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28 febrero- 1987 El teatro existe y es lástima que perdamos de vista lo que representa. El carnaval, como el teatro, han de vivirse profundamente, como un sueño de los sentidos a mitad hecho realidad. Con la inevitable estatalización de los fondos económicos del teatro se ha producido lo previsible por algunos de nosotros- confundidos también en las vías alternativas que se puedan tomar- que el teatro no sea en modo alguno, y en estos momentos, ese carnaval perpetuo en donde se subliman todos los deseos y violencias del público Nada de eso, muy al contrario, el teatro de marchamo oficial, el teatro que cuenta con más medios, se presenta nada menos que como representación del teatro algo así como un falso carnaval al que se ayuda con fondos benéficos para que no desaparezca. Y en este caso aparece como un carnaval carente de sentido. La resonancia publicitaria de estos espectáculos dejan en un plano de infelicidad y pobreza a los demás de carácter más privado, aunque siempre dependientes de aquel socorro imprescindible. La atención del público queda confundida, desorientada. Todo ha venido a agravarlo un hecho muy sencillo. No se produjo ante el partido o el partido no dejó que se produjera una integración del mundo intelectual con exigencias explícitas. Todo lo oficial opta por una calidad oficial de sus productos, quiere presentarse como paradigma de la corrección. Las exigencias del carnaval perpetuo y pasablemente transgresoras del teatro rechazan esa corrección inevitable en todo lo oficial. Y no se busca sólo su corrección, sino también su ideología sacralizada subrepticiamente por el boato escénico. Ideología ética y estética. A ese monstruo urbano y madrileño, que pasa del carnaval, el teatro le parece cosa de minorías neuróticas. Ellos se lo hacen así piensan con desdeñosa tolerancia. Van por la vía culta. Incluso piensan que alguna de sus chicas sólo hace teatro o ballet hasta que los encuentren a ellos. Están buenas las gentes del teatro, pero no tienen ni zorra idea de lo que es pasarlo más a tope que haciendo expresión corporal y dale que te pego a Lórca Scorsese o Brian de Palme, esos sí que se lo hacen bien ¡Y se acabó! Con eso que se diga el monstruo ya no hay teatro como no puede haber carnaval. Francisco NIEVA ABC ío Letras de carnaval ABC V La gran mascarada SO de que todo el año es Carnaval encubre, como la encubre la mayoría de tos tópicos, una verdad de a kilo. La populosa literatura en torno al disfraz permanente con el que, sin darnos cuenta o dándonosla, aparecemos ante el prójimo nueve minutos de cada diez, nos redime aquí de más citas o explicaciones; vayamos, pues, a la sustancia esencial de estas fechas de Carnestolendas en las que esa máscara atenuada y habitual pasa a convertirse en extremada y física. La necesidad de parecer, o más bien de ser, otra persona puede alcanzar ahora su entera realización durante los días de licencia carnavalesca. De ahí que, aunque con las precauciones del caso, una celebración enteramente pagana tuviese que ser aceptada por el mundo cristiano y que, sin el aditamento del disfraz voluntario- rostro descubierto o velado- no exista un Carnaval que merezca de veras tal nombre. Todos los años me llaman la atención el ingente esfuerzo y el cuidado severo que ponen ios gaditanos en la preparación de sus ínclitos Carnavales; diría que, más que el orgullo ciudadano en la brillantez de la festividad, son unas motivaciones idiosincráticas e históricas las que funcionan como secreto, inveterado motor del Carnaval de Cádiz, parcialmente documentado desde el siglo XVII y con posibles y emocionantes precedentes en la Edad Antigua, si tenemos en cuenta las naumaquias de la Gades romana o el arte mímico de las puellae gaditanae tan jaleadas y censuradas por Plinio, Estacio, Juvenal o Marcial. Pero en realidad, y alejándonos ya del ámbito gaditano, la historia de los profundos estímulos carnavalescos fue y es la misma allí donde se celebren con entusiasmo las E fiestas del dios Momo. Un idéntico afán de sustraerse a las cadenas y afanes de lo cotidiano, de huir de todo, aun de nosotros mismos, preside por doquier el cachondeo y la diversión camavaleras, en cuyas honduras late algo seguramente bastante más serio que un mero afán de divertirse, cosa para la que no hay que esperar a febrero. Cabe dudar, ¡y tanto! de que haya muchos que estén redondamente contentos con su vida o con la vida en cada uno de sus múltiples términos. Y es en ese descontento, en ese atenimiento a la realidad, donde los Carnavales actúan como válvula de escape perfectamente necesaria, descargadora de tedios, rutinas y pesares, tanto en el terreno colectivo como en el individual. Seamos, pues, el payaso, el torero o el general, la Miss Universo, la maja o la tunanta que alguna vez quisimos ser y que, por unas horas o unos días, vamos a poder ser, cantando solitos o a coro aquello que se nos antoje (aunque cantemos peor que un canguro) y desintoxicándonos por los cuatro costados, no importa por qué medio ni con quién, de los infaltables gravámenes de la existencia diaria. A la luz de estas consideraciones, ciertamente insuficientes y embrionarias, bien pueden repelerse inmemoriales argumentos denostadores del Carnaval y, cómo no, hermanos carnales de la represión y el miedo a la más deseada y difícil de las prendas: la libertad. Buenas y sustanciosas Carnestolendas para todos. Fernando QUIÑONES Y