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VIH ABC ABC florarlo Letras de carnaval- 28 febrero- 1987 Máscaras somos D OBLEMENTE disfrazado anda el que menos por la vida, viviendo- ¡qué remedio! -el cotidiano Carnaval de esta feria, que nunca acaba de ser todo lo fascinante que se quisiera, aunque a lo mejor tampoco todo lo desolada que con tanta frecuencia parece. La de Carnaval puede que sea- más allá del estruendo y del ancestro- la más obvia de todas las fiestas: la que celebra nuestra impía vocación de enmascarados, la que exaspera- para el jolgorio siempre redentor, eso s í- nuestra secreta y bien sabida condición de simuladores, cuando no de impostores. Si encima anda uno dedicado a menesteres literarios, escribiendo con la vana ilusión de que la vida no se agote en los instantes fugaces que la hacen verdadera, sino en los más imperecederos de la falsedad y la mentira, que son los de la vida inventada, parece que esto del Carnaval es casi como una metáfora de tan personales y taimados derroteros. La fiesta, al fin, que nos pone en evidencia. Sin caer en tan radicales aseveraciones como aquélla- tan famosa- de que toda literatura es una impostura, que nos llevaría -e n buena lógica- a la sospecha del escritor como impostor cualificado, no estaría de más apreciar el afán de simulación que, al menos, la literatura fabuladora conlleva y- a s í- la condición de simulador cualificado de ese impenitente fabulador, que cifra su empeño en un arte ilusorio capaz de crear y recrear realidades imaginarias. De la simulación a lá impostura hay un tramo que no es imprescindible, aunque recorrerlo- ¿por qué no? -puede resultar apasionante. El juego de escribir- conviniendo que la palabra juego le quita hierro al intento, tantas veces presuntuoso, de hacerlo- supone, entre otras cosas, la posibilidad de enredarse por los laberintos de la invención y de la memoria, de recorrer zonas ocultas o poco iluminadas de esos insondables interiores que con frecuencia llamamos abismos. Interiores y abismos propios o extraños, ciertos o inciertos, asentandos en el latente paisaje donde uno mismo se observa con vértigo, porque tan hondamente se desconoce, o en el que la imaginación recrea como un espejo- siempre pulimentado por las palabras- acaso más inquietantes, donde todos podemos mirar algo que nos pertenece y que nunca supimos que era nuestro. El recorrido de la escritura parece, así, como dirigido a revelar algo- aunque el des tino final sea cualquier constatación de mayor perplejidad- porque ese recorrido suele urdirse como una forma de indagación, un intento de descubrimiento. Y la revelación es siempra más ambiciosa que la mera propuesta de desvelar, va más allá en el sinuoso camino que conduce al rostro oculto de las cosas. Pero, en fin, en este parco oficio de simuladores, en el que- como si fuera para entretenerse y, a la postre, entretener a los demásanda uno enredado con mayor o menor cuidado y sabiduría, parece especialmente sugeridora- como antes apuntaba- la metafórica imagen del Carnaval, tan amoldable a este arte ilusorio de las palabras que pulimentan el espejo de la invención. Máscaras somos- decía aquel sardónico y patético personaje del antaruejo popular, revestido con una calabaza de ojos vacíos- y el límite de lo que la fiesta significa yo lo veo ahí, en tan socorrida y desgastada frase. Constatar la condición de máscaras, como simbólico descubrimiento, no es- desde lueg o- ninguna novedad, pero el territorio de la simulación y de la invención- que es, obviamente, el mismo- bien puede delimitarse desde tal constatación. A uno y otro lado de la máscara es donde puede sustanciarse el juego, desde fuera o desde dentro, más allá b más acá de la línea que marca el disfraz, que acaso pudiera ser como la línea que separa la vigilia del sueño, la realidad de la irrealidad, los paisajes del mundo de los paisajes de la imaginación y hasta- puestos a exagerar- la propia vida de la propia muerte. Luis MATEO DIEZ