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28 febrero- 1987 A B C fíTfcrarío -Letras de carnaval- ABC IX Mundo soy, carne me siento UNDO soy, demonio llevo dentro, carne me siento. Remolino de morisquetas y pellizcos en las nalgas. La monja hueca con ligas de tafetán saca la lengua y sapos blandos se deslizan por la saliva, mientras Monseñor mueve su cola y lame las manchas blanquecinas que va dejando el Cerdo plenipotenciario en las aceras salpicadas de confetis lechosos y meaditas de perro civilizado. Es Carnaval y las enaguas de la pastora se hacen pringosas en los remilgos. El hombrelobo se quita la careta y enseña patitas blancas enharinadas por las rendijas de las chavolas, prometiendo cómodos plazos y cielos plastificados a muchachotes impertinentes que espantan moscas de unas letrinas de corcho, purificadas por las lágrimas y el miedo... Es Carnaval y el soldado de plomo se viste la casaca y la metralla y recubre sus camecitas glotonas entre medallas de azufre que ponen láseres en un firmamento de voces acalladas, apisonadas, voces atipladas por el desencanto y la penuria; mesié Ban quero se quita su corbata de seda y finge arrebatos proletarios bajo el mono de metal bruñido, y la señora de su casa, madama, empolva con lunares violetas las cicatrices de un desamor de pandereta y sevillanas y ole en los mercadillos de caridad y en las camas planchadas por el aburrimiento, la desidia y la estulticia de un modamoda de chaneles y españoladas a precio de saldo. Mundo soy, demonio llevo dentro, carne me siento. Repican las charangas y colchones de plumas se orean en los balcones exhumando un olor de naftalina y anulaciones eclesiásticas, y los banderilleros, vestidos de arlequines, reparten agujitas sidóticas entre los chavales que buscan cualquier careta para tapar el odio, la desventura, el alfiler desolado en la oreja o en el pantalón, buscan M piernas de plástico, faroles donde agarrarse, luces que destrozar, bárbaros cavafianos que les rescaten; se disfrazan de hunos y de nómadas aventureros y ponen penachos como crestas de caballo desbocado en las cabezas rapadas y enarbolan calaveras, pintarrajeando sus ojeras esqueléticas de naranja fosforito para espantar los futuros de ceniza, miércoles contidianos de ¿dónde y para qué? Mundo soy, demonio llevo dentro, carne me siento. El curita rechoncho se calza las sayas agitanadas y se le va la mano en arrebatos místicos, con languideces de un Greco pasado por un burdel de sauna y frotecitos, mientras reparte golosinas y palolú a los niños en edad escolar y les disfraza con tirabuzones, que ellos convierten en tiravequés que apuntan a la cabeza de Goliath y a las vitrinas de los grandes y los pequeños almacenes. Carne me siento. Es Carnaval y los panaderos tiznan sus ropas blancas con carboncillo y el deshollinador deja su chistera de parlamentario liberal y espolvorea con azúcar la pechera de su chaqueta. Huele a chamusquina, a pelos de pollo recién quemados en el edificio de ta Bolsa, donde los altos dignatarios ponen antifaces a sus dividendos y camuflan cifras bajo montones de cocaína, recién importada. La carne se amojama, se resiente bajo el peso de las medidas de seguridad y los lugartenientes aplastan moros rebeldes, que no ponen el culo y se niegan a blandir el carné en la boca. Carne domada en un Carnaval de congresos y Consejos, de Administración diestros en enmascarar palabras y conceptos, en encubrir vergüenzas con rosarios y jaculatorias, prendidas de las braguetas perfectamente abotonadas. Demonio llevan dentro. Carne me siento. Lourdes ORTIZ OR habernos criado en un país sin Carnavales, esos festejos tuvieron para nosotros más significación que si se hubieran llevado a cabo libremente. Los Carnavales eran algo remoto, algo prohibido, algo, quizá, reprimido, algo que había acabado cuando acabó la guerra y, al parecer, para siempre. Desde esa perspectiva, ia de ia ausencia, ¿qué podían ser los Carnavales para un niño español de los años cincuenta? Algo muy raro, desde luego. Cada vez que alguien en aquella época, presumiblemente moderna, pronunciaba la palabra Carnaval era relacionarla co la muerte y sus secuelas. Recuerdo ahora a mi abuela decir que en Zamora tos Carnavales habían servido, durante generaciones y generaciones, para consumar venganzas y encubrir crímenes, y quizá por eso desde niño empecé a relacionar el- disfraz con la muerte, y a ver en disfraz, en todo disfraz, una silueta más o menos conseguida de la parca: en el disfraz del pirata pedía eso, y en el del torero, y en el de la viuda alegre, y en el de la niña ingenua, y en el de Colombi- Mis evocaciones sobre el Carnaval P na y en el de Arlequín... ¿No es un Arlequín el que en un lugar del cuarteto de Alejandría perpetra un asesinato bastante ingenioso? El disfraz da siempre al asesino una misteriosa y trágica coartada: no es él el que mata, es el otro, siempre el otro, el otro que con tanta facilidad brotaba, de entre la barahúnda de los disfraces, en aquellos Carnavales de los que nos hablaban las abuelas. Claro que si nos atenemos a lo que cuentan de los Carnavales de Río de Janeiro forzoso será reconocer que los Carnavales sigueji siendo peligrosos y que quizá en esa danza al borde del abismo, en ese buscar el peligro, el peligro del disfraz, el peligro del otro, reside el secreto y la fascinación de los viejos y nuevos Carnavales. Nadie que se disfraza está completamente seguro de que el disfraz no termina poseyéndolo en alma y en cuerpo, y el Carnaval es la apoteosis del disfraz: del disfraz que nos arropa, del disfraz que nos posee y del disfraz que seguramente nos delata. Jesús FERRERO