sereno contraste de una ligerísima de este libro seguramente necesitapresencia en el mundo llena de equilibrado ba esas pautas. El endecasílabo, el verso de desasosiego. No sé si vale esta acotación, siete sílabas, el de nueve o el de catorce pero él nos la hace buena desde el comien- sostienen con finísima estructura unas cadenzo: Vives ya en la estación del tiempo reza- cias que no engañan a nadie y somos condugado: lo has llamado el otoño de las ro- cidos- también el poeta lo e s- hacia parajes sas. Aspíralas y enciéndete. Y escucha, delicadísimos de una orquestación que jamás cuando el cielo se apague, el silencio del aparece forzada. mundo Cuatro versos que sirven para formular una cumplida poética. Porque esa poética en todo verdadero poeta tiene que ser Sin ser lo más importante del libro- y no temporal y variable y es él quien tiene que re- hay por qué aislar determinados versos en velarse en cada momento de su existencia una sucesión de aciertos que son manteniacusando la percusión de la vida. Están fijos miento de una hermosa unidad- Francisco y perduran en él los rasgos primeros del colé- Brines ha logrado esa belleza de la línea que Hay algo que se puede afirmar después de la lectura de estos poemas: Francisco Brines es uno de los poquísimos poetas que tiene en su taller todo el instrumental- y perdón por la palabra de tan prosaica aparienciaque la poesía ha conseguido en unos años de aventajado ejercicio y que luego no hace gala de su utilización. Solamente cuando la maestría está tan perfectamente asimilada y la palabra se desliza por ella crecida en su radical virginidad, el poeta se salva y nos salva. La poesía de Francisco Brines alcanza cimas de auténtica brillantez expresiva porque, evidentemente, no persigue ese objetivo. Toda ciencia trascendiendo pero sin que tenga por qué notarse el artificio que opera después de que ha formado parte de la sustancia del poeta. Sin que haya una exhibición de poderes. Conocemos entonces que sólo tiene muerte la quemada hermosura de la vida. Esa hermosura está llena de dolor, y de amor, y de presagios. Un día llegarán las misteriosas claves, pero no ajenas al hondo cuerpo del mensaje: Las rotas mariposas del almendro en el suelo -verso de la más pura creación- o también: Yo sé que olí un jazmín en la infancia una tarde, y no existió la tarde. Otro día el poeta se hará la pregunta acuciante: ¿Dónde mirar en esta breve tard e y encontrar quien me mire y reconozca? porque camina entre sombras: Y miro el mundo desde esta soledad, le ofrezco fuego, amor y nada me refleja. Francisco Brines, con un sentido exacto y también trascendente del tiempo, canta entre sus jazmines, entre sus naranjos, dueño de la belleza, dueño y desterrado del amor, y nos enseña grandes cosas sobre la vida y sobre la muerte. Sabe bien que la poesía es una manera de conocimiento, y sabe también que su conocimiento ha sido una extendida forma de amor, del que ahora nos da noticia. Desde sus primeros versos podía adivinarse este crecimiento. Hoy se ha hecho realidad plena, como si en otros ojos, que no son de esta tierra, amaneciera el mundo, o fuese a amanecer sobre un espacio en donde nada fuera conocido, y hay que empezar de nuevo, sin saber, a vivir José GARCÍA NIETO de la Real Academia Española