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VI ABC ABC Hiera río -Letras de carnaval- 28 febrero- 1987 Política, confeti y serpentinas Prohibido hasta 1977, el Carnaval se ha reconstruido en Madrid desde una voluntad política y cultural. De ahí procede su carácter de artificio construido desde el poder y los medios de comunicación para su consumo masivo. Mientras en Cádiz y Tenerife no dejaron de celebrarse carnavales, en Madrid, tras 1939, languidecieron pese a que su pasado arranca desde el siglo XVI. En el reinado de Carlos III se comenzó a representar el entierro de la sardina el Miércoles de Ceniza. Los desfiles de carrozas por el paseo de la Castellana en los años veinte, las sedas, encajes y misteriosos arlequines de los años anteriores a la guerra civil no impidieron su agostamiento durante el franquismo. Sí resistió, en cambio, la acidez y la gracia burlesca de las chirigotas y comparsas- gaditanas. Lo mismo sucedió con la exuberancia de los carnavales tinerfeños, muy semejante a la de los iberoamericanos. En la capital, la presión ejercida desde la Administración y los pulpitos, unida a las peculiares características de su población, desvaneció un festejo quizá maltrecho ya antes de 1936. P En 1977 se produce un punto de inflexión como consecuencia del cambio de clima político y cultural. Hay una nueva atmósfera. El Carnaval se presenta como expresión de una vida social más sana, divertida y libre Es insuflado por una voluntad política, deseosa de marcar distancias con el franquismo. Intelectuales, artistas, o gente de la noticia entre otros, forman parte de! nutrido coro puesto a cantar las excelencias del Carnaval. Incluso se descubre que produce dinero. No sólo porque se fabrique mucho confeti, sino porque la industria hotelera, las agencias de viajes, el turismo, en definitiva, se vigorizan. El regocijo popular da dinero, los combates de caramelos, flores o serpentinas también mueven la economía. Encendido el Carnaval, cada cual arrima el ascua a su sardina. El discurrir del acontecimiento torna inevitablemente formas diferentes. Para unos se convierte en una sucesión de fiestas de gran boato, cuya variedad tiene, sin embargo, una misma coincidencia: un acceso limitado. Son encuentros para grupos pequeños. En cambio, para otros la coincidencia se invierte. La diversión es para muchos. Es ei Carnaval de los desfiles de carrozas, de los espectáculos en las plazas, del baile en Las Vistillas, de las concentraciones y festejos en distritos como Centro, Vallecas, Carabanchel, Horíaleza, etcétera. Si el primero es un Carnaval cerrado, éste es abierto e itinerante. Discurre lo mismo por Tirso de Molina o la Cava de San Miguel que por Malasaña. Entre esios dos extremos, el Carnaval ofrece también espacios semipúblicos como el de los espectáculos con atracciones programadas para la ocasión, entre ellos los bailes de disfraces. En Madrid, e! Carnaval se ha querido reconstruir de un modo muy paradójico. Por un lado, se ha buscado que fuera popular- los alcaldes necesitan votos cada cierto tiempo- y por otro, se ha tratado de hallar un espectáculo brillante, tenso. Un equilibrio difícil, entre la vaquilla y el Gran Casino, que tiene mucho que ver con la imagen madrileña de estos últimos años. Una imagen huidiza de todo lo que pueda interpretarse como subdesarrollo y temerosa de que el mancheguismo- como estereotipo- alcance hasta la misma Puerta del Sol. La movida obsesionada con tener en Madrid la capital de Europa, se acobarda ante lo paleto. Aun cuando el Carnaval madrileño tenga mucho de reconstrucción social, quienes por él caminan sienten el crujir de los elementos más o menos comunes de cualquier Carnaval europeo. Así, es inevitable la presencia de lo kitsch y el usual culto al feísimo presente en gestos carnavalescos, tales como subrayar la tripa, preferir el consumo de alimentos flatulentos como habas o buñuelos, y excederse en el empleo desmedido de la parodia. Feísmo y parodia, que son por otro lado como una delgada película entre la fiesta y la tragedia, entre la llegada de la esperada primavera y la ronda del demonio o del infierno carnavalescos como un pecaminoso signo de la muerte. Todo ello va unido a un deseo impregnado de una sexualidad peculiar, la del encuentro fortuito, semejante a la esperanza en el azar de quien en una librería curiosea libros, a la espera. de una perla que le ilumine. En fiestas como el Carnaval, encajadas en un fugaz período de tiempo, el deseo se desenvuelve en un marco cuyos límites están a la vista y cuyo lema podría ser: Hacerlo una vez para no hacerlo nunca más. Pero el Carnaval de una ciudad tan comunicativa como Madrid no podría entenderse sin considerar la máscara, el enmascaramiento, como elemento facilitador de la comunicación, instrumento ideal para circular a través de las grandes líneas de ruptura social. Las fronteras de la clase social, del dinero, la belleza o la edad pueden disiparse mejor. La situación se vuelve más fácil, unos y otros hallan mejor acomodo y entendimiento. Con ello el Carnaval acaba por ser, en una ciudad como Madrid, un sospechoso integrador social. Bernabé SARABIA